9 de agosto de 2013

¿O sólo lo parece?


Llegó un día en el que no se pudo contar los muertos con los dedos de la mano.
Y llegó el día que dejamos de contar, y simplemente, buscamos en el cielo una respuesta.
Pero esta noche miro los tejados y no veo a nadie contando estrellas. Tampoco hay estrellas. Sólo un humo negro que huele a carne quemada y a ladrillos. De hecho, en la mayoría de las casas ya ni siquiera hay tejados, y en la mayoría de las calles, ni siquiera casas. Al menos, en pie.
En aquella vivían los Dupré. Ella era rubia. Y aunque seguramente también sería otras cosas, a su marido lo que más le gustaba era hacer caracoles en su pelo con los dedos y llamarla con nombres de animales cuando echaba la llave de la alcoba. Tenían un perro. A veces le escucho ladrar. Era un perro listo, al que el pequeño Maurice había enseñado a encender y apagar las luces de cualquier habitación con la patita. Maurice quería ser domador de tigres. Y cirujano. Y fontanero, como Mario Bros, y vivir mil aventuras.