28 de octubre de 2013

Cómete la arena de la playa y di te amo


A la Maricarmen le gustaba el Pina porque el Pina tenía un taller de motos y fumaba tabaco Marlboro, y porque aunque todavía tenía tan sólo quince años, podía entrar con él a todas las discotecas del barrio. Y porque el Pina le ponía el coño a noventa farenhait detrás de la tapia del colegio de las niñas
La Maricarmen salía con cualquiera de casa diciéndole a su madre que a las once, y volvía puesta de blanca al día siguiente y con los ojos como platos de cerámica. Y así todos los días hasta que conoció a uno de La Mora con la cara cortada que se llamaba Rafael y había estado en la cárcel por lo menos cuatro veces y siempre por lo mismo, la primera por cortarle de cuajo con una navaja una oreja a un sargento de la guardia civil, y las siguientes, por lo mismo, pero a bocados. La Maricarmen, nada más verlo, se bebió los vientos por él de un sólo trago, y desde esa misma esquina, lo siguió a todas las partes y a cualquier lugar del mundo, incluida la Vega, una escombrera en mitad de no se sabe, donde iban a meterse caballo los jinetes del amanecer.
La metió a puta un agosto del ochenta en la plaza Gardel, y a los tres años y medio, de los ojos bonitos de La Maricarmen, quedaron, de casualidad, si acaso dos pozos, con algo de agua, y una luz flotando. La preñó cuatro veces. Le gritó cada día. Casi la vende. Y así y todo, no se vió un día a Rafael sin Maricarmen colgada del brazo con diez dientes menos diciéndole al oído palabras bonitas de amor.
Murió de noche en una acequia a las afueras, bocabajo, entre ortigas y juncos y retamas, desabrochada y sin cartera.
Sobre el barro.

25 de octubre de 2013

Con lo golfo que yo era


La tía estaba sentada en un taburete junto a él, que no dejaba de hablar por el móvil desde que habían entrado al bar. Ella intentó cogerle de la mano en varias ocasiones sin ningún resultado, de hecho, en su última incursión apenas si había recibido de su marido un “querida por favor...”
¿No ves que estoy hablando?
Estaba buenísima. Una auténtica señora. Cruzaba las piernas a lo Garbo y tenía una pequeña cicatriz en el labio inferior que estaba diciendo cómeme.
El tipo hizo de pronto así con la mano como para que bajaran la música, pero optó por salir a la calle y dejar sola a aquella gacela en mitad de la sabana. Yo era un guepardo por entonces, y aunque no había dormido pero nada porque la había pasado de parranda con la rusa, un titiritero de la calle Larios y un travesti del que se había enamorado aquella noche, todavía tenía hambre.

Me acerqué a ella por detrás y le susurré como una serpiente al oído que si venía detrás mía a los lavabos le iba a comer el coño un cuarto de hora de reloj. Podría haber colgado una toalla mojada en sus pezones.

A los cinco minutos me estaba corriendo en su cara, y a los diez, salía bajo la lluvia camino a cualquier pensión donde no hicieran demasiadas preguntas.

Tras el cristal


Los días de lluvia en Ukabuca a las gardenias les crecen los te amos como en las canciones de Machín.


Los días de lluvia en Ukabuca...


...el césped se llena de tréboles...


...y salen caracoles en la palma de la mano...


...raíces en las botellas de cristal...


...y unos extraños artefactos, parecidos a antenas, seguramente para comunicar con otras formas de vida.





23 de octubre de 2013

Un leopardo en la cocina


Hoy me ha preguntado que por qué la quiero.
He hecho una lista.

Lee, le he dicho, hija de puta.

Cosa número ciento treinta y siete: aunque te caigas a trozos,
siempre estás sonriendo.
Yo creo que te vas a morir sonriendo.

Cosa número Pi: tus manos.
Con todos sus deditos.
Qué sólo estoy sin tus manos, que frío sin tus manos.
Que miedo.

Cosa mil seiscientos dieciocho: tus tetas. Las dos.
Y una cucharita.

Cosa diecinueve: me encanta darte puñaladas traperas.
Bocados en el cuello que te duren un mes.
Hacerte cosquillas en la barriga hasta que casi te meas encima.
Echarte sal en el café.
Quitarte dinero del bolso.
Darte por el culo con que quiero un pato.
Porque quiero un pato.
Que haga cuack cuack.
Y a veces te cogería en brazos y te daría vueltas y vueltas hasta que
perdieras el conocimiento, pero,
estás muy gorda.

