28 de mayo de 2014

Tan pequeño como un grano de arroz


No puedo explicar lo que siento cuando miro las nubes. Pero puedo intentarlo. Como todo lo que merece la pena.
Cuando miro las nubes se me pasa el hambre. Ya sé que sólo es agua; también sé que el amor que yo quiero no existe y aún no he dejado de buscarlo. Jamás he visto una nube igual. Tampoco ninguna mujer. Cada nube, grande o pequeña, redonda o en forma de ciprés, es única, irrepetible, desde que aparece en el cielo hasta que se desvanece. Algunas llueven, se tornan de repente melancólicas, y caen al vacío, hasta que se estrellan en el  asfalto  estrepitosamente. Otras en cambio son tan blancas que no puedes mirarlas sin quemarte. Enormes montañas nevadas que se elevan, a ras del paisaje. Otras pastan del malva de la tarde, y se preñan de ocaso hasta que paren estrellitas anunciando la noche.
Cuando miro las nubes me aventuro. Más allá del horizonte. Donde todo es posible. Y sé porqué sigo aquí todavía un día más. En la brecha. Es esta luz inundándome todo. Es este viento que me levanta del suelo como a una hojita seca. Que me lleva. No sé dónde. A cualquier sitio. 

Me pregunto quién me ha dado estos ojos. Para qué. Me pregunto si sabe cómo duelen, y que a veces, he querido sacármelos.




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