22 de mayo de 2013

Sugar in the oil


Si vives lo suficiente, llega un momento en el que te preguntas qué has hecho con tu vida, y qué vas a hacer con el resto de ella. La pregunta no es qué quieres; si no qué necesitas. Y lo sabes. Te miras de arriba a abajo y observas tus piernas y tus manos y te tocas el pecho y late y tu piel está tibia y hay un techo sobre ti y hasta tienes tabaco en el bolsillo.
Y entonces te acuerdas de su nombre. De cómo la llamabas, mi vida.

Quieres que vuelva. Lo necesitas.

Quieres que entre de nuevo por la puerta llamándote idiota, porque te has dejado las llaves puestas y podía haber entrado cualquiera y ay ay ay qué susto si a ti, me pasara algo ay ay ay, idiota, idiota, idiota. Y le brotaban dos canicas de los ojos, que caían sobre el fregadero mientras se quitaba los zapatos.

Llevo toda la mañana haciendo números. Y no va a volver.

La siguiente pregunta es hasta cuándo.

Eso es muy lejos, así que usas el plan B: viajar en el tiempo.

Volver a Belgrado, a las tres de la tarde y esperar bajo un paraguas a que salga del trabajo para decírselo: “¿Quieres casarte conmigo?”.
Comernos un helado.
Y hacer anillos de papel con una servilleta.

La vida me ofrece cada día mil motivos para seguir adelante; pero lo cierto es que me basta con saber, que la tuve entre mis brazos.