13 de julio de 2013

Velocidad de crucero


Ayer precisamente al saludar al dueño del restaurante indio, quién sabía que el tipo que tenía al lado iba a llorar en menos de cinco minutos:

“-¿Y qué tal?

-Ya sabes, bien-le dije a Saddi- mucho curro y pocas papas.
Pero me alegro. Hacía falta.”

Y entonces habló el tipo de al lado:

“-¿Que te alegras de como está la cosa?”

Si quieres hacer una tortilla tienes que romper algunos huevos. Todo el mundo sabe eso.

“-Pues sí, ¿no crees, que nos estábamos convirtiendo en monstruos? Cuatro televisores, dos neveras, tres cuartos de baño, una segunda residencia, dos coches, y entre otra muchas cosas la extraña sensación de que uno lleva mintiendo toda la vida cuando lo que de verdad está deseando hacer es tener otra vez quince años y oler la rebeca de hilo de la niña más bonita del barrio y con sólo tres pesetas en el bolsillo pasar toda la noche en el cine de verano dejando que te piquen los mosquitos sólo para que ella te agarre de la mano.

-Pero es mi dinero.

-Pero es mi opinión.
La gente se está echando a la calle a levantar la voz por cosas muy bonitas. ¿No notas más unión? ¿No hay menos diferencias?

-Los ricos son más ricos, los pobres son más pobres...

-Un día todo comenzará de nuevo. Lo sé.

-Y otro volverá a ser como ahora.

-Pero antes de pudrirse será como una flor. Una flor que se abre. ¿No lo hueles? Volvemos a ser seres humanos.

-Está bien eso que dices, sabes, pero, tengo tres hijos, las cosas, están mal y, ¿a quién le importa nada? Te entiendo chico pero las cosas no funcionan así.”

Y entonces me miró de arriba abajo.

Pensé siete segundos.

Tenía la camisa mal planchada. Dos rayas en en cada manga. Un clásico.
Un llavero de un Audi colgando del cinturón. Uno grande.
La nariz despellejada de meterse cocaína.
El anillo de casado mate de los años.
Una rodaja de limón en el quinto cubata antes de las siete de la tarde.
Y ningunas ganas de volver a casa.

Y entonces le miré yo. De frente. Por supuesto le ofrecí un cigarro.

“- A los pobres, la mujer nos da un beso cuando llegamos del trabajo.”

Después del silencio, mientras me iba, pude escuchar como una gota de trescientas toneladas le caía en el polvo del zapato.

Así es como suena la revolución, cuando recién la estamos comenzando.