11 de julio de 2013

Qué hacer si una chica bonita te dice a los diez días que quiere casarse contigo


Yo en mi almohada escucho pio píos. No siempre. A veces. Y a veces salgo a buscar por la ventana en el cielo pajaritos a las tres de la mañana, y no veo más que coches aparcados y farolas. Ni un solo ave. Ni un fa menor ni una pluma en el aire; y sin embargo, cuando vuelvo a acostarme están ahí, cantando a solfa, como si mi cabeza fuera un nido o una bonita tarde de verano. Así que es imposible con tanta desbandada y tanta cría abriendo el pico y tanta perorata de jilgueros molestando a lo Gustavo Adolfo Becquer, consultar nada, y me duermo con las ganas de saber si de verdad existen las señales y esa flecha tan grande con tiza en la pared es la ruta más corta al fondo de los mares, en lo profundo, donde el silencio abraza el alma de los hombres.
Pero en realidad no tengo dudas, tengo miedo, de que los sueños se hagan realidad.

Aunque diré que sí. Porque es ella, y no otra, quién sabe dónde estoy dentro de mí.

Y ni yo sé dónde es eso.

Por eso y porque los microondas en vez de ti ti ti dicen te-qui-e-ro; porque me regala canciones bonitas por teléfono mientras va conduciendo-con dos cojones, sin miedo a la vida-; porque me deja ser idiota; porque la dejo ser estúpida; porque estaba guapísima con su vestido rojo esta tarde en mis brazos; porque me compra cosas caras que no necesito para nada; porque nunca había mirado el horizonte con alguien que tuviera papeles de psiquiátrico; porque a los dos nos gustan las esdrújulas; porque me he quemado un dedo con la plancha; porque ayer me abrochó los botones de la camisa; porque follamos; porque siempre follamos, aunque parezca que sólo nos miramos a los ojos.

Entre los dos sumamos mil doscientos quince años, criando mariposas en las tripas.