12 de diciembre de 2013

Bitelchús, Bitelchús, Bitelchús


Me sentaba siempre en aquel mismo lugar con la cabeza apoyada en las rodillas, la espalda en una roca y un cigarro colgando de los labios a soñar contigo con el levante en contra y el sol a punto de ponerse, fueras quien fueras-una luz-, y allá donde estuvieses-entre tanta oscuridad-. Las olas a esa hora se adentraban en la arena y como un bálsamo bendito se llevaban de la orilla mar adentro todos tus nombres. Cientos de millones de millones de pequeñas estrellitas brillaban en el agua como copos de nieve hasta que casi te dolían los ojos de mirarlas...y mis manos vacías y pensaba en ti fueras quien fueras y nos adivinaba-únicos en nuestra especie-paseando por un parque con largos senderos de albero amarillo con charcos y estatuas y pájaros cantado y una fronda de verde y de nubes y de patos emigrando y farolas por aquí, y allá donde estuvieses, casi concebía un viento empujándote hacia mí como una pluma...cuando era niño, jugaba en la terraza de un tercero con soldaditos de plástico verde a tenderle emboscadas a un nido de ametralladoras que previamente había dispuesto agazapado entre las hojas de una maceta de geranios colgada en la pared, mientras, abajo en la calle, los demás jugaban a médicos y a enfermeras y a las casitas, que amueblaban con una cocinita donde con un caramelo y una ollita de aluminio con agua del grifo hacían sopas de colores que con todo el esmero disponían en la mesa para cuando llegara del trabajo el hombre de la casa.

Una vez alguien me dijo: tengo cáncer, cincuenta y cuatro años y un marido que en treinta desde el sí-que por cierto, iba preñada-, no me ha dado un sólo beso de verdad y que en los últimos cinco, ni siquiera de mentira, duermo, sola en una habitación azur como tirando a marejada, sola, sobre una camita de soltera que mi madre me dejó en herencia porque tenía los hierros cromados con brillos de alpaca y ahí la había hecho suya mi padre el verano del elipse, a los catorce, mientras ella se devanaba el pelo del gusto de tener dentro a su Julián la primera vez de todas, decía, sin decirme nunca nada ¿y sabes?, aún amanezco cada día a quedarme sin aliento persiguiendo mis sueños...debo ser idiota, ¿no te parece?

Murió a los pocos meses. Pesaba treinta y siete. Dieciséis días antes, se tatuó un barco velero en la clavícula y con letras times new romans le puso de nombre Viridiana.

El cielo era tan azul...

Y tus labios tan rojos...