8 de junio de 2013

Versículo


A veces Sacramento se quedaba mirando tan tan tan, que daba frío verle, tan solo, tan dentro, como si nunca hubiera vuelto. Miraba más allá del horizonte, tan lejos, que casi se volvía transparente delante de tus ojos.
Cada vez que terminaba de dar la vuelta al mundo, regresaba a Santa Marta a sentarse debajo del manzano. Esta era la vez veintitrés y tenía ciento sesenta y cinco años: “He venido a morirme- me dijo al aparcar la moto junto al porche de la casa vieja-, no hay nada ahí fuera”.
Era un hombre sin norte, sin patria, sin bandera, que vivía debajo del sombrero subido a una Triumph que le había ganado a las cartas a un aviador inglés tras la segunda guerra mundial, roja, roja y brillante como un rayo de sol. Buscaba algo, aunque cuando le preguntabas, contestaba que no sabía qué, pero que hasta que no lo encontrara, no se moriría.
Una vez le contó a La Marenga que el tren de las once menos cuarto había descarrilado un septiembre de hacía mucho mucho tiempo, porque Nicolás, aquel día, cayó de bruces tieso, como un palo junto a los rosales de una tos para dentro, y nadie hizo el cambio de vías. Que el tren de las once menos cuarto era un fantasma y desde entonces, a Santa Marta, sólo llegaban muertos.