Es que tenía decimales.

Cosa treinta: porque estoy seguro de que al final,
me vas a dejar tener un pato.
Porque me quieres mucho.
Eso dices.
Todas las noches.
Luego te das la vuelta y te olvidas de mí.

Cosa en números romanos: XXX.
Con la luz encendida.
Con un fuego en las bragas.
Sin conservantes,
sin pedirme que pare,
hasta que no revientes como una granada.

La lista es muy larga.
Usé papel del váter.
Dos rollos.
Seguro que esta noche, me la chupa.

21 de octubre de 2013

Rotos



El último huerfanito. Es un koala. Tiene un brazo roto.  Los koalas viven de abrazar.Tendrá que aprender a abrazar con un sólo brazo.


  Cuando esté seguro de sí mismo irá al orfanato, junto a los otros.



17 de octubre de 2013

Todo es malva


Imagino tu preciosa piel ardiendo.
Derritiéndose como una vela.
Imagino tus pestañas. Incandescentes.
Imagino tus huesos crujiendo.
El calor.
Las cenizas, el viento...
El olor a cajones vacíos.
Un sólo plato.
Tic tac.
Tic tac.
La cama rota. Por la mitad.
La vida en blanco y negro.
El frío.
Y todo esperando a que yo de el primer paso.
Sin ti.

Imagino la corriente eléctrica,
atravesando tus costillas.
El olor.
Las moscas.
Imagino ciento de bacterias devorándote,
un coche de frente,
un aerolito que cae del espacio,
que te atragantas con una aceituna que, ay ay ay,
que te caes de un quinto.

Que ya no estás.

Por eso te he besado, dices tú, como si fuera esta noche la última vez.

14 de octubre de 2013

Los


Mis toallas son las azules. Las de ella color beige y huelen a lunares y a nardos y a hembra adulta en perfecto estado de salud. Las de satélite huelen a lápices de cera y plastilina y siempre andan tiradas por el suelo, que es donde las toallas rosas son realmente felices. Mis toallas son las azules y huelen al plomo, de muchas balas.
A veces me acerco a ella y le digo “vengo a quererte” y se deja besar en la mejilla con mis besos pequeños de amor grande, despacitos, besos que nunca le he dado a nadie y son sólo para ella, besos como almohaditas para irse a dormir, besos en la frente, en los ojos cerrados, en la nuca y la parte del cuello que anuncia la espalda, besos de soslayo, como el sol de los patios a las siete de la tarde, tibios, y por cada beso, le sale una ramita en los tobillos, una flor en el pelo, un mar en la mirada, y en cada uno, le digo gracias, por toda esta luz.
A su lado se crece tan deprisa que todo me queda pequeño. Hoy me la he encontrado de pronto en el pasillo con su traje de mantis religiosa y la cara del revés y me he dicho, coño, te va a destrozar el corazón. No me ha dado tiempo de buscar una trinchera: “No quiero ni verte”. Porque me he cargado sin querer un cuadro que estaba pintando. Con sirenas. Y un faro. Y nubes claro. Si llega a ser queriendo, me hubiera buscado por toda la casa subida a un cuatro por cuatro con dos cuernos de vaca en el capó y una escopeta recortada debajo del asiento. Creí que estaba seco. Quise tocar la playa con el dedo porque era, tan bonita y, me traje un montón de espuma en la punta, como si fuera la crema de un pastel, con guindas y todo.
Me he quedado tan triste y tan solito en el pasillo que casi me he meado encima del miedo que me ha dado que la Coliflor deje de quererme alguna vez. Nunca hablamos de la eternidad ni cosas como esas, pero nos buscamos los pies por la noche en la cama debajo de las sábanas, y si no están, desaparece el color de las paredes y los ríos se secan y los perros no dejan de ladrar y la ventana se llena de buitres y los cajones de hojas secas y parece que un iceberg ha chocado con la casa y la ha partido por la mitad.
Tan triste y solito. Yo, que he cruzado océanos por menos, que he cabalgado a por diablos más allá de donde dicen que el mundo se acaba y los he matado con mis propias manos, que me he bebido el mar y después lo he vomitado en algún lugar de Alaska no sé, o Pensilvania, yo, que tenía un sombrero con marcas de navaja y todos mis pecados tatuados en la espalda, yo, que era sólo yo y siempre yo y después yo, yo, que fui un Atlas y un borracho, un bucanero, un sicario del vodka con dos hielos yo, que he sido la tormenta, el caos, la destrucción...me he puesto a hacer tabaco en el garaje y a escuchar como el viento entre las hojas de los árboles, pinta la puta tarde de malva.
Me ha traído café. Caliente. Y hemos estado meciéndonos un rato sobre una baldosa.
Podría ahogarla en un bidón de aceite hirviendo en este mismo momento. Boca abajo.
Tal vez ella podría clavarme unas tijeras en la garganta.
Nos abrazamos. Mucho rato.
En el silencio.
Porque sobran las palabras.


