30 de diciembre de 2014

El aroma de los Palisandros


-Laramie...

-¿Sí?

-Una estrella que se mueve. Allí.

-Es un avión cariño. Muy alto. Muy muy alto. Por eso...

-Hay amor debajo de las piedras Laramie, ¿lo sabías?

...parece una estrella. Debe volar a unos diez mil pies. Más o menos.

-Bebé sí me entiende.

-Bebé sólo mide once centímetros. Ahí dentro parece seguro más un pez que una persona.

-Laramie...

-¿Sí?

-He pedido un deseo...

-Es un avión Sally.

-Pero no puedo decírtelo. No se cumpliría. Y además, no lo en tenderías. ¿Verdad bebé? No tiene parte derecha del cerebro.

-Te leo a Neruda.

-Porque sabes que me puede. Que me dejo. Que me haces lo que quieres.

-Vale Sally. Es una puta estrella. Y ahora cerraré los ojos y pediré un puto deseo. Ya. Pero aunque no puedo decírtelo te puedo dar una pista: Vete a la mierda.

-Eres un salvaje. Es un salvaje bebé. Deberías haberle visto el día que le arrancó una oreja de un mordisco a Larry Gallaguer en el baile de fin de curso sólo porque me invitó a un helado. Intentó besarme. Eso es verdad. Y de repente se le subió encima como una garrapata y le dijo a Larry que Sally Brubaker era su novia, y yo, que no me enteraba de nada, le pregunté que desde cuando, y él, con la oreja de Larry todavía en la boca, me escupió a la cara un desde ahora, y súbete el tirante del vestido, llegamos tarde. Y sin que me diera ni tiempo a contestarle, me robó el corazón, sin miramientos, como quien corta una flor, y baila un tango con ella entre los dientes.




20 de diciembre de 2014

Si crees, existe


Queridos reyes magos:
No sé si he sido bueno; pero he plantado un árbol,
he sonreído a los transeúntes,
saludado al vecino-al del quinto. Un hijoputa-,
y apenas si he mentido
(Si las hadas existen, si existen los centauros), además,
nadie me ha visto dejar un dólar debajo de la almohada.
Ni coger aquel diente,
Ni salir de puntillas de la habitación.

He sido bueno coño...

Ahora cumplid vuestra parte del contrato:
quiero morirme antes que ella.
Que me despida desde el puerto con un pañuelo blanco.
Que suene una sirena. De barco y que el viento me susurre,
al final,
lo has hecho bien”.
Y dejar una estela en el mar.



8 de diciembre de 2014

Algunas de las cosas que me gustaría hacer antes de ya sabes cuándo


Me gustaría saltar desde un acantilado.
Abrir las alas.
Volar.
Me gustaría ser un árbol.
Uno con pájaro y manzanas.
Y escuchar cómo dicen,
bajo mi sombra,
te quiero la primera vez con quince años.

Me gustaría abrazar a mi padre.
Sin palabras.
Sin idiomas distintos.
Mi padre y yo y un paquete de tabaco.

Me gustaría dirigir la Filarmónica de Viena.
Gustav Mahler, Lizt, Tchaikovsky.
AC/DC.
Les Luthiers.

Me gustaría follarme a Lara Croft.
Que me apuntara a la polla con una pistola
y me mordiera la oreja y me clavara,
las uñas por la espalda.

Me gustaría hacer feliz a mucha gente.
Con sólo una sonrisa. Una sonrisa blanca
como un acorde de guitarra.

Me gustaría tropezar otra vez con esa piedra.
Haber estudiado matemáticas.
Saber dónde estaban en el mapa, Berlín,
Nigeria, Dinamarca.

Me gustaría no haber visto tantas lágrimas.

No haber roto tantos platos.

Me gustaría ser,

Un apache.


1 de diciembre de 2014

Dispara de una puta vez, no tengo todo el tiempo


Una vez me enamoré de una estatua.
Era preciosa y yo estaba borracho. Le juré amor eterno.
Pero era fría como el mármol y mis lágrimas
le importaban una mierda.
No funcionó, claro.

Otra, de una sirena escandinava.
Casi me ahogo.

De una yegua torda, de una vaca, la condesa descalza, aquel colibrí...
De un Hada. Con alas.
Se fue volando a Barcelona. En primera. Sin decir adiós.

Me pregunto qué fue de la Osa Mayor.
La llamaba peluche.
No le gustaba.

O de aquella tormenta donde conocía a Afrodita.
Qué tía. Casi me mata. Todos los días eran sábados.

En triciclo, en cometa, en patinete, en unicornio, en una nube. A pie.
Y no llegaba a ningún sitio.
Así que me senté como Penélope a esperar en un banquito del andén.
Hice bufandas de lana. Crucigramas y sudokus. Aprendí coreano.

Pero nunca bajaste de aquel tren.

