3 de noviembre de 2014

¿Quiere hacer el favor de salir a la pizarra, Don usted?


Cualquier hebra de hierba todavía húmeda por la fría caricia de las primeras y afiladas lluvias de octubre apenas si esbozaba a doblegarse bajo el breve peso de aquellos pies pequeños y descalzos repletos de deditos con las uñas pintadas de rosa pompadour que parecían flotar a casi nueve coma tres centímetros del suelo por aquel parque de Alabama muy cerca del Little River Canyon al que Eva solía llevarme de la mano los días nublados en los que el ánimo parecía sin duda estarle a mucho de, a saber dónde, y de qué planeta se acordaba. Porque no era de aquí. Lo supe en sus dos ojos dos de mayo a la primera media media hora del primer día aquel sobre las cinco en punto de la tarde y pasodoble, cuando me puso el índice en los labios como una señal de stop y me dio trece minutos ni uno menos ni uno más de un beso interminable que sabía a casita en la montaña y eucaliptos al pie de una rivera sin importarle tan siquiera ni por qué ni cómo me llamaba o para qué, si me llamó al oído árbol, ave, pozo, si bemol, con una flauta y su boquita de coral brillante como la piel de una ciruela claudia. Casi me mata.
Pero también puede matarte un mal café, y dejé que me atara todas las manos a la espalda con un pañuelo blanco que llevaba en el bolso por si un tren y me arrancara de cuajo una camisa Hawaiana con Tsunami y cocoteros y tirara, por el hueco de las escaleras, las llaves de la casa con el mando inclusive del garaje y un San Cristobal de plata y me tendiera una emboscada en la cocina con la luz apagada y que sus-sus-sus de mantis religiosa se enredaran hasta ahí como una hiedra venenosa y la destreza de un experto cirujano en cremalleras y botones, tibias como un pan de cebada recién hecho y así, arrodillada en oración invocara en una lengua muerta que yo desconocía por completo a un dios de cinco con nueve pulgadas y cabeza de alacrán hasta que los azulejos se llenaron de caracoles que resbalaron como flores blancas hasta el gres, o como yo caí destrozado boca arriba con el pecho abierto de amor a bocajarro y aquella cosa palpitando como el vientre de un lagarto al sol del mediodía.




4 comentarios:

  1. Oeeeeé~oé~oé~oé....joder, al fin algo que te encanta Pseudo. Lo mismo te cuento cómo le pongo título a estas cosas.
    Besito.

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  2. Que a mi, lo que cuentas y como lo cuentas MENCANTA siempre.
    ¿Cómo le pones título a éstas cosas?

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  3. ¡Un auténtico sol de mediodía para Don usted! ¡A bocajarro, con las tizas chirriadoras y los crayones dibujando el hastío sobre los pupitres de las mascotas como lagartos bellos!

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