3 de abril de 2014

Todo lo que no se intenta es un fracaso

Me encanta mirar nubes porque la vida es una mierda.
Porque son blanditas.
Porque me recuerdan tus tetas.
El mapa del tesoro.
Y aunque follar contigo se ha convertido en una anécdota
-la gente que se quiere folla menos, esa es la puta verdad-,
y nos hallamos puesto a hacer cosas importantes
(criar cachorros de asteroides;
construir todos esos puentes;
plantar semillas de aguacate;
ponerle nombre a las bombillas;
desayunar;
hace un cementerio de elefantes con palillos de dientes),
quiero que sepas que a las once y media de la noche te espero en la cama,
viendo el último episodio de Futurama.
Y que si me quedo dormido, será por tu culpa.
Por no ser invencible como tú. Multiplicada como tú. Uníca. Magnífica. Capaz, de todo.

Sí, miro todas esas nubes gigantescas a punto de llover
y quiero todavía a veces quedarme en pelotas para cuando estalle el primer trueno,
que la tormenta me atraviese con los brazos en cruz.
Enfrentarme a ella y decirle, he venido, yo y todos mis demonios.
Sí, quiero con toda mi alma que me parta un rayo y formar,
parte del universo.
Al carajo la declaración de la renta.
Al carajo ir al médico.
Al carajo ver más anuncios.
Al carajo poner siempre buena cara.
Elevarme como en aquella película, e irme yo también al carajo.

Si no fuera por ti.

Que me soportas.
Que me sostienes.
Que haces lo imposible.

Porque se puede.
Lo he visto en las hojas de los árboles.




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