31 de octubre de 2014

Satie y una mosca


No sé una mierda de botánica;
pero esta tierra es generosa y casi todo crece.
Si la punta del dedo.
Si el agujero.
Si el agua,
o se enredan, tus manos en las mías, como la puta hiedra.
Y el sol, claro. Y los días largos.
Aunque nos crezcan los enanos del jardín y se vayan a la universidad
siempre podremos decidir seguir aquí, como París, desesperados,
por partirnos a besos la cara, o tal vez por si acaso
y merecía la pena trasplantar la esperanza
a la cresta de una ola.
Sé muy poco del tiempo. Sé que hace tic tac. Que se te caen el pelo y los acentos,
la arena del bolsillo y las agujas del reloj,
no te perdonan ni un sólo pecado.
Sé menos de eso que nadie que llamas amor.
Pero Co2 o cuatro o 33 rpm, que te quiero-o-o-o, así, con eco,
y he plantado un manzano en nuestro honor
donde ninguna fruta esté prohibida.
Y encendernos a los postres como un lanzallamas.
Y mirarnos como tigres a los ojos con las uñas.
Y que me co+s la, con una cucharita de café.
Y que te canses de abrazarme nunca de.
Y clavarte a martillazos. Contra la pared. Con esto.
Y caer sobre el césped desangrados como cerdos.
Y que brote.
Y que el suelo se parta de raíces y todo lo que amamos,
crezca a nuestra sombra.
Y al azar,
caminamos...caminamos...caminamos.





30 de octubre de 2014

Cartas marinas


Se llamaba Rafael y tenía toda la vida por delante. Tenía una novia preciosa y lista como el hambre y una furgoneta Volkswaguen donde en cuanto podían y con sólo unas monedas y un par de bocadillos se escapaban a descubrir mundos nuevos por ahí los fines de semana y a soñar bajo la sombra de una encina que alguna vez tendrían muchas ventanas con macetas que dejaran, abiertas, correr el aire por la casa como un niño. Un perro que se llamara Walter. Uno de esos tocadiscos antiguos, donde escuchar a la Simone llorar apoyada en la farola que hace esquina con Park Avenue, por un mexicano de Chihuahua. Tenía, todas las ganas de ser alguien, una persona por lo menos; tenía un cactus junto al ordenador de la oficina al que siempre en abril le brotaba una ridícula florecita. Tenía un montón de amigos. Los dientes muy blancos. Un tatoo que decía: “Carpe Diem”, y un corazón tan grande, que el día que aquel coche se saltó el semáforo y lo embistió como un rinoceronte, no se cabía en la 212, entre enfermeras; compañeros de curso; primos; vecinos y hasta el panadero del barrio o una mujer que nadie supo nunca cómo se llamaba y que llegó diciendo que si allí era donde el chico aquel tan guapo que una vez me ayudo a cruzar la calle, y así todos los días aunque tuviera prisa por llegar a algún lado. Yo, a veces, tardaba más queriendo, por supuesto en cruzar el paso cebra, a ver si me contaba dónde iba, con aquello latiendo tan rápido, y que cómo se llamaba, ella, claro, porque el chico, dentro de los ojos, tenía algo, ya me entiende, como cuando ves el mar la primera vez, para mí, que era rubia.

