23 de julio de 2013

Al final de todo esto, se escucha el mar (exactamente en la palabra muy)


En veintisiete segundos que ha tardado el semáforo en ponerse en verde para los peatones me ha dado tiempo a encender un cigarrillo; mirar tres culos; ver una hojita caerse de un árbol; inventarme que si todos los niños del mundo se pusieran de rodillas a la vez Pocoyó se liaría a hostias con los líderes de las grandes naciones y acabaría de una vez por todas con su maquiavelico plan de cambiar máquinas por hombres hasta la total desolación de la especie humana con el único fin de satisfacer sus millonarias necesidades. En veintisiete segundos me he acordado de cómo mi padre con un sólo brazo me alzaba de la oreja por malo malísimo hasta que ni de puntillas tocaba el suelo y sólo entonces, y a mi pesar, confesaba que había sido yo y sólo yo sabía donde estaba la tableta entera de chocolate negro: aquí papá, en mi barriguita.
En la cara de gilipollas que tiene Rajoy. Y que qué culpa tiene el hombre.
He pensado en cómo me haces el amor a contrapelo. Sobre la punta de alfiler. En los cuchillos.
En Bernardette. A veces pienso en Bernardette.
En que hubo una época en mi vida en la que llevaba colgadas del cuello cadenas de oro como si fueran orejas. Otra en la que tenía el pelo largo como Rabrindanat Tagore o casi era un vikingo con trenzas en la barba. La vez que fui a Nepal sin moverme de una silla. Los viajes en tren, interminables. A ningún sitio. Y huir hacia delante.
Veintisiete segundos y la chica del anuncio en los cristales de la cabina telefónica abriendo la boca para decirme “Hey tú, chico, ¿tienes fuego?”
Hasta he compuesto una canción:
“Lo eres todo para mí (coro de voces latinas al son de unos timbales)
o no eres ná (trompetas, todas las trompetas)
y me sobras y me faltas (redoble)
(Repetir)”.
Veintisiete segundos y los átomos de todas las cosas con volumen vibrando como cuerdas de violines; los polos magnéticos del planeta ejerciendo sobre la masa toda su fuerza, hasta torcer la compostura de las raíces, de los faros de los coches, de los paraguas; el eco de los insectos bajo la ciudad subiendo por las alcantarillas; las puertas del bus abriéndose y cerrándose...
En que siempre que me pongo al teléfono lo primero que digo es “¡qué pasa!”.
En que últimamente, hasta ti, yo era un pez naranja viviendo en la taza del váter.
En que la gente me contesta: “No pasa nada”.
En que nunca pasa nada.
En que la vida es una mierda.
En que la vida es maravillosa.
En que qué es la vida.
Joder.
Joder.
En que estoy harto de comer latas de albóndigas.
En Alfredo, el hijoputa de Alfredo que supo vivir de maricón en los tiempos de Franco y morirse cantando un soul de Aretha Franklin.
En que que estoy creciendo, que me siento las ramitas salir de los tobillos y los brotes por la espalda y las briznas.
En veintisiete segundos me he asegurado de que todo gira a mi alrededor. La maquinaria perfecta del planeta se mueve como una enorme mole intergaláctica bien engrasada, como el motor gráfico de un videojuego de última generación, como un reloj de cuarzo.
Pienso en que si alguien en una conversación no utiliza los términos “Nebulosa”, o “Alquimia”, no me interesa demasiado.
En que cuando digo te quiero, digo no te necesito. Digo: te quiero.
En que soy un caballo.
En cómo me gustaba ver danzar la bailarina rusa de la caja de música de mi madre.
En que lo bonita que estás cuando te aparto el pelo de la cara.
¿Sabes lo que es bonita? Mejor que guapa. Guapa es la Garbo. Tú-eres-bonita.

Veintisiete segundos. El árbol donde fumé el primer cigarro.
Veintisiete. El primer número de Spiderman.
Mi cabeza llena de cosas.
De cosas horribles y de cosas bonitas. De cosas de cosas y cosas. De muchas cosas. En todos los semáforos del mundo.

Cuando he llegado a la otra acera te he abrazado, muy, muy fuerte.