29 de agosto de 2013

No sé, habrá sido el viento


Coming soon


Mientras el planeta se destruye tú y yo podríamos construir un bastión desde donde ver el fin del mundo comiendo pipas de calabaza y granizado de naranja. Porque esto, amor, se va al carajo. Hoy he visto en la tele a un chiquillo robar a punta de pistola de una sala de partos el bebé de una norteamericana llamada Jane, y venderlo en una esquina del soho por un puñado de bolsitas de crack.

Podríamos plantar azucenas. Podríamos follar en la ducha. Podríamos tumbarnos sobre el césped a escuchar los grillos, y hacer figuras en el aire con la punta del dedo. Bajo las estrellas.

Un día la gente se echará a la calle. Con palos. Con rabia. Con la intención de tirar la puerta abajo de las grandes mansiones del poder y acabar de una vez con la barbarie. Con la privatización del aire el agua y las sales minerales y los centros hospitalarios y los hidratos de carbono y los colegios y la luz del sol y el derecho a soñar.
Y lo hará con más barbarie. Incendiando las cortinas. Arrancando el papel de las paredes. Izando otra bandera.

Podríamos.

Yo estaré allí. Delante. Armado hasta los dientes.

Para que nadie nos quite el horizonte.


23 de agosto de 2013

Voy a plantar una farola en el jardín


No seré tu siamés ni un gato que te arrulle los tobillos.
Pero seré un bebé de cabra, mamando de tus tetas miel de abejas.
Te lo explico: me encantas tus tetas.
Porque están pegadas a ti y saben a ti y tienen esas aureolas rosadas
y perfectamente redondas.
No tiene nada que ver con Freud.
Es que soy así de cerdo.

Ni tampoco tu esclavo.
Ni tú mi concubina.
Será el café por la mañana y los pies por debajo de la mesa.
O ir a Groenlandia.
Y volver a las diez, y quitarte las bragas, y masticarte.

No seremos simétricos.
No habrá medallas.
Y si alguna vez duermo en el sofá, será porque ya no te amo.

Sólo tienes que agarrar bien la cuerda.
Te lo explico: ¿no ves que soy una cometa?

Así no,
cierra los ojos.


Reserva del 64


Y si te te té,
tan tán, 
muy muy,
todo es lo suficientmente hermoso como para ser posible

Nunca has sido una sirena, ya lo sé.
Pero me escuchas cuando hablo.
Aunque nunca me entiendes.
Y aún sigues aquí.
Conmigo.
Un hombre de a pie.
Un globo.
Un globo rojo
-no me sueltes. Daría cualquier cosa por un minuto más,
contigo-.

Y no lo entiendo.

Yo porque no hace frío.
Por el agua.
Por tus besos de vaca.

Llámalo como quieras.

Es amor.

Aunque tampoco lo entiendo.

Tal vez sólo deberíamos dejar que la marea nos meciera, nos llevara donde late.

Tal vez precipitarnos al vacío.
El uno del otro hasta lo hondo.
Donde la luz.
Donde late.
Donde late.

Y remar.


22 de agosto de 2013

Oración


Ya no quiero que bendigas cada rincón de esta casa Dios:
quiero que nadie más tire a la basura mi currículum vitae.

Yo te he amado sobre todas las cosas.
Tú, ni siquiera te acuerdas de mi nombre.

No he cometido actos impuros, he honrado tu nombre.
Hasta soy vegetariano.
¿Te acuerdas de eso de creced, y multiplicaos?
Alberto, Fran, Inés, Fernando, Laura y Donald.
En realidad se llama Juan; pero anda igual que un pato,
y tampoco se le entiende nada cuando habla.

¿De dónde? ¿De dónde si en la tienda, ya no me fían?

Y no soy yo, es el mundo.
Se te ha escapado de las manos.
No quiero imaginar, la de fiestas con putas,
que estás pagando con dinero en B allá en el paraiso.

Y por cierto he, descolgado la cruz de la pared,
y he puesto una foto,
de Lady Gaga, amén.


