30 de mayo de 2014

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Aquella tarde me senté en la terraza de un bar que hacía esquina al pie de una transitada calle, donde con mucha suerte, café y un paquete de tabaco, esperaba ver pasar a María cruzando de pronto el semáforo en verde por el paso de cebra. Bajándose de un taxi. Abrochándose los cordones o pasando por delante de mí con un bolso colgado del hombro y los auriculares puestos. Tenía una vaga idea, algo difuminada tal vez de cómo era su aspecto exterior, su estatura, su color de ojos. Pero nunca la había visto. No sabía cómo fruncía el ceño o esbozaba una sonrisa. Porque eso era lo que hacía María. Dar pinceladas, pequeños trazos que únicamente alcanzaban a adivinar la mujer que había detrás de aquel escenario que ella misma había construido a su alrededor como una fortaleza. En cualquier caso, si pasaba por allí, la reconocería de inmediato.
Permanecí así durante quizás, un par de horas, en las que vi una marea de chicas de entre las cuales exactamente ninguna tuvo nunca la intención de llamarse María. Y menos nada más. Pero en aquellas dos horas descubrí que todas eran bonitas. Que unas doblaban el pie izquierdo al caminar, un poco, hacia dentro, y otras se ponían mechones de pelo detrás de la oreja con la exquisitez de una gueisha. O tenían los ojos perdidos en el nombre de un canalla sin escrúpulos, y habían llorado hacía muy poco. O que iban como místicas, aztecas, luminosas, con la media sonrisa indeleble de que habían hecho el amor sin condiciones sobre la encimera de la cocina, y aún no pisaban el suelo. En un par de ellas, incluso quise descubrir bajo la piel, los huesos y la lamentable acción de los gusanos comiéndoselas por dentro, un odio acérrimo a cualquier clase de varón. Parecían ángeles caídos del cielo y a punto de quitarle la anilla a una granada que llevaban en la boca: “Hijo de puta. ¿Por qué me haces esto? En cualquier caso, brillaban.
Decididamente, dos horas más tarde me levanté de la silla sin haber visto de cerca ni por imaginación a María, y acto seguido, ya estaba otra vez caminando a cualquier parte preguntándome cómo podía ser tan difícil encontrar alguna semejanza entre alguna de las miles de chicas bonitas que había visto pasar por delante de mí, y ella, que había salido de la nada a meterse en  mi cabeza.

No encontré la respuesta hasta años más tarde. En mi cabeza. Donde María había estado creciendo hasta convertirse en una flor de párpados caídos, tan bonita, que daban ganas de besarla sólo porque sí. Sin pararse a pensar, que aquello costaba, seguramente, que María te sacara de las cuencas los ojos. 

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