13 de noviembre de 2013

Pregúntale a Punset


“-¿Estás enamorado?

-Define enamorado.

-Ya sabes, como en las películas, toda esa locura de andar descalzos por el parque, todas esas babas, ya sabes.

-Moriría por ti. ¿Eso vale?

-Cristo murió en la cruz y no estaba enamorado de la humanidad.

-Política. Un cabeza de turco. ¿No se tiraba a María Magdalena? En fin, no me interesa suficiente estar o no enamorado, si no tener la certeza de que no van a dejarme tirado, estoy hasta los huevos de promesas, pesan como plumas y ya te imaginas, con tanto viento...¿alguna vez te has sentido sola?

-¿Cómo de sola?

-Sola de cagarte.

-Siempre me he tenido a mí. Siempre me tengo a mí. Y sola conmigo no es sola. Es sola conmigo.

-Tal vez me tragué el mar, un día, sin darme cuenta. Me lo bebí todo. Se estaba bien allí. Con los ojos cerrados. No sé, me perdí. Y otro día aparecí en tu jardín y te dije lo siento, sin haberte visto nunca antes.

-Estabas precioso. Desnudo y precioso.

-Me besaste.

-Te besé.

-Me abrazaste.

-Te abracé.

-¿Quieres un té?

-Quiero un té.

-Follamos poco, ¿no crees?

-Creo que eres muy lindo, y que voy a guardar bajo la cama, cuando te mueras, todos esos huesos”.

Siempre he sido un tío raro. “No hombre porque al final ¿quién no es raro? Y en el fondo todos somos un poco...”. Una mierda. Raro, joder. Un tipo molesto. De los que no hablan. De los que se dejarían fusilar por defender que las nubes, están ahí para mirarlas, y que un hombre con sueños, no se tapa los ojos para no ver venir las balas.

Mi teclado tiene un montón de letras. La h la u la m la uve doble. Me pregunto cuántas cosas se podrían decir con tantas letras. Uniéndolas. Mezclándolas. Una tras otra hasta formar frases cortas y precisas como “Tengo hambre”, o frases largas y delicadas como patas de pájaro: “De cada euro que donáis a mi causa, el porcentaje más alto se lo queda el estado, otro tanto por ciento la guerrilla, y así, cada euro es desmenuzado por el camino entre los dientes de los funcionarios, aduaneros, piratas y demás buitres con corbata hasta que lo que queda de él es un saco de arroz para ciento cincuenta mil personas y un poco de pescado seco. Tengo hambre. Tengo tanta hambre que me voy a morir”.
Se podrían conformar párrafos enteros que hablaran de hermosos parajes en La Habana, y que contaran la historia de una negra francesa de labios de manzana que enardecía el vigor de los hombres con sangre de gallina blanca esparcida por la cama y velas de vainilla. Un texto efímero, que hinchara las venas de los hombres a leerlo y se soñaran en los brazos de la negra y envueltos en toallas de paño portugués y acabaran masturbándose en el cuarto de baño mientras al otro lado de la pared sus esposas les dijeran ¿por qué tardas tanto cariño?¿pasa algo?

Pasa que ya no te quiere.

Se podría escribir sobre la libertad, con tantas letras, puestas así o así o entre comillas: “La libertad duele”.
Cada vez que veo un político en la tele me dan ganas de partirle la cara. No tiene nada que ver con lo que estaba diciendo pero como observo tal cantidad de combinaciones que pueden hacerse con las teclas y cierta rapidez -antes de que se te olvide- en los dedos, digo, aprovecho.
Elegir todo el tiempo. Eso es la libertad. Elegir alzar la voz o callarse. Elegir mirar a otro lado o al frente. Elegir no traicionarte o dejar que el mundo te convierta en un muñeco de trapo con hilos y una nariz roja. Dolerse uno. Eso es la libertad.
No abras nunca los ojos. La libertad es una puta mierda.

Y me he quedado sin trabajo.
Tomando café he pensado en los niños. En cómo ni siquiera los he visto crecer. En cómo nunca estoy. He pensado en el coche y en la casa y en el perro. Incluso he pensado en robar un banco, pero me he acordado de que en los bancos ya no hay dinero.
Mañana veré. Hoy voy a cenar viendo la tele. Con mi familia.
Mañana me voy a vestir de Supermán y voy a vender un riñón. Y luego un ojo. Y de todo lo que tenga repetido, incluidos los cojones, voy a sacar para adornar el árbol esta navidad con bolas doradas y una estrella en la punta, que señale Belén.

La única razón por la que no tengo un pato es porque los gatos del barrio se lo comerían. Se pasean por las tapias, y cruzan por los patios de una punta a la otra la calle, y en el camino, asoman el hocico a las cocinas, por si cae algo, o duermen la siesta en una silla, que tengo para subirme a escuchar como me llama el agua de la fuente al otro lado del parque. Porque tú, amor mío, si no fuera por los gatos, me dejarías tener un pato, ¿verdad?
Le pondría de nombre Juanito, y le enseñaría a que te picara en las piernas, cada vez que me apuntas con el dedo como si fueras a dispararme.

En fin sabes...

“-No puede veros-le dije a los lobos-.

-¿Nos dejarás aquí, abandonados?

-Se asustaría. Y saldría corriendo. Y os juro, que después de eso os sacaría uno a uno los ojos y las tripas y las colgaría de un árbol para que se la comieran los pájaros. No puede veros. Nunca.

-¿Donde iremos?

-No lo sé.”

Les escuché aullar a lo lejos, en el frío. Y así fue como empecé a quererte. Un día. De repente.