4 de octubre de 2013

Hazte unas largos


O sentarme en los peldaños de la escalera de la casa vieja y oler las matas de romero y de salvia y el amor de las moscas a las tres de la tarde en la sombra de la tapia preñada, desde hacía más de no sé cuántos años dicen las viejas, de hiedra y lagartijas quietas como broches y brillantes y tan esbeltas como agujas de pino. En el quinto escalón, y en el tercero, me dejo acariciar los pies desnudos por el musgo con la barbilla apoyada en las rodillas y los ojos de un pez globo muy lejos, donde tú, desapareciste tras aquella curva.
A acordarme de cuánto precipicio, a oscuras contigo de la mano, ¿te acuerdas, de la vez trescientos veintiuno? Te quería cientos, muchos, casi mil, y nos paramos de pronto frente a un tren que venía de Tenesse a ver quién se apartaba antes de morir destrozados como un kilo de carne de ternera picada entre las vías. Estuviste magnífica. Perdiste un dedo. Tenías los huevos de un toro, amor, en el centro del ruedo.
A hacer trenzas de nea para un cesto donde poner las piedras aquellas que traiste del rio un jueves por la tarde, un jueves. Llegaste sin zapatos y con viento en el pelo a la verja del patio oliendo a lirio recién decapitado y diciendo que en cada una de ellas, había un trozo de nosotros. Después me clavaste al quicio de la puerta con clavos ardiendo y de dentro de tu boca, muy hambrienta, salió una lombriz que se anudó a mi boca como punto de cruz y entonces me guardaste una enorme roca en el bolsillo para que nunca me olvidara de como pesa sin ti un grano de trigo, una maceta, un domingo.


No me acostumbro. Han pasado mil años y ya no me acostumbro.