30 de junio de 2013

No hay nada escrito 3


Me ha sonreído en el ascensor esta mañana. A mí. Cuando se bajó en el tercer piso y las puertas volvieron a cerrarse me arrodillé en el suelo y alzé los brazos como si hubiéramos ganado la liga de campeones. No pude gritar, porque ya casi llegaba abajo; pero me hice sangre en los labios.

A mediodía se acercó a mi mesa y dejó un sobre encima. La miré y sin darme tiempo a preguntar de qué se trataba me dijo que no era nada relacionado con el trabajo, y al darme cuenta de dónde señalaba con el dedo, leí “No faltes”.
Si alguien me hubiera preguntado cuánto eran dos más dos en ese momento hubiera contestado que 14620. No podía pensar con Mónica tan cerca.
No hizo falta.

“-Es una invitación: Me caso.
Es broma.
Quería ver que cara ponías... Todo el mundo pone la misma(jajaja). No en serio, me voy a vivir a Brasil y he invitado a algunos compañeros, ya sé que tú eres nuevo y eso peeeeeeeero, me he dicho, por qué no, y ...”

la vida es una mierda.

Siguió hablando del Brasil y de su puta madre pero yo ya había perdido la apostura y los muertos no escuchan a nadie, y de repente, dejó de hablar y fue como si el mundo se parara en seco. Pasaron, no sé, doscientos años, y cuando abrió la boca dijo: “Es broma”.

La verdad es que en aquel momento sólo quería matarla.
Pero hizo jajaja y se me quitaron las ganas.

“-Es mi cumpleaños”.

Como ya no se rió- así, con tilde- más y como dejé que pasaran unos segundos antes de asegurarme de que ya no iba a tirarme más por un barranco, me lo creí.

“- Tengo que volver a...”

Se fue pasillo abajo dejando a su paso un olor a azúcar quemada, y justo cuando casi consigo respirar, se paró y dio media vuelta.
Cuando quise darme cuenta estaba susurrándome al oído “¿Qué me vas a regalar?”.

Y después se marchó.

No hay nada más bonito debajo de una gorra con visera que Mónica.

Me la como.

El uso adecuado


Por mucho que tu risa sea mucho más bonita al otro lado de...,
nunca saldré vivo de Beirut.
Hay niños sin zapatos corriendo por las calles
y zapatos sin niños colgados de los cables de la luz.
Los días tranquilos se escuchan los timbres de las bicis;
pero nunca aparece ningún ángel,
y al día siguiente hay pájaros viviendo en la cabeza de los muertos.

Si me amas,
no te resistas a vivir ninguno de los días de tu vida.


28 de junio de 2013

Nana para mi padre



Todo polinomio de una variable no constante con coeficientes complejos tiene una raíz compleja, es decir, existe un número complejo que evaluado en el polinomio da cero.


¿Sabes qué
(por supuesto que no),
amor mío?: tú ya no existes.

Con por supuesto,
quiero decir inevitablemente.

Existe el día tal (me acuerdo todavía) del mes de los monzones, negra,
año pum pum que se me sale el corazón, puaj, puaj, puaj.
La noche aquella-
sí coño, casi me cago encima,
del miedo que me daba caerme en lo profundo,
para siempre,
de tus ojos de vaca-.
¿Te acuerdas que llovía?
Mentirosa. No te acuerdas.
Bueno, que íbamos debajo de un paraguas.
Y yo te dije: “te amo tanto...”, y tú dijiste: “Mira, una hormiga”.
Follamos en el parque. Donde te dio la gana.
Encima de los charcos.
Como batracios.
Sin saber nuestros nombres.

La luz se hizo a menos veinte.
Lucía un día espléndido.

Pero ya no eras tú.

Te llamabas Camila, y tenías un puesto de mangos en la plaza,
junto al ayuntamiento.

27 de junio de 2013

La honra de los hijos bastardos


Que si se nos cae la baba viendo amaneceres.
Que si flotamos como globos.
Que si sólo comemos pétalos de rosa.
Que si llevamos siempre el corazón por los tobillos.

La próxima vez que me llames poeta...

