6 de abril de 2013

Un Botticelli


Llegué a la calle Sol de Astracanán-Obul a las cinco cinco cinco y cinco, llamé con los nudillos a la puerta del número Pi y me abrío una flor de Loto, a la que pregunté en mi mejor Nirdischt si acaso le era familiar el nombre de Gertrudis Matacabras, y a lo que en el acto, respondió que la señora, ni estaba viva ya, ni había dejado rastro alguno de un mechón de su cabello para mí, envuelto en un pañuelo de algodón Bortugués, como me había prometido, si algún día, quién sabe, pasaba por allí; pero que en confianza, la dueña de la casa le había encomendado la misión de susurrarme al oído sus últimas palabras, que doblando su tallo, el Loto pronunció en perfecto Cimballés, y sin olvidar ni una sola letra: “ Disturbio es hijo tuyo. Come hombres, como tú, y le ha jurado a Dios la guerra. Te amaré aún Eones, mi bestia, mi bastardo, donde quiera que estés jugando a los soldados.”