14 de octubre de 2013

Los


Mis toallas son las azules. Las de ella color beige y huelen a lunares y a nardos y a hembra adulta en perfecto estado de salud. Las de satélite huelen a lápices de cera y plastilina y siempre andan tiradas por el suelo, que es donde las toallas rosas son realmente felices. Mis toallas son las azules y huelen al plomo, de muchas balas.
A veces me acerco a ella y le digo “vengo a quererte” y se deja besar en la mejilla con mis besos pequeños de amor grande, despacitos, besos que nunca le he dado a nadie y son sólo para ella, besos como almohaditas para irse a dormir, besos en la frente, en los ojos cerrados, en la nuca y la parte del cuello que anuncia la espalda, besos de soslayo, como el sol de los patios a las siete de la tarde, tibios, y por cada beso, le sale una ramita en los tobillos, una flor en el pelo, un mar en la mirada, y en cada uno, le digo gracias, por toda esta luz.
A su lado se crece tan deprisa que todo me queda pequeño. Hoy me la he encontrado de pronto en el pasillo con su traje de mantis religiosa y la cara del revés y me he dicho, coño, te va a destrozar el corazón. No me ha dado tiempo de buscar una trinchera: “No quiero ni verte”. Porque me he cargado sin querer un cuadro que estaba pintando. Con sirenas. Y un faro. Y nubes claro. Si llega a ser queriendo, me hubiera buscado por toda la casa subida a un cuatro por cuatro con dos cuernos de vaca en el capó y una escopeta recortada debajo del asiento. Creí que estaba seco. Quise tocar la playa con el dedo porque era, tan bonita y, me traje un montón de espuma en la punta, como si fuera la crema de un pastel, con guindas y todo.
Me he quedado tan triste y tan solito en el pasillo que casi me he meado encima del miedo que me ha dado que la Coliflor deje de quererme alguna vez. Nunca hablamos de la eternidad ni cosas como esas, pero nos buscamos los pies por la noche en la cama debajo de las sábanas, y si no están, desaparece el color de las paredes y los ríos se secan y los perros no dejan de ladrar y la ventana se llena de buitres y los cajones de hojas secas y parece que un iceberg ha chocado con la casa y la ha partido por la mitad.
Tan triste y solito. Yo, que he cruzado océanos por menos, que he cabalgado a por diablos más allá de donde dicen que el mundo se acaba y los he matado con mis propias manos, que me he bebido el mar y después lo he vomitado en algún lugar de Alaska no sé, o Pensilvania, yo, que tenía un sombrero con marcas de navaja y todos mis pecados tatuados en la espalda, yo, que era sólo yo y siempre yo y después yo, yo, que fui un Atlas y un borracho, un bucanero, un sicario del vodka con dos hielos yo, que he sido la tormenta, el caos, la destrucción...me he puesto a hacer tabaco en el garaje y a escuchar como el viento entre las hojas de los árboles, pinta la puta tarde de malva.
Me ha traído café. Caliente. Y hemos estado meciéndonos un rato sobre una baldosa.
Podría ahogarla en un bidón de aceite hirviendo en este mismo momento. Boca abajo.
Tal vez ella podría clavarme unas tijeras en la garganta.
Nos abrazamos. Mucho rato.
En el silencio.
Porque sobran las palabras.