Follo como un hijo de puta.
Como con las manos.
He visto una francesa volarse la tapa de los sesos y he dormido en los cajeros automáticos.
He fracasado.
Todas las veces.

Pero un día tendré tantas leyendas escritas con tinta en mi cuerpo,
que el día que me muera todo el mundo sabrá quién he sido.

La próxima vez que me llames poeta, dímelo a la cara.


25 de junio de 2013

Creced, y multiplicaos


Se me ha roto la pata de la cama.
He puesto el colchón en el suelo.
He abierto la ventana.
He prendido una luz pequeñita.
Me he dormido al abrigo del cielo.
Y he soñado con peces,
fuera del agua.

No soy muy bueno en nada.
Ni siquiera soy listo.
Aunque lo suficientemente inteligente como para,
saber que la vida se acaba.
Así que desde ahora ahora será mi palabra favorita.

Quiero ir por la calle con una sonrisa.

23 de junio de 2013

Love and silver bullets


-Jimmy Boy..

-¿Sí nena?

-¿Recuerdas aquel banco que atracamos en Memphis?

-Claro.

-¿Recuerdas el tipo con el tiro en la cabeza?

-No demasiado.

-Sonreías...siempre sonríes así cuando te cargas a alguien. Me encanta esa sonrisa.

-Es patético. Me divierte la idea de en qué estarán pensando en ese momento. En su esposa, en los hijos, en el perro, en lo que nunca hicieron, en lo que hicieron mal, en...¿En qué crees que pensarán?

-Mira a la carretera.

-¿En qué pensarías tú La Belle?

-Si hubieras apretado el gatillo el día que el calvo te contrató para matarme lo sabría.

-Estamos llegando.

-¿Cuándo vas a decirme dónde vamos?

-Es una sorpresa. Ya casi estamos...ahí está...baja.

-Jimmy es...es...

-Y tiene un jardín en la parte de atrás.


22 de junio de 2013

100 metros lisos


Los sellos impresos del revés;
la cara B de los vinilos;
los corazones con forma de patata;
las fotos viejas, desenfocadas;
los tatoos de sirenas con nombres de naufragio;
la mermelada amarga;
los muñequitos del semáforo...
Me gustan las cosas con defectos de fábrica;
la ropa usada,
los ángeles caídos;
los platos de cerámica
-aunque estén rotos-;
las radios de madera
-aunque no suenen-...

Me gusta mirar nubes.
Aunque no sirva para nada.


¿Qué sabes de patitos?



19 de junio de 2013

En busca de Ukabuca, de vuelta a casa


Las he probado todas. Las grandes, las pequeñas, las blancas, las redondas, las de una tonelada...

-Pom pom pom.

-La puerta está abierta.

-Por eso hago el ruido con la boca como si estuviera cerrada. ¿Se puede?

-Pero si ya está dentro.

-Porque la puerta estaba abierta.
Los pinguinos de la habitación 37 dicen que han estado escuchando ruidos extraños toda la noche. ¿Eso son las ruinas de un castillo?

-Sólo son piedras. No dijo usted nada de piedras.

-¿Y para qué quiere tantas?

-Sólo necesito una.

-¿Y no sabe cuál es?

-Ni siquiera sé si está en esta habitación.

-No se ponga así hombre, está usted gris. ¿Sabía Miguel Ángel dónde estaba La piedad?



El servicio de limpieza pasó un rato más tarde.
Cuando volví de desayunar no había ni una sola piedra en la 36.
Nunca encontraría Ukabuca.
No sin la piedra brújula.

Cloc-cloc-cloc-cloc.

Y entonces tropecé con algo que rodó hasta debajo de la cama, y de debajo de la cama, saqué esto:


Y cuando la puse en mi mano para arrojarla lo más lejos posible de mí, a la puta mierda, pasó esto:







 Y pude oír su voz, diciendo “Vuelve a casa, Ukabuca no existe”.

¡No te creo! ¿Me oyes? ¡No te creo! ¡No puedes hacerme esto piedra de los cojones, tienes que decirme dónde está!

Pero no dijo nada más.

Volví al faro.

Y no había nadie. Hacía años que no había nadie.