Tenía veinticuatro años y ahora hay que regarlo como a una puta planta. No habla. No se mueve. No siente nada. Ni las llagas en la espalda ni el frío ni el calor. Da igual que le des los buenos días o las buenas noches aunque todavía esté brillando el sol. Rafael ya no está. Su actividad cerebral es tan plana desde entonces como una pista de patinaje sobre hielo. A veces, dice su madre, parece que te entiende. Porque es su madre. Pero no te entiende. Nunca más va a hacer otra cosa que apenas respirar, y de vez en cuando, sufrir algún espasmo muscular por completo aleatorio y puntual, y que a ella le parezca que. Porque es su madre. Y aunque ya haya perdido la esperanza, Rafael todavía es su hijo. Y lo será mientras respire. Y cuando ya no lo haga. Pero mientras respire seguirá todas las tardes a la hora del café contándole cosas de ahí fuera. Que Papá no está bien de la tensión, que no hace caso y se levanta por las noches a comer y deja abierta la nevera y aquello hace ¡piiii piiiii piiiiii! y así, no se puede. Que ya ha sido el cumpleaños de Javier, que lo han celebrado a los pies de su cama y su hermano, después de soplar lo ha abrazado y le ha dicho al oído que ya se ha sacado el carnet, que piensa ir a Luxemburgo, que si le deja las llaves. De la Volkswaguen.
Que el equipo de rugby había mandado una postal desde Canadá, porque habían llegado a las semifinales. Que mañana tocaba afeitarlo. Que el domingo iba a hacer arroz con mejillones y esos trozos de pescado que tanto le gustaban. Que no. Que para qué. Si tú ya sólo comes por un tubo esto triturado. Que no estoy llorando. ¿Ves? Tenía un ojo en la cosa. Que te quiero contar... No te enfades: Isabel se casó. Con un muchacho de Alburquerque. Muy alto. Dicen que tienen dos varones. Y que el primero se llama como tú. La última vez que estuvo aquí me dijo que el psicólogo le había aconsejado que dejara de venir, que iba ya para tres años, que tenía que tener una vida, una donde no estuviera todo el tiempo llorando, sin poder hacer nada, porque eso era, le habían dicho los psicólogos me dijo, lo único que se podía hacer...yo, hijo, fui la primera que le dije que tenía unas alas tannnn bonitas... que ya era suficiente, que volara, porque sabes, Rafael, la vida, pobrecita, se le estaba escapando.

Tenía, entre las manos, la arena de la playa.




27 de octubre de 2014

Concierto para cello y asteroide


...el viento entre las hojas de los árboles bailando una espiral
y en los zapatos de la gente, historias increíbles. Verías,
que el paisaje no es el mismo ni un segundo. Que hay flores que se abren.
Que crece un hormiguero.
Que el polvo se levanta y se vuelve a posar sobre los muebles, si vieras con mis ojos,
como detrás de las ventanas siempre hay alguien.
Haciendo las camas
levantado a los niños
pintando las paredes, llorando en la cocina.
Mirando fijamente en el espejo el primer grano.
Echando a alguien de menos.
Abrazados. Tal vez.
Intentando no caer en picado.
Jugándose la vida a cara o cruz.

Respirando.

Bacterias tan hermosas como copos de nieve,
y en cualquier charco,
barquitos veleros encallando,
si vieras,
con mis ojos que en el cuarto creciente de la luna hay un perchero,
colgarías tu pijama.
Podrías dibujar tus propias nubes en el cielo.
Tus mejores sonrisas en la cara.
Verías las raíces; los huesos; las espinas de los peces
los corazones de alcachofa
el magma.
Palpitar el amor. Por todos sitios. En todas partes.

Y entonces lo sabrías:
que la música se puede masticar.
Que las plantas te escuchan.
Que hay más colores.
Que algunos ni siquiera tienen nombre.

Y más allá, el cosmos.

Tanto espacio para jugar. Si vieras,
sobrevolar las grullas los campos de vainilla,
o cómo flotan las naranjas en mitad del océano Pacífico.
Si vieras las auroras boreales.
Si vieras Liliput, Ítaca, las manos de los jóvenes
tan limpias todavía.

Que el otro se tropieza.

Que no se busca.

Si fueras pasiflora. Si yo fuera pared. Si vieras, que de pronto,
todo era perfecto.




24 de octubre de 2014

Crazy for you


-Debería dejarme barba...

Y me ha mirado así. ¿Os acordáis de la música de Tiburón? Pues igual. Escalofriante. De pie frente al espejo como un pistolero, con la cuchilla de afeitar en la mano y la espuma en la otra, a punto de, mientras ella hace pis, lo intento de nuevo:

-¿No crees que inhibes mi personalidad? En el fondo te gusta mi barba. Se te nota. ¿Puedo dejármela? ¿Em?

Y Antes de que diga, “No. Pica”, le suelto un par de perros:

-Pues yo te como el coño y no protesto. Y ya me gustaría. Como el de la muñeca Nancy. Qué rico.