21 de agosto de 2013

La gran


Aquel día Jódoroh Talóv había estado sentado toda la mañana sobre un saco de naranjas bebiendo agua con gas en la parte de atrás de una gasolinera de la Panamericana, cerca ya de Ciuda Juárez. A las tres de la tarde, mientras el sol se derramaba a cuajo, se dejó caer por una grieta en el barro cuarteado y atravesando el centro de la tierra brotó bajo la forma de una brizna de hierba en Central Park, donde desde el ras del suelo, observó los ojos de la gente y qué hacían con las manos, y cómo cada uno era un mundo dentro de otro mundo dentro de otro y cómo deseaban, sin acierto, ser otra cosa. Había gente que padecía de la espalda y sufría grandes dolores y quería ser un pájaro. Había otros que hubieran vendido su alma por follarse a la vecina del tercero. Había incluso algunos que querían ser presidente de los Estados Unidos de América, y otros, que no querían ser otra cosa que una hoja seca.
Después caminó hasta los pies del Empire State Building y en vez de usar el ascensor para subir, trepó como una salamandra por la pared hasta que pudo tocar el cielo con la punta de los dedos. Se bajó los pantalones, se puso en cuclillas, y comenzó a tirarse pedos con forma de burbuja que pronto cubrieron la ciudad de punta a punta, cientos, miles de esferas tan frágiles surcando la ciudad mecidas por la brisa que llegaba del río Hudson. Luego se incorporó, se ató el cinturón y dibujó una sonrisa en sus labios donde los pelícanos pudieron leer con toda nitidez: “Todavía no es tarde”. Y de repente, mientras a miles de kilómetros abajo las hormigas miraban el cielo esperando una respuesta que nunca llegaba, cada burbuja se desintegró en millones de minúsculas gotitas finísimas como de polvo de diamante, dejando escapar de su interior una hoja de nenúfar, que suavemente, alcanzaba la acera o se posaba en los sombreros de los rabinos o en los zapatos de los tenderos turcos, encima de las lámparas, en los charcos, en las tazas de té y en los columpios y en las estaciones de metro, cubriendo de nieve Manhattan, en pleno agosto, para el disfrute de los negros del Harlem y las vacas y los jóvenes con corbata de Wall Street y las comadronas polacas y los chinos del soho y los caimanes, más al este.


19 de agosto de 2013

77


Hoy he visto otra estrella fugaz. Muy gorda. Muy cerca. Y me he quedado así, pensando, “quiero...quiero...quiero”. Y no he sabido qué pedir. Era tan gorda que pude ver las llamas de la cola, y durante dos segundos, pensé que el mundo iba a acabarse.
Me quedé un momento mirando el cielo. Y después, antes de cogerte de la mano, pensé: “Ya sabes lo que quiero”.

Porque sé lo que quiero. Lo que pasa es que la lista era tan larga que me dije, no me va a dar tiempo-en sólo dos segundos-, en sólo dos segundos, desaparecerá.
Un día te lo cuento-que se acaben las guerras; que se acaben los dioses; los gritos; los políticos; que se acabe el silencio de los muertos, que hablen; que se acabe prohibir; que se acaben las colas; que la gente se abrace por la calle; que se acaben; el hambre; la miseria; la prepotencia; que los niños se rían;que se acabe el llegar a las manos, el lanzar una piedra, el amargo que deja la distancia. La distancia. La distancia.
Que se acabe el hombre.
Si fuera necesario.
Y te quiero a ti.
Y que nunca te acabes. Y que me llenes. Y que me vacíes. Y que te inventes estrategias para amarme un día más hasta que nunca se me acabe. Hasta que acabe nuestro siempre.
Pondré en el giradiscos una canción bonita, encenderemos una vela y abriremos las ventanas para que el viento cruce como Pedro por su casa los pasillos, y te digo.

Escuché grillos anoche cantando entre la hierba. Los grillos son tan importantes como las personas. Aunque en realidad las personas no son más importantes que un grillo. Tal vez ni siquiera un grillo sea importante. Tal vez nada sea tan importante.

Pero lo cierto es que te acercas y se me pone dura.
Me acaricias y se me pone dura.
Me besas y se me pone dura.
Y todo eso, tan duro, es amor. Todo amor. Tan duro.
Por eso no me llega la sangre a la cabeza, y digo tantas tonterías.


17 de agosto de 2013

¿De todas las vidas que he vivido, cuál era la mía?


Escribí los ocho poemas malditos entre los años noventa y muchos y el nuevo milenio. Uno de ellos-exactamente el último- terminaba diciendo, “Moriré solo. Sé que moriré solo”. Se los regalé a un profesor de lengua inglesa, muy maricón, al que había conocido en la punta de la bota italiana y con el que había quedado aquella noche para cerrar un par de bares, a eso de las seis de la mañana: “Tal vez no volvamos a vernos. Me alegro de haberte conocido”. Los guardó en la guantera del coche.
Uno tras otro-los que hablaban del mar-, con el paso de todos estos años-los que sangraban nombres de flor recién cortada-, se han hecho realidad.

Pero he estado aquí.
Me he subido a una noria.
He probado el pecado. Y el chocolate blanco. Y una vez, tu boca.