Busqué al capitán.

No había ningún barco que fuera a ninguna isla, de hecho, ni siquiera había una isla.

Llamé a la puerta de la 37 y un alemán en pantalones cortos me dijo que no sabía nada de pinguinos.

El recepcionista me alentó a ir al ambulatorio. Era un tipo normal, con gafas graduadas, y tenía encima de la mesa una revista abierta en la que podía leerse un artículo sobre bricolaje.

Pero yo sé que Ukabuca está aquí.

En alguna parte.

Si yo me he equivocado tantas veces, ¿por qué no iba a hacerlo una piedra brújula aunque fuera una sola vez?

“Nadie puede mentirle a una piedra brújula”.

Si existen las centrales nucleares,




La sinrazón,



El miedo,


El desconsuelo,





puedo inventarme que existe aún un lugar donde empezar de nuevo.

Cada vez.


Desde el principio.



Volvamos a casa caballo,


tenemos mucho trabajo por delante.







En busca de Ukabuca 5


-¿No cree que cada día debería ser el principio?

-¿Cómo dice capitán?

-Cada vez. La primera. Mire esas olas. No hay ninguna igual. ¿Va en busca del buque portugués? Hay restos por toda la playa. Pero tesoros...y no hay nada más en esa isla excepto piedras, millones y millones de ellas.

-¿Millones?














Hay millones de ellas. Pero sólo son piedras.




“¿Y qué me dice de las nubes? ¿Ha visto alguna igual alguna vez?”




Rinnnnnnng.
Rinnnnggggg.

-Habla el capitán, dígame.

-¿Cuántas piedras cree que podríamos llevar en ese barco?


18 de junio de 2013

En busca de Ukabuca 4


Atravesar el bosque-girar a la izquierda-girar a la izquierda-girar a la izquierda-girar a la izquierda y...¿Eso no es volver?





-¡Posadero!

-¿Ya ha atravesado el bosque?

-Y he dado la vuelta. Y estoy aquí. Otra vez. En el mismo sitio.

-¿Sabe caminar hacia atrás?

-¿Qué quiere decir? ¿Que para ir al faro tengo que ir caminando hacia atrás?

-No. Era curiosidad. Hay un carril bici. Llega hasta el faro.

-Graci...¿eso es un elefante?

-Se hospeda en la 8.




-¿Es usted el farero?

-Precisamente.

-Me han dicho que sabe dónde puedo encontrar una piedra brújula.

-Paso mucho tiempo mirando el horizonte.

-¿Y eso quiere decir que...?

-No sé quién le ha hablado de esas piedras; pero sé que no existen.

-¿Y cómo lo sabe?

-Porque nadie ha encontrado nunca una.

-¿Y si alguien la encontrara?

-Existirían, supongo.

-¿Cómo funcionan?

-En el caso de que alguien refutara su existencia, las piedras brújula marcan el camino de un hombre como el rabo de un perro una liebre. Nadie puede mentirle a una piedra brújula. Si dice que es por allí, lo es. Claro que siempre podríamos tomar otro camino, pero...

-Pero...

-Seguro que ya sabes lo que pasa cuando tomas el camino fácil.
¿Qué estás buscando?

-No lo sé. No sé tantas cosas.

-¿Te has perdido?

-Algún trozo. Me gustaría encontrarlos. Son míos.

-¿Cómo de grandes?

-Yo creía en cosas. En cosas importantes.

-Hay un lugar, no muy lejos de aquí, donde dicen que un buque portugués naufragó cargado de tesoros, entre ellos, una piedra brújula que el mismísimo Alejandro había enterrado en Creta, al amparo de la tierra.

-¿Cómo se llega?

-En aquel barco.



-Sabe usted muchas cosas.

-Soy farero.

-¿Sabe si merece la pena?

-¿La merece muchacho?

-Aunque no existan, como casi todo lo que es hermoso.


En busca de Ukabuca 3


-¡Posadero!




-¿Hasta cuándo se queda?

-No lo sé. ¿Dónde puede dormir mi caballo?

-En el porche. ¿Es fumador?

-¿Mi caballo?

-Usted.

