11 de junio de 2013

No hay nada escrito


Me estuvo lloviendo encima todo el invierno. Marguerite me dejó. Por sms. Lo único que quedó de ella fue el cepillo de dientes encima del lavabo. Las macetas se quedaron secas como un ripio. Mi pez naranja se escapó por el fregadero sin dejar ni una nota siquiera. Se llamaba Toto. Perdí el trabajo. Yo y setenta y cinco más. Iba por ahí, despeinado, mirando el suelo... para Marguerite nada era nunca suficiente.

Un día dejó de llover.
Encontré otro trabajo.
Me compré una tortuga.

Cada vez que paso a su lado para ir a mi mesa en la sección C, me late más deprisa el corazón. Es tan bonita que dan ganas de ponerla encima de la mesita de noche para que te despierte por las mañanas diciendo muac muac muac con esa boquita de sirope de fresa. Bonita de cojones, de ponerse a llorar, y yo, que no soy suficiente, paso por su lado y echo de menos el aire, y en las tripas, se me hace un nudo como el de los cordones de los zapatos.
Se llama Mónica. Pero yo la llamo Joder joder joder ¿cómo se puede ser tan tan?
Me gusta tanto que aún no me he imaginado cómo serán sus tetas.
Tampoco le he visto los ojos, porque siempre está mirando papeles y, tiene las pestañas tan largas que podría tirarme en tobogán. Me encantaría.
Nunca la he visto sonreír.

A veces siento en la nuca como un aire, no sé, pero cuando miro hacia atrás, Joder joder joder ¿cómo se puede ser tan tan? sigue con las pestañas clavadas a la mesa, como si yo no existiera.