13 de octubre de 2013

217


Pues no, no somos uno, somos dos: yo, y ella o sus treinta y siete mil novecientos cincuenta y cuatro coma siete millones de defectos. Al día de hoy. Contados. En vigor. Eso en versión original, en su boca, subtitulado, sonaría más o menos parecido a “¿A que me dejas que vea mi serie favorita?”.
Su serie favorita es una mierda. Todos los jueves me la trago. Va de una familia de hacendados que bla bla y por eso a Jacinta le van a quitar los niños, por borracha y claro, bla bla bla, y la amiga de la prima de la hermana del jardinero, se ve con Amancio, que es el abogado de la casa y entoces bla bla y bla y total, que me sé hasta el color de las bragas de la tía Nunciaesperanzagalileasomozaydosaguas.

Los jueves hay fútbol. Me encanta el fútbol. Los jueves a la misma hora que yo me estoy deshilachando en el sofá mi equipo está marcando goles y yo viendo “María Luisa, la condesa de Amaranta”.

Que somos uno dice y ocupa hasta el último centímetro de cama en no se sabe qué, el caso, es arrinconarme como a una rata a punto de caer al vacío interestelar y partirme los dientes contra el suelo. No veas como empuja. Qué ansia. Que somos uno y me tiene preparada una lista de cosas que hacer de aquí a que me muera: arreglar el grifo del lavabo, que gotea; soldar la pata del somier, que se rompió follando el otro día; manipular peligrosamente los cables de un enchufe con muy mala pinta; remover el cielo y la tierra hasta que aparezca Lola, pobrecita-Lola es su tortuga-, que lleva tres semanas por ahí, solita, comiendo mosquitos, con lo que a ella le gusta la lechuga; clavar esto; mover lo otro. No, aquí no me gusta. Moverlo otra vez. Pintar el pasillo. Podar el manzano. No me gusta este color. Volver a pintar el pasillo.

Que somos uno y chupa con la lengua la tapadera del último yogur que hay en la nevera y luego dice, huy, se ha terminado y yo, mirando.

8 de octubre de 2013

Espero que sepas donde tengo el corazón, porque si fallas, te sacaré los ojos con una cuchara


¿Ves este chicle?
¿Te gustaría que,
me lo metiera en la boca y empezara a masticarlo mientras
te miro fijamente a los ojos?
¿Te imaginas que de pronto me convierto en Betty Boop?
¿Te gustaría?
¿O prefieres que te pase un cubito de hielo por la espalda?
¿Que me ponga los tacones y las bragas? Sólo.
¿Podrías resistirlo?


Pues te vas a comer una mierda.

