27 de mayo de 2014

¿Mmm?


Hace mucho que no te soñaba. Con tu cara que me sé. Con tus manos pequeñas. Con tu malaleche grande. Contigo. 
Estabas escalando una pared. Subías por una cuerda. No me preguntes para qué. Era un sueño. Había alguien contigo. También escalaba. En realidad había mucha gente escalando aquella pared. Una pared cualquiera. Yo te miraba desde una ventana al otro lado. Te miraba a ti. A nadie más. Te miraba como hice siempre, desde lejos, desde ya no, desde la misma ventana donde solía esperar a que llegaras. Aunque a los diez minutos ya nos estuviéramos tirando los platos. Como quien espera que llueva, como quien espera a que un huevo se abra, un beso, el perdón, como quien espera su tren. Te miraba como últimamente desde el otro lado del sueño. Sin hacer ruido. Invisible. Nunca he dejado de quererte. Y de alguna manera siempre estoy en esa ventana. Aunque sólo sea para que me arañes la cara o me muerdas o me des con una sarten en toda la boca. 
Y de repente, en mi sueño, lo dejas todo y te bajas de la cuerda y tocas el suelo y de un salto subes a mi ventana y de repente estás diciendo mi nombre con mi cara entre tus manos, así de pronto, sin darme tiempo, de repente, me  besas los ojos y la frente y me alborotas el pelo y las pestañas y me dices que me quieres, que me quieres, que me quieres. Que cuánto me echas de menos. 

Me desperté suavemente. Muy lento. Como si nunca quisiera despertarme.




No hay comentarios:

Publicar un comentario