-Me fumaría las cenizas de mi padre.

-¿Estuvo en el entierro de su abuelo?

-Estaba lejos. Borracho. Fueron malos tiempos.

-¿Tiene sueños?

-¿La paz mundial?

-¿Ha roto algún plato últimamente?

-No.

-¿Podría hacer la misma afirmación ante un jurado?

-Sí.

-¿Sabe qué es un astrolabio?

-¿Cómo este?

-¿Cuánto hace que no...?

-¿Estas preguntas son...?

-Es el formulario. Algo cósmico creo.

-Aquí tiene la llave.



Las normas de la casa son: no encender fuego dentro de las habitaciones; no inflar globos, no volar cometas ni adoptar peces naranjas ni dar de comer a los caimanes.
Y bla bla bla.
Pero puede llevarse las toallas.

-Gracias.





Me encantas los dulces.
Ñam Ñam.
Mmmmmmmmmmmm...

Hay mosquitos.

Pican.


17 de junio de 2013

En busca de Ukabuca 2


El olor de los trenes...



No me importaría vivir en un tren. Un tren que diera vueltas y vueltas alrededor del mundo una y otra vez, y que parara en cada estación lo justo para comprar tabaco, tomar un café, pisar tierra firme sólo el tiempo suficiente, y volver a tu asiento a ver pasar por la ventanilla las manadas de postes eléctricos hacia el sur.



Hacia la grandes praderas de girasoles.




Los últimos indicios-encontrados dentro de una caja de galletas-, me remiten a un punto concreto en el mapa, azul, materno e infinito, donde primero he de encontrar-según dice aquí-, la piedra brújula, un mineral con la extraña condición de señalar lo más recóndito, aunque no lo quieras ver.
El Dalai me habló de ella cuando fui a buscar respuestas al Himalaya y me llamó estúpido: “Aquí sólo hay nieve. Nieve y cabras”.

“Cuando llegues a la orilla, habla con el farero-me ha dicho el maquinista-. Sabe mucho de muchas cosas”.

¿Y de piedras?

“De piedras no lo sé; pero sabe hablar con las ballenas. Y hacer pajaritas de papel que vuelan de verdad, como Pinocho. A lo mejor sabe de piedras”.

“Próxima estación...”




Ya no me acordaba de cómo se refleja la luna en el agua.

En busca de Ukabuca




Caballo es un potro de dos ruedas, robusto y con cestita. Me lleva a sitios bonitos: me lleva a trabajar, me lleva al súper, me lleva a casa de mi madre...Nunca ha pinchado.

La nave se fue hace dos días.
La dirección era correcta, es cierto, estaban allí, como el amor me había dicho:
“No voy a ir a ningún sitio”.
Eso dije. Después de tanto tiempo esperando este momento.
De salir de aquí. De escapar.
¿Pero habría nubes? ¿Cómo estas?

Vi cómo se alejaban hasta convertirse en un pequeño punto blanco en el espacio.
Después de tanto tiempo.

Pero emprendo un viaje.
Esta vez hacia dentro.
Hacia Ukabuca, el planeta de trocitos de nuez y mermelada, la estrella enana diecisiete mil doscientos doce en la tercera galaxia de Atolón, lejos, en cualquier caso.
Un horizonte sembrado de farolas, gaviotas y casas amarillas azules y naranjas.
Porque todo eso somos.

Voy a buscar los trozos que me faltan.


16 de junio de 2013

El vuelo de una hoja de papel


En algún lugar del mundo
-de éste mundo-,
hay alguien compatible al menos en un noventa y cuatro por ciento conmigo.
Un ochenta.
¿Sesenta y cinco?

Y un día me dirá: Soy tu tornillo.
Y yo contestaré: “¿Te gusta mi silla de ruedas?”.
Nos casaremos.
Tendremos hijos, y por la noche,
me subirá en brazos la escalera.
Compraremos un abeto.
Haremos una manta con trozos de camisas viejas.
Celebraremos muchos cumpleaños.
Nunca moriremos.

Mientras me encuentra,
estoy aprendiendo a pintar con los pies cuadros de sirenas pelirrojas.


