9 de septiembre de 2013

Sangre en las rodillas


-¿Los masajes son amor?

-No. No tienen nada que ver con el amor. Yo te quiero que te cagas, y aunque me lo pidieras veinte veces, te pagaría antes un fisioterapeuta. Cariño.

-¿Y qué pasa cuando se apaga una farola?

-Que las bocas se buscan en la oscuridad.
Me toca: ¿Por qué cuando te pregunto dónde está la olla grande para hacer las lentejas me haces un plano de la cocina en un papel cuadriculado con tu bolígrafo de Pucca y dibujas una flecha apuntando al mueble que está al lado de la vitro y encima escribes “Aquí” y te quedas mirando por encima de las gafas a ver si lo he entendido?

-A veces me da miedo que un día te vayas.

-¿Y dónde voy a ir? Sin ti.

-A navegar. En busca del viento. Sin mí.

-No voy a ir a ningún sitio sin nosotros.

-¿Y esa pata de palo?

-¿Sabes por qué?

-No.

-Porque te quiero.

-Eso no es suficiente. Nunca lo es.

-Porque te amo.

-Hay un barco en el puerto esperándote.

-Porque te como.

-Lo veo en tus ojos.

-Porque te te te y te tan y te muy y te más que y más que y te ay, ay, ay.

-Dibujas mapas en el cielo. Con la punta del dedo. De estrella a estrella hasta que formas continentes con formas de centauro.

-Porque yo ya ya no sin ti. ¿A dónde, a cuándo, a por qué? Dibujo tu nombre de verdura; tu barriga de vaca y tu cintura-o como se llame-; dibujo mañana y el otro y el siguiente. Con la punta del dedo. En las estrellas.

-Qué guapo estás cuando eres tonto.

-¡Cuak cuack!