12 de septiembre de 2014

Salado y mango



Alexandra Elisabeth Montoro Malpartida-Lily sin bragas-todavía tendría que vivir cien años, llorar cien vidas, morir cien muertes, si quería olvidarse de él o por lo menos de su nombre, sin cuartearse como el campo los años de sequía hasta que la tierra se partía en mil pedazos-“Obatalá”-, las vacas se morían -“Obatalá”-, y de los embarazos sólo se sacaban niños sin brazos que no servían luego para recoger la siembra ni preparar el té de mediodía.

Había conocido al antillano paseando por la hacienda-sobre una yegua torda traída de Las Indias para su cumpleaños-, una tarde de julio después de la costura.
Fue su forma de mirarla desde los algodonales. Como si fuera a comérsela. En el casino decían que estos negros, se devoraban entre ellos y de allá de donde fueran, hacían huesos hervidos para matar el hambre. Y que se acostaban en la hierba con sus hembras a la vista de todos los demás, como animales. Que eran diablos que se movían en la noche como jaguares, buscando cobijo entre las piernas de las senegalesas.

-¿Quieres que mi padre te azote hasta morir?”

Obatalá desde el suelo afirmó con la cabeza y dijo que sí, que si esa noche bajaba a los pajares él iba a estar allí, esperando sus carnes, entre los fardos, desnudo y en silencio, que si llegaba vestida con un tul y se dejaba caer en su pecho como un dardo la elevaría a los altares, a lo celeste, a lo níveo, por encima de los árboles frutales y los ciervos y las nubes del monzón, tan alto, que casi no alcanzara a distinguir lo blanco de lo negro.

Lily aparecía al día siguiente con la excusa de condenarle a muerte con sólo querer, y al tiempo, se dejaba decir barbaridades que sólo las mujeres de un burdel habían escuchado alguna vez. Luego se alejaba al trote ondeando como la bandera de una república.
Hasta que un día le dijo que a las tres. De la noche. En el lagar que daba al río.

La abrió de par en par como a una puerta, le rodaron las cuentas del collar, la quiso por delante, la quiso por detrás, la inundó siete veces, hasta las piernas flojas y un hálito apenas de vida en los pulmones, hasta que ella se cansó de pedir más, de rabo de lagarto, de aquella cosa tibia que nunca se acababa cayendo por su cara, salada y mango, de suplicar más dentro, más hondo, de susurrar que estaba, tocando, el cielo con las manos.




6 comentarios:

  1. De estas, impresionantes, hacía tiempo que no te marcabas una.
    Felicidades, me tiemblan -y es lo que menos- las piernas.

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    1. Me gusta cambiar de registro, experimentar...jugar y hacer sudokus hasta mi infinito, con las palabras. Un saludo Reve, y gracias. Sigo aprendiendo.

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  2. ¡Qué tibios somos los blancos comparados con la oscura verdad!

    Me dieron ganas de ser esclavista y esclavo a la par...

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    1. Poner pone. Es lo que tienen los atisbos de morbo, Mail.

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  3. Impresionante la peonada de pintar paredes que me he metido en casa por orden de la coliflor, a todos los efectos, porque por mí, Blue, las paredes están bien siempre que no hablen.

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