13 de junio de 2014

Esa


Yo quería una mujer lobotomía, planeta tal.
Una muñeca con el pelo diseñado por ordenador, una ninfa del bosque,
una sirena,
una Pin-up que se enredara como un tirabuzón al palo mayor de una fragata,
y me contara mentiras bonitas al oído.

Una mujer sitúmedicesven que saliera corriendo sin bragas tras de mí.
Por feo. 
Por bueno.
Por malo.
Bang Bang Bang.

Una mujer callada y nerudiense como un puto florero.
Una mujer de ojitos tristes y mirada perdida como un tren,
y una sonrisa blanco nuclear, asegurada en un millón de dólares.
Una mujer sacerdotisa, que perdonara por kilos mis errores,
y me ofreciera la miel de sus pezones escarpados como puertos de montaña.

Y entonces tú.
La mujer corta-césped.
La buque insignia.
Tenías que ser tú. Tan cántara.
La yo y mis circunstancias, la te vas a enterar. 
La cosebotones, la dedos de alambre, la arreglalotodo.
La baja la basura.
La compra tú el pan.
La mira como tiemblo del miedo que me das.
La jajaja.
La madre de mis Gremlins.
La novia de Chucky.
La hija de Godzilla.
La gran Moby Dick.
La mujer Totem.

Quería una mujer Fidji, volcánica, cósmica, 
que nunca se cansara de comer carne humana.
Quería una guitarra. Una pera. Un Edelwais.
Quería una mujer subida a unos tacones de ciento dieciocho kilómetros de alto.
Una mujer en exclusiva como una entrevista a Jhon Dillinger,
o un concierto de los Rolling.
Una mujer ciencia-ficción. De Ridley Scott. A ser posible.
No una mujer Tuperware ni avón ni...tan real.
Quería una mujer de días de vino-y rosas-.
Una mujer que me tocara como un bingo.

Y por cojones, tú. 
La con voz.
La de frente.
La de los dos lados de la cama.
La que habla debajo del agua.
La de las uñas. La de los dientes.
Lacuelgameuncuadro.
La no.
La que te he dicho que no.
La que cómo te lo tengo que decir.
La de las varices.
La de las canas.
La de todas esas marcas.
Cada una, una medalla.
La que sabe de batallas, sólo, que se ganan.
Aunque haya que morir.
La Juana de Arco, la Agustina...la Hillary Clinton
de porque no me da la gana.
La que invade mi espacio vital aunque la esté apuntando con una recortada.
La Atlántida.
El Ave Fénix.
La Carterpillar.
La no se vayan todavía, aún hay más.
La te voy a querer toda la vida.
Porque me aburro, y no tengo otra cosa que hacer.
La ahora tengo ganas.
La te voy a comer.

Esa.

Una mujer extraordinaria.






3 de junio de 2014

¿Qué pasa Bob, otra vez muerto?


Hay algo en el canto de los pájaros que me hace más hombre,
más cerca,
mejor.

Daría mi polla por un cigarro.

2 de junio de 2014

Cortar tendones, hervir a fuego lento, sazonar.


“A pesar de, por encima, sobre todo, te amo”

En cambio yo, por encima de todo, me amo a mí.
Después amo las patas de los pájaros, 
el silencio de los garajes subterráneos,
el otra vez de un día más sobre este mundo. Tantas cosas. Tan hermosas. La hojarasca...

Como echarle margaritas a los cerdos, eso hace, esta ella
conmigo.
Con el salvaje. El alquitrán. El indomable.

Y añade, libremente.

Yo la perdono, porque no sabe lo que dice.

O es que me da miedo, sencillamente,
que sea verdad.
Que me haya deshojado. Descubierto. Y yo, fosilizado, 
añore como hago el ámbar de sus ojos a esta hora, aquí, entre las sombras,
de lo poco o lo mucho que me quede por vivir.

No soy tuyo.

La gente no se pertenece.

Pero lo cierto es que me encanta que me dejes en el micro restos de la cena.

Aunque yo no sea el zorro de Saint-Exupery.

Ni un junco. Algo más amable. Tal vez pan. Un tallo, no sé.

Me vienes grande. 

O tarde.

Yo, antes, sabes, de ti ya había perdido todas las batallas.

Y ahora que el otoño me ha alcanzado,
llegas enorme con tu nueva arquitectura,
a construir castillos en el aire.

A pesar, por encima, sobre todo.

A llamarme cobarde.

A salvarme de mí.

A reiniciarme. Como al Windows xp.

Me va a doler mucho. Lo sé. Tanto amor para mí solo. Tanto y sin saber por qué.