7 de agosto de 2013

Puede, tal vez, quizás; pero seguro que sí


No quiero que me digas: “¿Qué coño haces parado delante del frigorífico tanto tiempo?”, quiero, que me digas: “Cariño...cuando termines de hablar con los Inuits cierra la puerta”.
¿No ves que soy un niño?
A veces me da la impresión de que cuando discutimos algo en realidad sólo estás esperando a que yo acabe de hablar para inmediatamente a continuación y con total claridad, abrir tu boca-oráculo y cagarte en todo lo que he dicho con una sola frase: “Perrito bueno...”. O algo así. El caso es que te doy la patita, y termino dormido en tu falda, moviendo el rabo.
Pero los Inuits de la nevera existen. Te lo he dicho mil veces. ¿Por qué nunca me crees?

Y quiero-oye cariño, ¿te importa lo que quiero?-, quiero que tus manos no me falten nunca. ¿Te lo había dicho? Sí. Te lo había dicho. ¿Por que nunca me escuchas?
Que estén ahí, donde yo pueda verlas. Cerca.
Donde pueda aferrarme como a un clavo cuando empiecen a temblarme las piernas, un día. Si viene el miedo. No sé, al lo que sea, hay, tantas cosas en el mundo que dan miedo...pero en tus manos no. En tus manos se escuchan las ballenas cantar a lo lejos.

Un amor grande. Que pare los relojes. Que huela a como olía al sol la ropa blanca de mi abuela mecida por el viento. Que no venga en los mapas. Grande, como esa estúpida sonrisa que tienes ahora mismo, justo antes de lanzarme como un tigre de Bengala sobre ti.