4 de octubre de 2013

Hazte unas largos


O sentarme en los peldaños de la escalera de la casa vieja y oler las matas de romero y de salvia y el amor de las moscas a las tres de la tarde en la sombra de la tapia preñada, desde hacía más de no sé cuántos años dicen las viejas, de hiedra y lagartijas quietas como broches y brillantes y tan esbeltas como agujas de pino. En el quinto escalón, y en el tercero, me dejo acariciar los pies desnudos por el musgo con la barbilla apoyada en las rodillas y los ojos de un pez globo muy lejos, donde tú, desapareciste tras aquella curva.
A acordarme de cuánto precipicio, a oscuras contigo de la mano, ¿te acuerdas, de la vez trescientos veintiuno? Te quería cientos, muchos, casi mil, y nos paramos de pronto frente a un tren que venía de Tenesse a ver quién se apartaba antes de morir destrozados como un kilo de carne de ternera picada entre las vías. Estuviste magnífica. Perdiste un dedo. Tenías los huevos de un toro, amor, en el centro del ruedo.
A hacer trenzas de nea para un cesto donde poner las piedras aquellas que traiste del rio un jueves por la tarde, un jueves. Llegaste sin zapatos y con viento en el pelo a la verja del patio oliendo a lirio recién decapitado y diciendo que en cada una de ellas, había un trozo de nosotros. Después me clavaste al quicio de la puerta con clavos ardiendo y de dentro de tu boca, muy hambrienta, salió una lombriz que se anudó a mi boca como punto de cruz y entonces me guardaste una enorme roca en el bolsillo para que nunca me olvidara de como pesa sin ti un grano de trigo, una maceta, un domingo.


No me acostumbro. Han pasado mil años y ya no me acostumbro.


2 de octubre de 2013

The cacao


Yo quería una casa blanca, con ventanas cuajadas de geranios que miraran al mar con sus ojitos claros, y por dentro, cada sombra en su sitio a la luz de las velas. Rosas perfectas y redondas y un mantel de cuadritos vedeoscuros y blancos, sillas de esparto y muchos utensilios de cocina balanceándose como los niños en los columpios, al viento de la puerta de atrás en la cocina, quería, un estante de libros. En orden alfabético. Quería un reloj para ver caer la tarde. Quería el silencio, y un té verde.

Pero.

Mi casa es un desastre.
Las raíces de la higuera salen por debajo de los muebles inclinándolos hasta que toda el agua de las botellas con barco cae al suelo y las velitas encendidas de encima de la chimenea se van hasta el patio flotando como en un funeral chino.
No hay techo. Podemos sentarnos a ver como pasan las nubes en cualquier sitio. A contar estrellas. A dibujar con la punta del dedo corazones en el humo.
Una vez me compre una camisa. Nunca he vuelto a verla. Tenía flores. Naranjas. Me gustaba. Era mía y nunca he vuelto a verla.
Otras veces me afeito con el cuchillo del pan, y otras, salgo a la lluvia sin espada. Si encuentras un paraguas entre una montaña de lápices de colores y osos de peluches y muñecos sin cabeza y soldaditos de plomos y sirenas y unicornios y pizza congelada y zapatos de verano y bicicletas y unas tres mil quinientas cajas de mejor no saber qué, el instituto nacional de meteorología se compromete a título póstumo a erigir un monumento en tu honor de mármol veneciano en el centro de la plaza.
En cambio puedes encontrar en cualquier sitio pinzas de la ropa o bombillas fundidas. Por ejemplo en el congelador. O el calcetín que te falta colgando de la lámpara. O en el cajón de las bragas, una salamandra de plástico o un billete de avión para Las Vegas, ciudad del pecado. De hecho podría cruzarse caminando desde el recibidor a la cochera sin pisar el suelo para nada, sólo caminando encima de una tonelada de cosas y cosas, que ya no caben en las cajas de meter cosas que mejor no saber para qué.
Tampoco sirve preguntar:
“-¿Has visto el mando de la tele?
-En el 83, una vez”.

Uno de mis trucos es tirar de un hilo que le he puesto a las llaves. Tiras y tiras hasta que aparecen, tintineando, ellas. Claro que en ocasiones en vez de las llaves, al final del hilo hay atado un pez naranja, o un eucalipto, o el Sol. Y no ha sido nadie. Porque nunca es nadie. Como cuando la nevera apareció boca abajo tumbada en el suelo y nadie le había arrancado el motor para ponérselo a una cometa de colores con una cola larga de lacitos de trapo, y echarla a volar.

Otro truco- este es bueno-, es quedarse quieto como una maceta y esperar a que aparezcan las cosas que buscas porque sí. Una vez estuve seis días así. Y al final apareció ante mí, de repente, la tortuga Lola con una ramita de olivo en la boca. También llevo encima siempre encima una mochila con los útiles necesarios para sobrevivir: tabaco; mechero; teléfono y algunos centavos para tomar café en la calle si a la Coliflor, se le ocurre ordenar los roperos, y de pronto se me queda mirando.