11 de agosto de 2013

Los siete se enganchan a la carne como anzuelos


“Si le vuelves a poner la mano encima, te mataré.”
Así fue como murió mi padre.
Definitivamente.

Pero mi padre era otras cosas.
Era los reyes magos.
El autobús a la playa los domingos de verano.
La bicicleta roja.
Las naranjas, los helados, la feria.
Era las manos que me alzaron al caballo,
por primera vez,
de un tiovivo.

Y le echo de menos.


9 de agosto de 2013

¿O sólo lo parece?


Llegó un día en el que no se pudo contar los muertos con los dedos de la mano.
Y llegó el día que dejamos de contar, y simplemente, buscamos en el cielo una respuesta.
Pero esta noche miro los tejados y no veo a nadie contando estrellas. Tampoco hay estrellas. Sólo un humo negro que huele a carne quemada y a ladrillos. De hecho, en la mayoría de las casas ya ni siquiera hay tejados, y en la mayoría de las calles, ni siquiera casas. Al menos, en pie.
En aquella vivían los Dupré. Ella era rubia. Y aunque seguramente también sería otras cosas, a su marido lo que más le gustaba era hacer caracoles en su pelo con los dedos y llamarla con nombres de animales cuando echaba la llave de la alcoba. Tenían un perro. A veces le escucho ladrar. Era un perro listo, al que el pequeño Maurice había enseñado a encender y apagar las luces de cualquier habitación con la patita. Maurice quería ser domador de tigres. Y cirujano. Y fontanero, como Mario Bros, y vivir mil aventuras.


7 de agosto de 2013

Puede, tal vez, quizás; pero seguro que sí


No quiero que me digas: “¿Qué coño haces parado delante del frigorífico tanto tiempo?”, quiero, que me digas: “Cariño...cuando termines de hablar con los Inuits cierra la puerta”.
¿No ves que soy un niño?
A veces me da la impresión de que cuando discutimos algo en realidad sólo estás esperando a que yo acabe de hablar para inmediatamente a continuación y con total claridad, abrir tu boca-oráculo y cagarte en todo lo que he dicho con una sola frase: “Perrito bueno...”. O algo así. El caso es que te doy la patita, y termino dormido en tu falda, moviendo el rabo.
Pero los Inuits de la nevera existen. Te lo he dicho mil veces. ¿Por qué nunca me crees?

Y quiero-oye cariño, ¿te importa lo que quiero?-, quiero que tus manos no me falten nunca. ¿Te lo había dicho? Sí. Te lo había dicho. ¿Por que nunca me escuchas?
Que estén ahí, donde yo pueda verlas. Cerca.
Donde pueda aferrarme como a un clavo cuando empiecen a temblarme las piernas, un día. Si viene el miedo. No sé, al lo que sea, hay, tantas cosas en el mundo que dan miedo...pero en tus manos no. En tus manos se escuchan las ballenas cantar a lo lejos.

Un amor grande. Que pare los relojes. Que huela a como olía al sol la ropa blanca de mi abuela mecida por el viento. Que no venga en los mapas. Grande, como esa estúpida sonrisa que tienes ahora mismo, justo antes de lanzarme como un tigre de Bengala sobre ti.




5 de agosto de 2013

Umami


La primera palabra que me dijo, fue ¡clin!
-la noche caía sobre mí como un montón de mierda-.
La segunda “te quiero...”.
La tercera fue un tiro en el pecho: “...y vas a morir entre mis brazos”.

Por supuesto saqué la artillería pesada.
Me dije tosco, descabellado, casi un psicópata.
¿Y sabéis que contestó?
“Te recojo a las cuatro”
-que son las cinco-.

Cada noche me entierra entre sus tetas.
A salvo de las luces de los coches, los tigres y las lenguas, de lava ardiendo.
Y la amo por su temperatura.
Porque siempre tiene hambre.
Porque va a regalarme una gorra con mi nombre.
Mi verdadero nombre.
Por lo que come.
Y porque escupe mis huesos en el plato.


4 de agosto de 2013

Matemáticas puras


Follar contigo es como estar flotando en un charquito,
mientras las hojas caen de los árboles:
“ -Mi hombre...
-Mi perra...”.
No hay nada oscuro, si no praderas y manadas de búfalos,
no hay,
rincones en nosotros.

Y yo llenando tu vientre de relámpagos.
Y tú vaciando de vida mis pulmones.
Y morir sobre sábanas azules.
Boca arriba.
Despellejados.

Y después tu risa.
Tan ancha.
Tan cierta.
Porque has visto tejer en el techo a una arañita,
con h intercalada la palabra amor.