3 de septiembre de 2014

Ni te imaginas la hostia que te metes a 300 tonterías por minuto


Hubo un tiempo en el que los días de lluvia significaban no fumar si habías caído tan bajo que andaras por la vida recogiendo colillas del suelo. Y era una pena desperdiciar una de aquellas bonitas tardes mojadas en maldecir el vicio del tabaco, en vez de estar mirando el cielo y viendo resbalar por los cristales las gotas pequeñas y frías que traía septiembre, los días pares. Aunque siempre quedaban los enormes ceniceros de los hospitales. Además eran los mejores cigarros. Casi enteros. Como si el que lo hubiera encendido lo hubiera dejado allí morir solo porque acababan de anunciar por la microfonía su nombre y se había ido de allí a las ligeras con el corazón en la boca, y del susto de ser padre, nunca volvió a por el tabaco.
Ya no vale la pena por qué; pero hubo un tiempo de batallas que siempre perdía. Seguramente por cobarde. En un cien por cien. Cien arriba cien abajo. Perdí el amor de mi siembra. Lo cambié por licor como un indio a los confederados. Perdí un norte que prometía hermoso. Perdí pie. Me ahogué en un interminable y profundo océano de mierda. Aun que tal vez sólo fuera un vaso de agua. Quién sabe, ya. Y cuando estaba tan perdido que era incapaz de, ni por dinero, recordar el camino de regreso, perdí la dignidad.
Hubo días de botellas que nunca se acababan y terminaba meando en las farolas amarillas de Berlín. Hubo un tiempo de putas baratas, que por lo mismo que costaba dormir en un hostal, se pasaban la noche acariciándote el pelo y llamándote al orden, de hacer las cosas bien, que eres muy bonito, y tú, solo, te estás crucificando, papi, no llores más, no te canses en matarte de a poquito...
Hubo días de no saber quién era, hubo días de no importarme más, de reinventarme, en un Pessoa que vagaba bajo los soportales sin más rumbo que otro bar.

Aunque tenía una guitarra. Se llamaba Yolanda. Juntos, éramos invencibles. Juntos, llegamos hasta aquí. Hasta este hombre. Hasta el ahora. Mi mejor canción era un bolero. Siempre pensaba en ti. Hasta la última gota. Me encantaba como parecían tintinear todas aquellas monedas cayendo al sombrero.


Si alguna vez te da por preguntarme que por qué, te quiero porque el día que volví, me estabas esperando.

7 comentarios:

  1. Siempre hay tiempo para todo. Pero no, no tenemos que causar buena impresión. No somos impresoras.

    El amor puede ser la salvación
    ¿tienes un cigarro?

    No lo sueltes coliflor que a tu lado florece

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Sandra, si me suelta...has visto lo que hacen los globos?

      Eliminar
  2. ¿Puedo hacer terapia?

    Entré de mal humor, ando de mal humor (y me siento bien de mal humor) Entonces voy leyendo, encuentro en tu pasado (literario) mucho de mi presente, excepto las putas baratas. Y pienso que debo dejar el cigarrillo, pero también pienso que esto aumentaría mi mal humor.
    Y me acuerdo que todas las cartas de amor son ridículas, y que no serían cartas de amor si no fueran ridículas.
    Y sigo leyendo.
    Y llego al final.
    Y sonrío con ternura.
    (El mundo no es tan feo)

    Besos Billy.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Me encantó lo del sapo.
      Todo es cuestión de actitud. Yo lo sé,tú lo sabes...
      No esperar a que la suerte llame a la puerta.
      Te queremos.

      Eliminar
  3. "era una pena desperdiciar una de aquellas bonitas tardes mojadas" y más aún si escasean ;)

    Un abrazo!

    ResponderEliminar
  4. Cuando pierde el amor de su siembra o sueña el amor de una hembra: el poeta no es animal de putas caras pues aprecia la sordidez.

    ResponderEliminar