15 de junio de 2013

No hay nada escrito 2


Joder joder joder ¿cómo se puede ser tan tan? tiene los ojos azules como un puñetazo. Y tetas. Dos.
Hoy iba cargado con un montón de papeles a reciclaje y al pasar por la sección B casi tropiezo con ella: “No no, pasa tú, que vas...”
Que voy a comerte las entrañas.
Así, a veinte centímetros, parecía de mentira. Sonreía, y dentro de la boca tenía dientes, y, una voz preciosa como la piel de una manzana.
Y yo le he dicho, “no, no, pasa tú”, que no sé qué, le he dicho, pasa tú con tus ojos azules de pantera blanca, y tus pestañas largas y curvadas, adas, adas, pasa, pasa, que pueda oler tu pelo, pasa, y déjame en el eco.
Me han dado ganas de dejar caer al suelo lo que tenía en las manos, para que mientras, seguramente me ayudaba a recogerlo todo, me diera tiempo de decirle...de decirle...
Pero he seguido mi camino sin mirar ni una vez hacía atrás.
La verdad es que no sé lo que decirle.
La besaría. Sí. Eso haría.
Un beso bonito ni corto ni largo.

Lo entendería.


13 de junio de 2013

Sólo ha sido un momento, ya se me pasa


Como sentarse en una silla de tres patas.
Como cazar mosquitos con un panzer.
Como parar con la cabeza un autobús.
Como regar flores de plástico.
Como caer.
Y caer.
Y caer, sin que nadie te...
sin hilos ni tendones ni fuerzas ni mucho menos, ganas,
de-na-da.

Así era yo contigo: otra cosa.

V de vacío


Hay tantas cosas que no sé...
Las hojas de los árboles, ¿se caen,
o alguien las empuja?
En ese caso sería asesinato.

¿Por qué ya no me veo en los espejos?
Yo no soy ese.
Yo era más alto. Más firme. Más gallardo.
Quería ser trapecista,
y vivir boca abajo.

¿Por qué todo lo hermoso se escapa grano a grano,
como si fuera o fuese arena entre mis manos?

¿Si mi luz se apagara, me encontrarías?
¿Harías eso por mí? ¿Lo harías?
Te juro que serás la primera en escupir sobre mi tumba.


12 de junio de 2013

Como estar bajo el agua


A veces te espero hasta muy tarde,
mirando el techo aunque ya sé que nunca hay nada
que no haya visto antes.
Te espero y te dibujo.

Hasta que vienes.


11 de junio de 2013

No hay nada escrito


Me estuvo lloviendo encima todo el invierno. Marguerite me dejó. Por sms. Lo único que quedó de ella fue el cepillo de dientes encima del lavabo. Las macetas se quedaron secas como un ripio. Mi pez naranja se escapó por el fregadero sin dejar ni una nota siquiera. Se llamaba Toto. Perdí el trabajo. Yo y setenta y cinco más. Iba por ahí, despeinado, mirando el suelo... para Marguerite nada era nunca suficiente.

Un día dejó de llover.
Encontré otro trabajo.
Me compré una tortuga.

Cada vez que paso a su lado para ir a mi mesa en la sección C, me late más deprisa el corazón. Es tan bonita que dan ganas de ponerla encima de la mesita de noche para que te despierte por las mañanas diciendo muac muac muac con esa boquita de sirope de fresa. Bonita de cojones, de ponerse a llorar, y yo, que no soy suficiente, paso por su lado y echo de menos el aire, y en las tripas, se me hace un nudo como el de los cordones de los zapatos.
Se llama Mónica. Pero yo la llamo Joder joder joder ¿cómo se puede ser tan tan?
Me gusta tanto que aún no me he imaginado cómo serán sus tetas.
Tampoco le he visto los ojos, porque siempre está mirando papeles y, tiene las pestañas tan largas que podría tirarme en tobogán. Me encantaría.
Nunca la he visto sonreír.

A veces siento en la nuca como un aire, no sé, pero cuando miro hacia atrás, Joder joder joder ¿cómo se puede ser tan tan? sigue con las pestañas clavadas a la mesa, como si yo no existiera.