Y un día, sin querer, tropecé en la cola del supermercado.
Contigo.
Todos los yogures por el suelo. Los huevos al carajo.
Como si alguien hubiera vomitado.
Un desastre.

Y ahora estoy aquí.
Esperando a que termines de lavarte los dientes.
En casa.


Ilustración de Ana Igsan

29 de noviembre de 2014

The life, y un aguacate


Bucear en los charcos y encontrar bicicletas, chapas de botella,
trasatlánticos.
Dejar que nos trepen por la espalda, al sol como paredes, las lagartijas.

Hay huevos hirviendo en la cocina.
Se mueven como si tuvieran algo dentro.
Como si fuera a salir un pollito, de pronto, de cada uno piando.

Bajar las escaleras por la barandilla.
Meter en el microondas la cubertería.
Aprender a morir cualquier día.

Reírnos.

Meterte la lengua en la oreja hasta lamer tu cerebro,
y sobre tu vientre un paso cebra y mis deditos
cruzando el Abbey Road
con las manos metidas en los bolsillos.

La casa está llena de cosas pequeñas.

Otra, metí los dedos en un enchufe y me gustó.
A veces lloro y también me gusta.

(tienes algo en la boca)

No sé,
si te voy a querer toda la vida. Me encantaría, Mientras tanto podemos,
se me ocurre,
                                                                                         llenarnos
                                                                                         la
                                                                                         cabeza
                                                                                         de
                                                                                         pájaros.



25 de noviembre de 2014

The wonderful world of insects


De los labios solía colgarle un cigarro perenne como la hoja de un naranjo y hecho a mano con un tabaco de contrabando que traían los criollos de aún más al sur, al que de vez en cuando la misma gravedad que parecía existir tras aquellas gafas de cristales oscuros ocultando sus ojos seguramente azules como un secreto a voces, la ley de Newton hacía una considerable merma y de un tajo invisible y certero dejaba caer como una nieve muerta las cenizas sobre las teclas marfiles de un piano antaño lacado en burdeos y manchado de culos de vaso de bourbon y vicetiples que se habían sentado una y otra vez encima con las piernas cruzadas a cantar medio borrachas para un público al que sólo le importaba olvidar delante de la última copa, cualquier canción siempre que fuera triste y terminara pronto, como una bala en la nuca.
La cicatriz- una de tantas- que le cruzaba la ceja derecha le ocurrió con los filos de una botella de champaña barata el mismo día en que Marcie apareció por las puertas del bar colgando del brazo de Nico Mataperros como unos esquíes y envuelta toda ella en una larga y rubia cabellera que brillaba como una mañana de verano entre el humo y el sudor de los estibadores del puerto y algún que otro viajante de enciclopedias que había tropezado en el Burning de milagro buscando un coño que no se pareciera en absoluto al de su esposa, camino del estado de Louisiana, tal vez. Se sentaron en la siete a beberse aquella noche, y a los cinco minutos, Marcie se acercó a pedirle una canción.

-No toco para putas”

A Eddie le habían roto el corazón tantas veces que los médicos ya no le encontraban el pulso cuando aparecía por el hospital con la cara rota y cada vez con más frecuencia o un cuchillo de carnicero clavado en la rodillas( una irlandesa que lo había partido en dos de un sólo chas porque estuvo embarazada tres meses hasta que una tarde apareció diciendo que venía de una clínica, plana como el horizonte de las salinas y sin niño dentro porque a su lado, no se divisaba el más mínimo futuro-. O una montaña de mujeres que arroparon a Eddie como a un gatito sin que él hiciera otra cosa por las noches que sacar las uñas recordándoles que sólo estaba entre sus sábanas porque era navidad, o porque fuera estaba diluviando y la ciudad, estaba llena de fantasmas con paraguas que no iban a ningún sitio. Que a su lado, todo fracasaba, tarde o temprano, para qué.

Nino casi lo mató de una paliza mientras Marcie disfrutó del espectáculo saboreando cada burbujita de su copa justo en la punta de la lengua sin perderse ni uno de las bonitas flores que cada una de las gotas de sangre que aquel chico de manos delicadas y piel de pájaro dibujaba en la pared, pasillo abajo, camino de la puerta trasera del local hasta el callejón donde se derrumbó entre los bidones de basura con el rabo entre las piernas como un perro mojado. El dueño del Burnnig le había advertido que si seguía queriendo que alguien le clavara en el centro del pecho una navaja, se buscara otro sitio donde llorar todo aquel soul que le salía de los dedos como un látigo.

Al día siguiente Marcie volvió a sentar su perfecto trasero en la siete. Venía con un polaco. Venía a por más. Venía a por un blues. No fue lo que dijo, fue cómo:

“-Vendré todos los días. No sé cuánta sangre te queda en el cuerpo; pero a partir de ahora es toda mía”.

Fueron sus ojos. Todo aquel agua.

