8 de julio de 2014

Acto segundo: el silencio


-Mira a tu alrededor y dime que no es hermoso.
Dímelo.
Estoy esperando.

No puedo.

-Dímelo.

Me revuelco como un puto cerdo en la luz de esta tarde. En el canto de los grillos. En este olor a hierba. En el sabor de las cerezas, el chocolate, y todos los coños que me he comido. Hundo como lombrices mis dedos en la tierra, y relamo de la comisura de mis labios un néctar delicioso.

-No puedes. Y sin embargo te comportas como si nada de esto mereciera la pena.

Ahora dirá que soy idiota. Un tonto. Seguramente un cobarde. Una larga lista de adjetivos poco recomendables. Dirá, “bla bla bla”, aderezándolo con esa sonrisa de martillo.

Vaya. No dice nada. Se ha quedado callada bajo un árbol. Mirando no sé qué. A veces el silencio dice cosas que no se pueden decir con palabras. Hubiera preferido que me ametrallara. Ahora se ha sentado. Bajo el árbol. Como si yo no existiera. Joder. Está llorando. Se supone que está aquí para ayudarme. Por cada lágrima que le resbala lentamente por la mejilla y cae al suelo, brota un barquito de papel que se va navegando río abajo. Hasta el mar. Se pasa un mechón de cabello tras la oreja:

-Cuando salga la luna, esta noche, recuerda que nadie sabe el tiempo que le queda.

Y se ha dormido en mis rodillas.

Hija de puta.



3 comentarios:

  1. Me ha quedado un sabor a ausencia en los labios

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  2. -Me gustó lo de la oreja. Podríamos jugar con una variación (pasarse la oreja detrás del mechón de pelo), pero esto no sería realmente femenino ni sutil (me quedo con tu frase).

    -Comer coños hace que el silencio se vuelva mundo...

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