21 de agosto de 2013

La gran


Aquel día Jódoroh Talóv había estado sentado toda la mañana sobre un saco de naranjas bebiendo agua con gas en la parte de atrás de una gasolinera de la Panamericana, cerca ya de Ciuda Juárez. A las tres de la tarde, mientras el sol se derramaba a cuajo, se dejó caer por una grieta en el barro cuarteado y atravesando el centro de la tierra brotó bajo la forma de una brizna de hierba en Central Park, donde desde el ras del suelo, observó los ojos de la gente y qué hacían con las manos, y cómo cada uno era un mundo dentro de otro mundo dentro de otro y cómo deseaban, sin acierto, ser otra cosa. Había gente que padecía de la espalda y sufría grandes dolores y quería ser un pájaro. Había otros que hubieran vendido su alma por follarse a la vecina del tercero. Había incluso algunos que querían ser presidente de los Estados Unidos de América, y otros, que no querían ser otra cosa que una hoja seca.
Después caminó hasta los pies del Empire State Building y en vez de usar el ascensor para subir, trepó como una salamandra por la pared hasta que pudo tocar el cielo con la punta de los dedos. Se bajó los pantalones, se puso en cuclillas, y comenzó a tirarse pedos con forma de burbuja que pronto cubrieron la ciudad de punta a punta, cientos, miles de esferas tan frágiles surcando la ciudad mecidas por la brisa que llegaba del río Hudson. Luego se incorporó, se ató el cinturón y dibujó una sonrisa en sus labios donde los pelícanos pudieron leer con toda nitidez: “Todavía no es tarde”. Y de repente, mientras a miles de kilómetros abajo las hormigas miraban el cielo esperando una respuesta que nunca llegaba, cada burbuja se desintegró en millones de minúsculas gotitas finísimas como de polvo de diamante, dejando escapar de su interior una hoja de nenúfar, que suavemente, alcanzaba la acera o se posaba en los sombreros de los rabinos o en los zapatos de los tenderos turcos, encima de las lámparas, en los charcos, en las tazas de té y en los columpios y en las estaciones de metro, cubriendo de nieve Manhattan, en pleno agosto, para el disfrute de los negros del Harlem y las vacas y los jóvenes con corbata de Wall Street y las comadronas polacas y los chinos del soho y los caimanes, más al este.