Aquella misma noche Eddie tocó todas sus miserias para ella como si no hubiera nadie más en el local, y cuando el polaco se marchó harto de que aquella impresionante venus de destellos dorados lo ignorara como a una mosca y se quedaron los dos solos al arrullo de las copas vacías sobre el mostrador, Marcie se acercó a él y le dijo que estaban poniendo otra vez Casablanca en el Royal, tomaron un taxi en la avenida y para cuando Sam volvió a tocarla otra vez, se le montó a la grupa en la última butaca del cine y se lo metió tan adentro que casi se muere de un suspiro tan hondo que pudo escucharse al otro lado del mar, flotando como un tapón de corcho...






23 de noviembre de 2014

Julio


Te llamaré hogar y colgaré macetas con geranio en tus pestañas
y en tu ombligo haré un estanque para los patos o
desayunaremos sobras de pescado y cerveza
y seremos felices sólo con dos francos si tú quieres, pero amor,
vete a tu puto lado de la cama, hace
casi cuarenta grados
y son las dos de la mañana.





18 de noviembre de 2014

赤い糸


Hay algo de la mar en cada rizo
que el viento balbucea entre los árboles. Cierto oleaje,
o una canción que meciera como al mástil de un velero cada hojita,
y los días de sol,
derramara por el suelo la constelacion de Acuarius.
Algo de ballena en estas nubes, de osito de peluche, de jirafa.
Hay algo alguna vez en cada hombre parecido a la sonrisa de un delfín.

Mirar el pajarito, decir patata, ser feliz.

Meterse un violoncello entre las piernas.
Hacer origamis con abril. Aviones. Barcos.

Si aún hay algo que merezca la pena, es el horizonte.



13 de noviembre de 2014

équilatéral


En noches como esta-tan largas...-Hipólito no acierta a remediar ni lo pretende arrodillarse a uno cualquiera de los dos lados de la cama y hurgar entre las sombras como un oso hormiguero con todos los dedos de la mano abiertos como anzuelos la caja de zapatos donde un día, puso a salvo sus mejores recuerdos.

En noches como esta-tan oscuras-, Hipólito apoya sobre un quicio las muletas, se sienta en la cocina delante de un té recién hecho y con las gafas del cerca clavadas en el entrecejo levanta la tapa de cartón con la delicadeza de una gueisha, la posa como a un pájaro a su izquierda, bajo la flama de una vela de esas que huelen a vainilla y bailan minué por las paredes al compás de los tic tac del corazón, y como de una chistera, va sacando de una en una postales de Ginebra, Budapest, Sevastopol o Praga. De cuando el tren aquel con una larga cola de vagones como velos de novia cargados de elefantes, jirafas, leones, y tigres de Bengala. Bailarinas siamesas; payasos, forzudos; caballos españoles. De cuando media Europa se rendía a sus pies: “¡... en la pista número cuatrrrrrro, desde Polonia, a una altura de... y sin red...!”
El ángel de Cracovia. Triple salto mortal de los delfines. El mejor trapecista del mundo.

En noches como esta tan amargas.

Algunas de las fotos llevan besos, como un matasellos, estampados en una esquinita. Ya no huelen a carmín; pero si escuchas, te acuerdas del nombre de la chica y de cómo le brillaban los ojos y los dientes tan blancos y aquella sonrisa delante de la cámara. Algunas le pedían una firma en el cuello de sus camisas y otras en tu casa o en la mía. Pero él nunca aceptaba. Ya tenía lo que quería.
Hay una donde está con Joe DiMaggio. Cincuenta y seis juegos consecutivos. Ciento treinta y dos carreras anotadas. Veintinueve homeruns en la primera temporada. Con los Yankees claro. De New York.
En otra sostiene a Litle Coco sobre los hombros. Coco medía medio metro poco más, y era petirrojo. El enano más feo que había visto en su vida. Actuaba entre número y número dando volteretas y haciendo malabares con huevos de verdad, y si hacía falta, metía la cabeza entre las fauces de los grandes cocodrilos, o salía disparado de un cañón. Pero lo que más le gustaba, era saltar del trampolín y caer dentro de un vaso de agua. Coco estaba liado o algo con Corina. Le vio salir del vagón de la funambulista un par de veces, bregando con la cremallera y con cara de haber estado por lo menos, en el cielo con Corina.
Hay recortes de periódico donde está volando. Suspendido en el aire como un crucifijo a veinticinco metros sobre el suelo. Donde su vida dependía de Fred. De las manos de Fred. De los reflejos de Fred. Al otro lado. Colgando como una araña boca abajo.
Los chicos de la orquesta lo habían advertido: “Se miran demasiado. Desde demasiado cerca. Cuando no estás.”
Dos hombres.
La misma mujer.

