2 de octubre de 2013

The cacao


Yo quería una casa blanca, con ventanas cuajadas de geranios que miraran al mar con sus ojitos claros, y por dentro, cada sombra en su sitio a la luz de las velas. Rosas perfectas y redondas y un mantel de cuadritos vedeoscuros y blancos, sillas de esparto y muchos utensilios de cocina balanceándose como los niños en los columpios, al viento de la puerta de atrás en la cocina, quería, un estante de libros. En orden alfabético. Quería un reloj para ver caer la tarde. Quería el silencio, y un té verde.

Pero.

Mi casa es un desastre.
Las raíces de la higuera salen por debajo de los muebles inclinándolos hasta que toda el agua de las botellas con barco cae al suelo y las velitas encendidas de encima de la chimenea se van hasta el patio flotando como en un funeral chino.
No hay techo. Podemos sentarnos a ver como pasan las nubes en cualquier sitio. A contar estrellas. A dibujar con la punta del dedo corazones en el humo.
Una vez me compre una camisa. Nunca he vuelto a verla. Tenía flores. Naranjas. Me gustaba. Era mía y nunca he vuelto a verla.
Otras veces me afeito con el cuchillo del pan, y otras, salgo a la lluvia sin espada. Si encuentras un paraguas entre una montaña de lápices de colores y osos de peluches y muñecos sin cabeza y soldaditos de plomos y sirenas y unicornios y pizza congelada y zapatos de verano y bicicletas y unas tres mil quinientas cajas de mejor no saber qué, el instituto nacional de meteorología se compromete a título póstumo a erigir un monumento en tu honor de mármol veneciano en el centro de la plaza.
En cambio puedes encontrar en cualquier sitio pinzas de la ropa o bombillas fundidas. Por ejemplo en el congelador. O el calcetín que te falta colgando de la lámpara. O en el cajón de las bragas, una salamandra de plástico o un billete de avión para Las Vegas, ciudad del pecado. De hecho podría cruzarse caminando desde el recibidor a la cochera sin pisar el suelo para nada, sólo caminando encima de una tonelada de cosas y cosas, que ya no caben en las cajas de meter cosas que mejor no saber para qué.
Tampoco sirve preguntar:
“-¿Has visto el mando de la tele?
-En el 83, una vez”.

Uno de mis trucos es tirar de un hilo que le he puesto a las llaves. Tiras y tiras hasta que aparecen, tintineando, ellas. Claro que en ocasiones en vez de las llaves, al final del hilo hay atado un pez naranja, o un eucalipto, o el Sol. Y no ha sido nadie. Porque nunca es nadie. Como cuando la nevera apareció boca abajo tumbada en el suelo y nadie le había arrancado el motor para ponérselo a una cometa de colores con una cola larga de lacitos de trapo, y echarla a volar.

Otro truco- este es bueno-, es quedarse quieto como una maceta y esperar a que aparezcan las cosas que buscas porque sí. Una vez estuve seis días así. Y al final apareció ante mí, de repente, la tortuga Lola con una ramita de olivo en la boca. También llevo encima siempre encima una mochila con los útiles necesarios para sobrevivir: tabaco; mechero; teléfono y algunos centavos para tomar café en la calle si a la Coliflor, se le ocurre ordenar los roperos, y de pronto se me queda mirando.