Parece un jarrón. Mírala. Con los brazos en jarras como Bud Spencer. La verdad es que da miedo. Nunca me haría daño; pero sólo de pensarlo me tiemblan las piernas. Esto se me ha ido de las manos. Ahora me va a contar lo de que si de verdad la quiero me pondría en su lugar. No creo. Harían falta tres o cuatro como yo para ocupar todo ese sitio. Total que va y me dice, que si no me afeito, no hay besos. Y yo le digo, “¿Ah, sí?”, y ella se acuesta. Se acaba de duchar. Huele. Muy bien. Como un postre.

¿Qué vas a hacer, idiota?, le pregunto al tío del espejo. ¿Vas a dejar que tus hormonas decidan por ti?

Pues sí.

Porque yo sin sus besos me muero. ¿Para qué quiere un muerto una barba? Me tiene cogido por los huevos. Acéptalo, tiene la sartén por el mango. Tiene los besos.

-Me he afeitado.

-ya lo veo.

-¿Y mis besos?

-Mañana. Tengo que levantarme muy temprano. Te quiero. Apaga la luz.

Y se ha dado la vuelta.

Se ha dado la vuelta.

¿Y mis besos? Me cagon la puta ¿y mis besos?

¿Os acordáis de El Resplandor?



23 de octubre de 2014

Soy un círculo


Llegaban al nido sin nada en el pico.

Primero fue el miedo a las bolas de goma;
la cruz en la pizarra;
los ahora te vas a enterar.

Después fue el hambre.
La espada y la pared.

Y el hambre sí pudo.
La voz tomó las calles
-”Hijos de puta”-.
Rugía como una tormenta
y llevaba los niños en brazos.
Sin tabaco ni bolsillos. Gente de a pie.
Gente con huesos y recuerdos
unidos como trenzas reclamando pan a cambio
de toda la sangre que fuera necesaria.

Sangre de abuela y de albañil,
de embarazada, fontaneros, estudiantes.
Sangre de pájaro y de perro.
Roja y caliente.
Como un rio.
Un infierno donde se moría con lo puesto:
pero sonriendo como Burt Lancaster.

Hasta que llovió como maná, del cielo,
pan
como la lluvia en el desierto.

Hubo que enterrar muchos muertos.
Que comenzar de nuevo.
Que no olvidar.
Que aprender a nunca más ofrecer la otra mejilla.

Volvió el viento en la cara y mirar el horizonte
se convirtió en una asignatura de primaria.



Para Bea Calvo y todo el que esté a punto de estallar

22 de octubre de 2014

Toma 3


Fue tan bonita como escribir un libro con dos dedos.
Corta como febrero. Guarra en la cama. Un cisne.
Y sobre todo fue sincera, no, me dijo, soy de nadie.

Yo la creí hasta donde han enseñado al hombre a creer en algo,
y fue una gata en mi tejado hasta que un día
hizo la maleta porque sí.

Se llamaba Me Dueles, y aunque nunca fue mía,
me dejó esta cicatriz en el labio.







21 de octubre de 2014

Cada vez que


Hay una parte de mí que hasta entiende por qué te compartas así. Y otra que lo sufre. Y ya no lo entiende. Cuanto más alborotas, menos te entiendo.
Si te faltara un brazo ¿podrías vivir? ¿Sin un ojo, sin una pierna? Aún podrías ir a la pata coja hasta Malasia o hacer malabares sencillos con naranjas y plátanos. Respirar este aire. Pero sin mí, nunca sabrías qué había dentro de las nubes. El amor es cosa de valientes. No se salta del barco como una mala rata. No se abandona el puesto. Un capitán se hunde con su nave.

He visto en el naranjo la primera flor de azahar. Fuera. Mientras regaba de lágrimas el césped. De lágrimas por ti, como en esa canción de Luz Casal.

Si me vuelves a gritar, me moriré.