Solían pasear después de la actuación por la feria de la mano los tres juntos. A Muriel le encantaban aquellos cucuruchos con cereza sobre una enorme montaña de nata y disparar a los patos de plástico con una escopeta con balas de corcho. Era muy buena. Actuaba en maillots y tiraba cuchillos de acero templado a una manzana roja que su hermana se ponía en la cabeza hasta que la partía justo en dos por la mitad y caía al suelo haciendo clok y clok y el público, se levantaba de su asiento y aplaudía sin parar.

Se reían. Se reían mucho. Se reían los tres de todo todo el tiempo y brillaban como faros en aquel universo de luces de colores y ruido, como estrellas fugaces de atracción en atracción hasta que se quedaban apenas sin dinero para un croissant con mantequilla en cualquier cafetería que estuviera abierta de las cinco en adelante de la madrugada. Eran perfectos. Hasta que un día Hipólito le dijo a Fred que Muriel estaba embarazada. El mismo día que Fred le dijo a Hipólito que ya lo sabía. Aquel día se miraron con hambre y dejaron que un silencio pesado como bolas de billar hiciera el resto, y al día siguiente, ya no eran los mismos.


9 de noviembre de 2014

Hodgkin, amigo mío


No nací en el Parnaso, joder, no soy,
un héroe.
Y se ha muerto el canario. Su puta madre. Estaba tieso sobre el palo.
Son tantas cosas. Poner la lavadora ir al mercado cocinar. Llorar.
Llorar cuando no estás. Cuando te vas. No sabes dónde.
Desde a tu lado parece que te pierdes. Es la morfina, mi amor. Comiéndose tus sienes. 

¿Ves estas manos? Casi maté a un tipo con ellas. 
Le partí las dos piernas. 
Si te sirve de algo, era más hijo de puta que yo.
Fue un tiempo de cloacas y ratas de vagón, de perder siempre.
Fue un error. Hasta la luna me ladraba. Y ahora,
duermo con la luz encendida
y miro siempre debajo de la cama por si acaso, viene,
Y no amaneces más. 



7 de noviembre de 2014

A treinta y nueve segundos de morirse de asco


...ahí fuera, in the world, bajo este H2O el XXIX de diciembre, fría como las tetas de mi primer amor,
tan lejos ya de la generación del 27
o la :) de los pastores alemanes meando contra el muro de Berlín.

Casi puedo contar los lunares
-reflejados como lunas en los charcos-
de las bragas de las chicas desde aquí. Desde mi window.
Y escuchar los chin-chin de un confeti de gotas de rain brindando contra los cristales, supongo que por Angie, de los Rolling,
o porque el Knockin On Heavens Door,
es todavía la canción más bonita del mundo.

Aquí nunca pasa nada. La luz siempre es la misma. No es la luz.

Daría lo que fuera por volver hasta entonces
(a los días de sol y de estrenar zapatos).
Por salir corriendo detrás de aquel tren
(no hay nada más triste que los y si)
Por llenar los pulmones del humo de los coches
(Aquí hay cosas peores. Tras las paredes).
Por parar los relojes.
(Y saber donde ir).
Por mi culpa
(Tenía otra mejilla).
Por poder
(La tenía)
Por no querer.
(Lo dijo ¿Einstein?)
Por el amor de dios, no
tiréis la toalla.





3 de noviembre de 2014

¿Quiere hacer el favor de salir a la pizarra, Don usted?


Cualquier hebra de hierba todavía húmeda por la fría caricia de las primeras y afiladas lluvias de octubre apenas si esbozaba a doblegarse bajo el breve peso de aquellos pies pequeños y descalzos repletos de deditos con las uñas pintadas de rosa pompadour que parecían flotar a casi nueve coma tres centímetros del suelo por aquel parque de Alabama muy cerca del Little River Canyon al que Eva solía llevarme de la mano los días nublados en los que el ánimo parecía sin duda estarle a mucho de, a saber dónde, y de qué planeta se acordaba. Porque no era de aquí. Lo supe en sus dos ojos dos de mayo a la primera media media hora del primer día aquel sobre las cinco en punto de la tarde y pasodoble, cuando me puso el índice en los labios como una señal de stop y me dio trece minutos ni uno menos ni uno más de un beso interminable que sabía a casita en la montaña y eucaliptos al pie de una rivera sin importarle tan siquiera ni por qué ni cómo me llamaba o para qué, si me llamó al oído árbol, ave, pozo, si bemol, con una flauta y su boquita de coral brillante como la piel de una ciruela claudia. Casi me mata.
Pero también puede matarte un mal café, y dejé que me atara todas las manos a la espalda con un pañuelo blanco que llevaba en el bolso por si un tren y me arrancara de cuajo una camisa Hawaiana con Tsunami y cocoteros y tirara, por el hueco de las escaleras, las llaves de la casa con el mando inclusive del garaje y un San Cristobal de plata y me tendiera una emboscada en la cocina con la luz apagada y que sus-sus-sus de mantis religiosa se enredaran hasta ahí como una hiedra venenosa y la destreza de un experto cirujano en cremalleras y botones, tibias como un pan de cebada recién hecho y así, arrodillada en oración invocara en una lengua muerta que yo desconocía por completo a un dios de cinco con nueve pulgadas y cabeza de alacrán hasta que los azulejos se llenaron de caracoles que resbalaron como flores blancas hasta el gres, o como yo caí destrozado boca arriba con el pecho abierto de amor a bocajarro y aquella cosa palpitando como el vientre de un lagarto al sol del mediodía.




