25 de octubre de 2013

Con lo golfo que yo era


La tía estaba sentada en un taburete junto a él, que no dejaba de hablar por el móvil desde que habían entrado al bar. Ella intentó cogerle de la mano en varias ocasiones sin ningún resultado, de hecho, en su última incursión apenas si había recibido de su marido un “querida por favor...”
¿No ves que estoy hablando?
Estaba buenísima. Una auténtica señora. Cruzaba las piernas a lo Garbo y tenía una pequeña cicatriz en el labio inferior que estaba diciendo cómeme.
El tipo hizo de pronto así con la mano como para que bajaran la música, pero optó por salir a la calle y dejar sola a aquella gacela en mitad de la sabana. Yo era un guepardo por entonces, y aunque no había dormido pero nada porque la había pasado de parranda con la rusa, un titiritero de la calle Larios y un travesti del que se había enamorado aquella noche, todavía tenía hambre.

Me acerqué a ella por detrás y le susurré como una serpiente al oído que si venía detrás mía a los lavabos le iba a comer el coño un cuarto de hora de reloj. Podría haber colgado una toalla mojada en sus pezones.

A los cinco minutos me estaba corriendo en su cara, y a los diez, salía bajo la lluvia camino a cualquier pensión donde no hicieran demasiadas preguntas.