25 de mayo de 2013

Te debo un verbo raro


La única ventana de la única y no tan enorme habitación de aquella casa de alquiler en un piso segundo justo al lado de la iglesia había sido construida a unos aproximadamente veinte centímetros del parquet, así que uno podía sentarse en el suelo y apoyar la barbilla en las rodillas mientras veía caer la nieve fuera en la calle.
Chloé tenía el alfeizar repleto de macetas y de nogmos. Había tomates pequeños como narices de payaso y pimientos rojos, truchas, pájaros ave y dinosaurios tropicales, todos bailando música céltica cogidos de la mano, como los caballitos de una noria de barrio.
Dibujábamos monos, monos colgando de lianas y un río y a veces mariposas, con una caja preciosa de acuarelas, sobre una tabla apostada en una pila de libros en inglés que nadie nunca había leído. Luego los clavábamos en las paredes con chinchetas de colores y nos quedábamos a ver la tele hasta muy tarde, comiendo golosinas y chocolate y latas de cola, galletas, o helado. Si se quedaba dormida en mi regazo la levantaba del sofá como a una pluma y la llevaba flotando a la cama.

Cuando nieva el silencio se te mete en la sangre. Por mucho que grites que la quieres, tu voz tropieza, se arrodilla, y se hunde en la nieve.
“Los médicos han dicho...los médicos...los médicos...”
Siempre que nevaba quería regalarle otro pañuelo.
Uno que había visto de lunares, azules y blancos.