31 de octubre de 2014

Satie y una mosca


No sé una mierda de botánica;
pero esta tierra es generosa y casi todo crece.
Si la punta del dedo.
Si el agujero.
Si el agua,
o se enredan, tus manos en las mías, como la puta hiedra.
Y el sol, claro. Y los días largos.
Aunque nos crezcan los enanos del jardín y se vayan a la universidad
siempre podremos decidir seguir aquí, como París, desesperados,
por partirnos a besos la cara, o tal vez por si acaso
y merecía la pena trasplantar la esperanza
a la cresta de una ola.
Sé muy poco del tiempo. Sé que hace tic tac. Que se te caen el pelo y los acentos,
la arena del bolsillo y las agujas del reloj,
no te perdonan ni un sólo pecado.
Sé menos de eso que nadie que llamas amor.
Pero Co2 o cuatro o 33 rpm, que te quiero-o-o-o, así, con eco,
y he plantado un manzano en nuestro honor
donde ninguna fruta esté prohibida.
Y encendernos a los postres como un lanzallamas.
Y mirarnos como tigres a los ojos con las uñas.
Y que me co+s la, con una cucharita de café.
Y que te canses de abrazarme nunca de.
Y clavarte a martillazos. Contra la pared. Con esto.
Y caer sobre el césped desangrados como cerdos.
Y que brote.
Y que el suelo se parta de raíces y todo lo que amamos,
crezca a nuestra sombra.
Y al azar,
caminamos...caminamos...caminamos.





30 de octubre de 2014

Cartas marinas


Se llamaba Rafael y tenía toda la vida por delante. Tenía una novia preciosa y lista como el hambre y una furgoneta Volkswaguen donde en cuanto podían y con sólo unas monedas y un par de bocadillos se escapaban a descubrir mundos nuevos por ahí los fines de semana y a soñar bajo la sombra de una encina que alguna vez tendrían muchas ventanas con macetas que dejaran, abiertas, correr el aire por la casa como un niño. Un perro que se llamara Walter. Uno de esos tocadiscos antiguos, donde escuchar a la Simone llorar apoyada en la farola que hace esquina con Park Avenue, por un mexicano de Chihuahua. Tenía, todas las ganas de ser alguien, una persona por lo menos; tenía un cactus junto al ordenador de la oficina al que siempre en abril le brotaba una ridícula florecita. Tenía un montón de amigos. Los dientes muy blancos. Un tatoo que decía: “Carpe Diem”, y un corazón tan grande, que el día que aquel coche se saltó el semáforo y lo embistió como un rinoceronte, no se cabía en la 212, entre enfermeras; compañeros de curso; primos; vecinos y hasta el panadero del barrio o una mujer que nadie supo nunca cómo se llamaba y que llegó diciendo que si allí era donde el chico aquel tan guapo que una vez me ayudo a cruzar la calle, y así todos los días aunque tuviera prisa por llegar a algún lado. Yo, a veces, tardaba más queriendo, por supuesto en cruzar el paso cebra, a ver si me contaba dónde iba, con aquello latiendo tan rápido, y que cómo se llamaba, ella, claro, porque el chico, dentro de los ojos, tenía algo, ya me entiende, como cuando ves el mar la primera vez, para mí, que era rubia.

