5 de septiembre de 2013

Sólo para valientes


Sophie está ahora en Malawi perdiendo una batalla contra la malaria. Dice que hay niños, que justo antes de morir, sonríen como los angelitos de Machín. Que allí todo se pudre delante de tus ojos. Que morirse es bueno. Sophie es de otra carne. De una carne dura. De una carne muy dura. Siempre que regresa del infierno me trae un regalo: “No te permitas ser feliz nunca del todo”. De pequeña, una vez, le dijo al tío Wale “Yo lo haré”, porque el tío Wale iba a tirar al río una camada de gatitos, y mientras se ahogaban y no, chillaban como ratas al golpearse contra las piedras del fondo corriente abajo. Cogió el saco y lo estrelló contra el suelo de la cocina, con tanta fuerza, que de repente se tiño de rojo y lo único que se escuchó a continuación, fue un tren a lo lejos silbando como una cafetera camino de Louisiana.

Hoy he estado hablando con el tipo del espejo: “Tienes que irte”. No ha hecho falta que le diga por qué. Me ha mirado tan...que por un momento creí que iba a llorar. Porque ha olvidado escuchar el canto de los grillos; porque nunca ha perdonado a su padre; porque la luz del sol le agota; porque ya no le escucho. Porque todo lo que tuvo entre las manos, se le fue de las manos como arena, grano a grano. Porque hace mucho que ya se rindió.
Le he visto desaparecer entre la bruma que deja en los cristales el agua caliente de la ducha. Parecía cansado. Adios, hombre del espejo, que tengas suerte.

La coliflor y yo nos sentamos de noche en el jardín a enamorarnos como insectos. Tal vez yo ando descalzo por el césped húmedo mientras ella deslía todo mi tabaco. O miramos el cielo y nos sentimos pequeños como hormigas. O encendemos una vela para ver bailar las sombras de los objetos en la pared. Hacemos té. Y hacemonos. Y me hace y yo la hago y luego pintamos todo eso de colores con lápices de cera, como los niños a los caparazones de las tortugas. “Quiero un pato-le digo-, uno amarillo con los pies muy grandes que venga a comer migas de pan cuando lo llame, y haga cuack cuack pidiendo más”.
Satélite gira en torno a mi paciencia intentando convencerme de que convenza a su madre para que la deje comerse un helado. Encojo los hombros. Yo no llevo el timón, le digo. Satélite entonces comienza una órbita en espiral alrededor de la butaca de Mamá hasta que termina colgada de su cuello susurrándole al oído con su voz especial de mermelada que es la coliflor más bonita del mundo y las estrellas que como es tan buena tan buena tan buena y quiere tanto a satélite la va a dejar comerse un helado. Pequeño. De verdad. “¿A que sí?”

No necesito un lado de la cama. Prefiero el suyo. Buscar con mis pies sus pies. Pegarme como un chicle a sus muslos. Como se escucha el viento entre las hojas de los árboles, así escucho yo su corazón.
Hablamos en voz baja. Satélite tiene micrófonos por toda la casa:
“-Pero te quiero.
-Y yo a ti coliflor. Sin peros.”

A veces hacemos la lista de la compra:
“-Tomates.
-Rojos.
-Los tomates siempre son rojos.
-Hay tomates verdes.
-Rojos...galletas; cocacola; mermelada de fresa; pizza congelada...
-Hoy te quiero 61.
-...pepinillos; mortadela...¿y eso cuánto es?
-más que 58.
-Ah...
-Son como puntos, ¿entiendes?, si llegas a mil, explotas, y te pones a escupir caramelos y cintas de colores por la boca y el estómago, como una piñata, y te dan una medalla de plástico, dorada, con una libélula atravesada por un alfiler grabada en el centro, y...
-O sea, que de ayer a hoy he ganado dos puntos.
-Por tonta. Los puntos por tonta son azules.
-¿Y cuando me pintes de entrañas las paredes de qué voy a vivir yo solita?
-Te dejaré una foto encima de la chimenea. Donde esté sonriendo. Porque guapo no soy. Seré tu James Dean, y le dirás a todas tus amigas que me precipité al vacío dentro de tus ojos en un descapotable rojo.
-...melón, papel del váter; croquetas de jamón...eres idiota...mantequilla; fideos; mantequilla...
-Has repetido mantequilla. Eliminada.
-...puré de patatas; vino blanco...idiota...”

Y a veces la lista de la compra nos hace a nosotros:
“-No hay leche.
-Ni café.
-¿hay té?
-Ni biscotes.
-¿Qué hay?
-Hay ketchup”.
Y por eso terminamos desayunando en Plutón, a veces:
“-¿Me das un euro para el caballito?
-Un día nos van a echar del bar”.