22 de marzo de 2014

Siempre hay un libro para una mesa que cojea



Me he sentado a tomar café en la plaza Bastard y de paso a decidir si me pego un tiro aquí mismo o no. Patrice me ha abandonado. No es que no pueda vivir si Patrice. Es que no merece la pena. De hecho es la única razón por la que dejé la heroína.  Cuando te metes en una cosa de estas ya no sales vivo, aunque parezca que vas caminando por ahí. 
Patrice es enfermera. Decía que yo, fíjate, tenía unos ojos bonitos. Que por eso me miraba así. Que si no me daba pena. Que si eso era todo lo que sabía hacer. Dormir entre cartones. Contar estrellas. Dejarme hundir como una piedra.

Me invitó a comer. Hablamos. De la metadona. De mi infancia. Del frío. De como se pierden las batallas. De por qué.

A los seis meses yo ya tenía un trabajo. Cubiertos en el cajón de la cocina. Un edredón. Porque Patrice lo había apostado todo al rojo. Porque tengo los ojos bonitos.

Y ahora Patrice dice que es tonta. Que si no fuera tonta no le estaría pasando esto. Y ha hecho la maleta y se ha ido, mientras la jeringuilla, colgando de mi brazo, todavía brillaba. Ni siquiera estoy arrepentido. Tenía que pasar. 

Voy a recordar siempre sus manos tocándome la cara:

“-Yo no sé amar monstruos”.

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