Tenía veinticuatro años y ahora hay que regarlo como a una puta planta. No habla. No se mueve. No siente nada. Ni las llagas en la espalda ni el frío ni el calor. Da igual que le des los buenos días o las buenas noches aunque todavía esté brillando el sol. Rafael ya no está. Su actividad cerebral es tan plana desde entonces como una pista de patinaje sobre hielo. A veces, dice su madre, parece que te entiende. Porque es su madre. Pero no te entiende. Nunca más va a hacer otra cosa que apenas respirar, y de vez en cuando, sufrir algún espasmo muscular por completo aleatorio y puntual, y que a ella le parezca que. Porque es su madre. Y aunque ya haya perdido la esperanza, Rafael todavía es su hijo. Y lo será mientras respire. Y cuando ya no lo haga. Pero mientras respire seguirá todas las tardes a la hora del café contándole cosas de ahí fuera. Que Papá no está bien de la tensión, que no hace caso y se levanta por las noches a comer y deja abierta la nevera y aquello hace ¡piiii piiiii piiiiii! y así, no se puede. Que ya ha sido el cumpleaños de Javier, que lo han celebrado a los pies de su cama y su hermano, después de soplar lo ha abrazado y le ha dicho al oído que ya se ha sacado el carnet, que piensa ir a Luxemburgo, que si le deja las llaves. De la Volkswaguen.
Que el equipo de rugby había mandado una postal desde Canadá, porque habían llegado a las semifinales. Que mañana tocaba afeitarlo. Que el domingo iba a hacer arroz con mejillones y esos trozos de pescado que tanto le gustaban. Que no. Que para qué. Si tú ya sólo comes por un tubo esto triturado. Que no estoy llorando. ¿Ves? Tenía un ojo en la cosa. Que te quiero contar... No te enfades: Isabel se casó. Con un muchacho de Alburquerque. Muy alto. Dicen que tienen dos varones. Y que el primero se llama como tú. La última vez que estuvo aquí me dijo que el psicólogo le había aconsejado que dejara de venir, que iba ya para tres años, que tenía que tener una vida, una donde no estuviera todo el tiempo llorando, sin poder hacer nada, porque eso era, le habían dicho los psicólogos me dijo, lo único que se podía hacer...yo, hijo, fui la primera que le dije que tenía unas alas tannnn bonitas... que ya era suficiente, que volara, porque sabes, Rafael, la vida, pobrecita, se le estaba escapando.

Tenía, entre las manos, la arena de la playa.




27 de octubre de 2014

Concierto para cello y asteroide


...el viento entre las hojas de los árboles bailando una espiral
y en los zapatos de la gente, historias increíbles. Verías,
que el paisaje no es el mismo ni un segundo. Que hay flores que se abren.
Que crece un hormiguero.
Que el polvo se levanta y se vuelve a posar sobre los muebles, si vieras con mis ojos,
como detrás de las ventanas siempre hay alguien.
Haciendo las camas
levantado a los niños
pintando las paredes, llorando en la cocina.
Mirando fijamente en el espejo el primer grano.
Echando a alguien de menos.
Abrazados. Tal vez.
Intentando no caer en picado.
Jugándose la vida a cara o cruz.

Respirando.

Bacterias tan hermosas como copos de nieve,
y en cualquier charco,
barquitos veleros encallando,
si vieras,
con mis ojos que en el cuarto creciente de la luna hay un perchero,
colgarías tu pijama.
Podrías dibujar tus propias nubes en el cielo.
Tus mejores sonrisas en la cara.
Verías las raíces; los huesos; las espinas de los peces
los corazones de alcachofa
el magma.
Palpitar el amor. Por todos sitios. En todas partes.

Y entonces lo sabrías:
que la música se puede masticar.
Que las plantas te escuchan.
Que hay más colores.
Que algunos ni siquiera tienen nombre.

Y más allá, el cosmos.

Tanto espacio para jugar. Si vieras,
sobrevolar las grullas los campos de vainilla,
o cómo flotan las naranjas en mitad del océano Pacífico.
Si vieras las auroras boreales.
Si vieras Liliput, Ítaca, las manos de los jóvenes
tan limpias todavía.

Que el otro se tropieza.

Que no se busca.

Si fueras pasiflora. Si yo fuera pared. Si vieras, que de pronto,
todo era perfecto.




24 de octubre de 2014

Crazy for you


-Debería dejarme barba...

Y me ha mirado así. ¿Os acordáis de la música de Tiburón? Pues igual. Escalofriante. De pie frente al espejo como un pistolero, con la cuchilla de afeitar en la mano y la espuma en la otra, a punto de, mientras ella hace pis, lo intento de nuevo:

-¿No crees que inhibes mi personalidad? En el fondo te gusta mi barba. Se te nota. ¿Puedo dejármela? ¿Em?

Y Antes de que diga, “No. Pica”, le suelto un par de perros:

-Pues yo te como el coño y no protesto. Y ya me gustaría. Como el de la muñeca Nancy. Qué rico.

Parece un jarrón. Mírala. Con los brazos en jarras como Bud Spencer. La verdad es que da miedo. Nunca me haría daño; pero sólo de pensarlo me tiemblan las piernas. Esto se me ha ido de las manos. Ahora me va a contar lo de que si de verdad la quiero me pondría en su lugar. No creo. Harían falta tres o cuatro como yo para ocupar todo ese sitio. Total que va y me dice, que si no me afeito, no hay besos. Y yo le digo, “¿Ah, sí?”, y ella se acuesta. Se acaba de duchar. Huele. Muy bien. Como un postre.

¿Qué vas a hacer, idiota?, le pregunto al tío del espejo. ¿Vas a dejar que tus hormonas decidan por ti?

Pues sí.

Porque yo sin sus besos me muero. ¿Para qué quiere un muerto una barba? Me tiene cogido por los huevos. Acéptalo, tiene la sartén por el mango. Tiene los besos.

