2 de enero de 2014

Out


Pensaba que ese tipo de cosas sólo pasaba en las películas; pero aquello de encima de la mesa donde estaba despidiéndome de aquella ciudad antes de irme a tomar por culo a otra en mi interminable periplo suicida eran las llaves de la habitación 427, y la despampanante rubia que las había dejado allí, una snob en tránsito por el hall de los mejores hoteles del mundo, buscando una polla.
Follaba como una puta pervertida.
La llamé Sophie todo el tiempo. Le daba igual. A mí no. ¿Dónde estás Sophie?
“¿Qué hace un tipo como tú en Dallas?”, me preguntó la rubia.
Morirme de asco. Sophie no está aquí.
Tal vez ya no esté en ningún sitio. Ni siquiera en el planeta.
Sólo se llevó sus zapatos rojos.
Cuando me desperté la rubia ya no estaba. Ni siquiera me acuerdo de su nombre...