2 de junio de 2014

Cortar tendones, hervir a fuego lento, sazonar.


“A pesar de, por encima, sobre todo, te amo”

En cambio yo, por encima de todo, me amo a mí.
Después amo las patas de los pájaros, 
el silencio de los garajes subterráneos,
el otra vez de un día más sobre este mundo. Tantas cosas. Tan hermosas. La hojarasca...

Como echarle margaritas a los cerdos, eso hace, esta ella
conmigo.
Con el salvaje. El alquitrán. El indomable.

Y añade, libremente.

Yo la perdono, porque no sabe lo que dice.

O es que me da miedo, sencillamente,
que sea verdad.
Que me haya deshojado. Descubierto. Y yo, fosilizado, 
añore como hago el ámbar de sus ojos a esta hora, aquí, entre las sombras,
de lo poco o lo mucho que me quede por vivir.

No soy tuyo.

La gente no se pertenece.

Pero lo cierto es que me encanta que me dejes en el micro restos de la cena.

Aunque yo no sea el zorro de Saint-Exupery.

Ni un junco. Algo más amable. Tal vez pan. Un tallo, no sé.

Me vienes grande. 

O tarde.

Yo, antes, sabes, de ti ya había perdido todas las batallas.

Y ahora que el otoño me ha alcanzado,
llegas enorme con tu nueva arquitectura,
a construir castillos en el aire.

A pesar, por encima, sobre todo.

A llamarme cobarde.

A salvarme de mí.

A reiniciarme. Como al Windows xp.

Me va a doler mucho. Lo sé. Tanto amor para mí solo. Tanto y sin saber por qué.

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