-Me he afeitado.

-ya lo veo.

-¿Y mis besos?

-Mañana. Tengo que levantarme muy temprano. Te quiero. Apaga la luz.

Y se ha dado la vuelta.

Se ha dado la vuelta.

¿Y mis besos? Me cagon la puta ¿y mis besos?

¿Os acordáis de El Resplandor?



23 de octubre de 2014

Soy un círculo


Llegaban al nido sin nada en el pico.

Primero fue el miedo a las bolas de goma;
la cruz en la pizarra;
los ahora te vas a enterar.

Después fue el hambre.
La espada y la pared.

Y el hambre sí pudo.
La voz tomó las calles
-”Hijos de puta”-.
Rugía como una tormenta
y llevaba los niños en brazos.
Sin tabaco ni bolsillos. Gente de a pie.
Gente con huesos y recuerdos
unidos como trenzas reclamando pan a cambio
de toda la sangre que fuera necesaria.

Sangre de abuela y de albañil,
de embarazada, fontaneros, estudiantes.
Sangre de pájaro y de perro.
Roja y caliente.
Como un rio.
Un infierno donde se moría con lo puesto:
pero sonriendo como Burt Lancaster.

Hasta que llovió como maná, del cielo,
pan
como la lluvia en el desierto.

Hubo que enterrar muchos muertos.
Que comenzar de nuevo.
Que no olvidar.
Que aprender a nunca más ofrecer la otra mejilla.

Volvió el viento en la cara y mirar el horizonte
se convirtió en una asignatura de primaria.



Para Bea Calvo y todo el que esté a punto de estallar

22 de octubre de 2014

Toma 3


Fue tan bonita como escribir un libro con dos dedos.
Corta como febrero. Guarra en la cama. Un cisne.
Y sobre todo fue sincera, no, me dijo, soy de nadie.

Yo la creí hasta donde han enseñado al hombre a creer en algo,
y fue una gata en mi tejado hasta que un día
hizo la maleta porque sí.

Se llamaba Me Dueles, y aunque nunca fue mía,
me dejó esta cicatriz en el labio.







21 de octubre de 2014

Cada vez que


Hay una parte de mí que hasta entiende por qué te compartas así. Y otra que lo sufre. Y ya no lo entiende. Cuanto más alborotas, menos te entiendo.
Si te faltara un brazo ¿podrías vivir? ¿Sin un ojo, sin una pierna? Aún podrías ir a la pata coja hasta Malasia o hacer malabares sencillos con naranjas y plátanos. Respirar este aire. Pero sin mí, nunca sabrías qué había dentro de las nubes. El amor es cosa de valientes. No se salta del barco como una mala rata. No se abandona el puesto. Un capitán se hunde con su nave.

He visto en el naranjo la primera flor de azahar. Fuera. Mientras regaba de lágrimas el césped. De lágrimas por ti, como en esa canción de Luz Casal.

Si me vuelves a gritar, me moriré.


19 de octubre de 2014

Peldaño nº 11119


He alcanzado el nivel naranja. No sé si es mucho; pero sé que es suficiente. Sobre todo si lo comparo con el color mierda de mi vida hace no mucho. O el gris que nublaba mis días no hace tanto. Sin ir más lejos con el verde que emanaba como un geiser así, a ratos, tanta esperanza. Sin saber si. Sólo queriendo, queriendo que. La esperanza está bien. Pero es mejor el movimiento-aunque se quiera mucho, a veces, la esperanza nunca es suficiente-, la acción, el resultado. Se acerca más a estar vivo que vivir de mirar nubes. Se acerca más a las nubes, de hecho.

Ayer fuimos a ver a mi madre.
“No me conoces mamá. No sabes una mierda de mí. Te has perdido lo hermoso que soy. Llevo media hora cenando contigo y ya me quiero ir. Me pregunto qué hace que yo sea tan poco importante para ti.”
Soy pura energía, me digo. Soy un hijoputa. Tú puedes, me repito mientras mastico.
-Esto es para que vayas a la peluquería”. Y dejo el billete sobre la mesa. Para demostrarle a una mujer que nunca me ha abrazado que sólo hay una manera de hacer las cosas bien.
Allen me mira complacida, de que el mismo hombre que la muerde hasta que le salen cardenales en las tetas, tenga un corazón ahí dentro.
Allen sí me abraza. Me abraza como a un árbol y me dice cosas al oído. Siempre cierro los ojos. Me dejo caer y cierro los ojos. Y la escucho decir las cosas más bonitas que me han dicho en mi vida. Y cuando los abro, sigue allí.
Los trenes no pasan una sola vez. Pasan muchas. Tal vez no el mismo siempre. O no a la misma hora. Allen fue un trenecito de vapor entrando por la vía nueve. Yo apenas un saquito, de huesos esperando en la estación.

