17 de agosto de 2013

¿De todas las vidas que he vivido, cuál era la mía?


Escribí los ocho poemas malditos entre los años noventa y muchos y el nuevo milenio. Uno de ellos-exactamente el último- terminaba diciendo, “Moriré solo. Sé que moriré solo”. Se los regalé a un profesor de lengua inglesa, muy maricón, al que había conocido en la punta de la bota italiana y con el que había quedado aquella noche para cerrar un par de bares, a eso de las seis de la mañana: “Tal vez no volvamos a vernos. Me alegro de haberte conocido”. Los guardó en la guantera del coche.
Uno tras otro-los que hablaban del mar-, con el paso de todos estos años-los que sangraban nombres de flor recién cortada-, se han hecho realidad.

Pero he estado aquí.
Me he subido a una noria.
He probado el pecado. Y el chocolate blanco. Y una vez, tu boca.