18 de junio de 2013

En busca de Ukabuca 4


Atravesar el bosque-girar a la izquierda-girar a la izquierda-girar a la izquierda-girar a la izquierda y...¿Eso no es volver?





-¡Posadero!

-¿Ya ha atravesado el bosque?

-Y he dado la vuelta. Y estoy aquí. Otra vez. En el mismo sitio.

-¿Sabe caminar hacia atrás?

-¿Qué quiere decir? ¿Que para ir al faro tengo que ir caminando hacia atrás?

-No. Era curiosidad. Hay un carril bici. Llega hasta el faro.

-Graci...¿eso es un elefante?

-Se hospeda en la 8.




-¿Es usted el farero?

-Precisamente.

-Me han dicho que sabe dónde puedo encontrar una piedra brújula.

-Paso mucho tiempo mirando el horizonte.

-¿Y eso quiere decir que...?

-No sé quién le ha hablado de esas piedras; pero sé que no existen.

-¿Y cómo lo sabe?

-Porque nadie ha encontrado nunca una.

-¿Y si alguien la encontrara?

-Existirían, supongo.

-¿Cómo funcionan?

-En el caso de que alguien refutara su existencia, las piedras brújula marcan el camino de un hombre como el rabo de un perro una liebre. Nadie puede mentirle a una piedra brújula. Si dice que es por allí, lo es. Claro que siempre podríamos tomar otro camino, pero...

-Pero...

-Seguro que ya sabes lo que pasa cuando tomas el camino fácil.
¿Qué estás buscando?

-No lo sé. No sé tantas cosas.

-¿Te has perdido?

-Algún trozo. Me gustaría encontrarlos. Son míos.

-¿Cómo de grandes?

-Yo creía en cosas. En cosas importantes.

-Hay un lugar, no muy lejos de aquí, donde dicen que un buque portugués naufragó cargado de tesoros, entre ellos, una piedra brújula que el mismísimo Alejandro había enterrado en Creta, al amparo de la tierra.

-¿Cómo se llega?

-En aquel barco.



-Sabe usted muchas cosas.

-Soy farero.

-¿Sabe si merece la pena?

-¿La merece muchacho?

-Aunque no existan, como casi todo lo que es hermoso.


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