En el nivel naranja no hay promesas. La promesa en sí no puede calificarse como acto, si no como un absurdo e irrefrenable deseo de inmortalizar lo que ni siquiera ha ocurrido aún, elevando algo tan abstracto como el futuro, a una quimera, a una probabilidad entre un millón. Por ejemplo morirse. Si ya no estás, si algún día. Te lo prometo. Pero nadie se muere. Ni te baja la luna. Ni pollas de esas.

No hay miedo. El miedo actúa como depresor de la velocidad, inquieta e induce al desatino de la locomoción, provoca el advenimiento, poco a poco en ti, del fracaso. De las noches llorando bajo las sábanas. De los días sin comer. Del no me tengo. Del se acabó.

Ponte una pistola en la cabeza. Seguro que cambias de opinión.

No hay perdón. No si quieres pasar a otro nivel. Y yo quiero. Quiero brillar. Un día. Antes de morirme.
Tengo una lista de las cosas que hice mal. Es una lista larga. Muy larga. Fue porque un día me quedé sin excusas. Y me miré al espejo y el tío del espejo me dijo que quién coño era yo para andar por ahí como si fuera el rey del universo. Partiéndolo todo como si fuera mío. Pisando el césped y cortando margaritas de raíz. Y vi mi rastro. Y lloré mucho para nada. Y aquel día compré una pistola.

Y ahora estoy en el nivel naranja. Me parece increíble. Y aún conservo los dedos de los pies. Y algo de pelo. Y estoy más cerca. De cualquier cosa. Sí, el nivel naranja está bien. Al fin y al cabo fui el tío que inventó aquel puto planeta. Lo que yo quería, no era de este mundo. Aunque en realidad lo que pasó fue que nunca me rendí.

No hay pasos en falso.

Hay que.

Como si te hubieran metido una granada en la boca.




16 de octubre de 2014

Solsticio de leche merengada


Lo que engorda nuestras vacas no es amor, es pienso,
la hierba, o cualquier otro alimento propio de quien rumia
dios sabe qué mientras espanta moscas con el rabo.

Lo que hace crecer nuestras macetas no es amor.
Es el agua. La tierra. El Sol.
No son los besos, las palabras, no es el mimo
con que andamos mirando a ver cuando florecen.
Es el verso, ese segundo, el que dice es
el agua, la tierra, el sol, no
es
amor.

Lo que fríe las croquetas no es amor, es el fuego
es el aceite
no
es
magia.
No existe el duende que separe
la de color y ropa blanca, que planche ni que,
ni que, no
existen los milagros.

Es el despertador.
Es otro día por delante.

Lo que hacen los pájaros.
Cuando nadie los ve.

Lo que te digo así, sin apenas mover, ni un poquito los labios.



14 de octubre de 2014

Casi perfecto


Tengo 28 años y sufro síndrome de Down. Aunque lo que me hace sufrir en realidad son otras cosas. Cómo que papá me lleve al bar y sus amigos, me pregunten que si he follado ya. Porque tengo novia. Se llama Margarita. Es muy guapa. A veces nos tocamos. Con las manos. En sitios. Pero nunca hemos follado. Queremos follar cuando nos casemos. No por dios ni nada de eso. Dios no existe. Aunque existen los ángeles. Todo lo que tenga alas, existe. Es porque queremos hacerlo la primera vez en nuestra cama. Una cama grande con mantas de cuadros de muchos colores. Nos gustan los colores. Y con música. Y velas, como en las películas. Estamos ahorrando. Margarita cose. Cose cosas. Pantalones, botones, camisas...cosas rotas. Yo trabajo en la ferretería de mi padre. No me deja vender cosas complicadas como, taladradoras o, metro de manguera; pero soy jefe de sección de la sección de tuercas y tornillos, puntas de clavo y rodamientos. Es broma. También puedo vender taladros y pintura. Me gusta bromear. Es divertido y la gente sonríe. Me gusta la gente que sonríe. Margarita siempre sonríe. Por eso es tan guapa.
Me hace sufrir que mamá no aprecie la vida. Que vaya por ahí como sin ganas. Si supiera, que camino al trabajo a lo mejor la atropella un coche o le cae encima una maceta o yo qué sé, si, si supiera qué corta. A lo mejor mamá no se encerraba a llorar en la cocina. Se compraría un vestido nuevo. Nos llevaría al cine. Si supiera qué corta. Si supiera hasta cuando. Mamá nunca sonríe. No es feliz. Pero no es culpa mía. Las cosas son culpa de uno. Y la culpa de mamá es que toma demasiadas pastillas. Por demasiadas cosas. Casi por todo. Papá dice que es una hipocónnoséqué. Y que le salen las lentejas duras.

Hoy he visto una casa en alquiler. Es grande. Y tiene flores colgando del balcón. Me gustan las flores. Me gustan mucho las flores.