18 de marzo de 2014

Ossamo


Las cosas se estropean de no usarlas.
Las cosas, de olvidarlas, un día ya no están.
Los te quiero ya no saben a lo mismo.
El amor se evapora. Como un perfume. Barato.
Y el eco de aquello-ello-o-o-o, o el eco,
te anida en la almohada (entre paréntesis), como los pájaros de al alba en el malva,
de siempre la misma mañana.
Sin besos ya ni meremeladas. Sin un sólo mandamiento que cumplir. Sin ganas.
Por eso cada vez que paso por su lado la sonrío, cada vez,
la digo a media luna, le pongo el índice en los labios y,
no,
le digo digas nada no, te muevas. No intentes detenerme.
Y cuando las bragas le llegan al suelo,  ya es sumamente tarde.
Ya somos uno.
Ya se está quemando el pato a la naranja,
o da igual del rin rin del teléfono:
“-Les acaba de tocar un viaje alrededor del mundo”.
¿Y qué? Estamos gravitando.
Aunque seguramente visto desde ahí, parezcamos hojitas en un charco.

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