19 de octubre de 2014

Peldaño nº 11119


He alcanzado el nivel naranja. No sé si es mucho; pero sé que es suficiente. Sobre todo si lo comparo con el color mierda de mi vida hace no mucho. O el gris que nublaba mis días no hace tanto. Sin ir más lejos con el verde que emanaba como un geiser así, a ratos, tanta esperanza. Sin saber si. Sólo queriendo, queriendo que. La esperanza está bien. Pero es mejor el movimiento-aunque se quiera mucho, a veces, la esperanza nunca es suficiente-, la acción, el resultado. Se acerca más a estar vivo que vivir de mirar nubes. Se acerca más a las nubes, de hecho.

Ayer fuimos a ver a mi madre.
“No me conoces mamá. No sabes una mierda de mí. Te has perdido lo hermoso que soy. Llevo media hora cenando contigo y ya me quiero ir. Me pregunto qué hace que yo sea tan poco importante para ti.”
Soy pura energía, me digo. Soy un hijoputa. Tú puedes, me repito mientras mastico.
-Esto es para que vayas a la peluquería”. Y dejo el billete sobre la mesa. Para demostrarle a una mujer que nunca me ha abrazado que sólo hay una manera de hacer las cosas bien.
Allen me mira complacida, de que el mismo hombre que la muerde hasta que le salen cardenales en las tetas, tenga un corazón ahí dentro.
Allen sí me abraza. Me abraza como a un árbol y me dice cosas al oído. Siempre cierro los ojos. Me dejo caer y cierro los ojos. Y la escucho decir las cosas más bonitas que me han dicho en mi vida. Y cuando los abro, sigue allí.
Los trenes no pasan una sola vez. Pasan muchas. Tal vez no el mismo siempre. O no a la misma hora. Allen fue un trenecito de vapor entrando por la vía nueve. Yo apenas un saquito, de huesos esperando en la estación.

En el nivel naranja no hay promesas. La promesa en sí no puede calificarse como acto, si no como un absurdo e irrefrenable deseo de inmortalizar lo que ni siquiera ha ocurrido aún, elevando algo tan abstracto como el futuro, a una quimera, a una probabilidad entre un millón. Por ejemplo morirse. Si ya no estás, si algún día. Te lo prometo. Pero nadie se muere. Ni te baja la luna. Ni pollas de esas.

No hay miedo. El miedo actúa como depresor de la velocidad, inquieta e induce al desatino de la locomoción, provoca el advenimiento, poco a poco en ti, del fracaso. De las noches llorando bajo las sábanas. De los días sin comer. Del no me tengo. Del se acabó.

Ponte una pistola en la cabeza. Seguro que cambias de opinión.

No hay perdón. No si quieres pasar a otro nivel. Y yo quiero. Quiero brillar. Un día. Antes de morirme.
Tengo una lista de las cosas que hice mal. Es una lista larga. Muy larga. Fue porque un día me quedé sin excusas. Y me miré al espejo y el tío del espejo me dijo que quién coño era yo para andar por ahí como si fuera el rey del universo. Partiéndolo todo como si fuera mío. Pisando el césped y cortando margaritas de raíz. Y vi mi rastro. Y lloré mucho para nada. Y aquel día compré una pistola.

Y ahora estoy en el nivel naranja. Me parece increíble. Y aún conservo los dedos de los pies. Y algo de pelo. Y estoy más cerca. De cualquier cosa. Sí, el nivel naranja está bien. Al fin y al cabo fui el tío que inventó aquel puto planeta. Lo que yo quería, no era de este mundo. Aunque en realidad lo que pasó fue que nunca me rendí.

No hay pasos en falso.

Hay que.

Como si te hubieran metido una granada en la boca.




16 de octubre de 2014

Solsticio de leche merengada


Lo que engorda nuestras vacas no es amor, es pienso,
la hierba, o cualquier otro alimento propio de quien rumia
dios sabe qué mientras espanta moscas con el rabo.

Lo que hace crecer nuestras macetas no es amor.
Es el agua. La tierra. El Sol.
No son los besos, las palabras, no es el mimo
con que andamos mirando a ver cuando florecen.
Es el verso, ese segundo, el que dice es
el agua, la tierra, el sol, no
es
amor.

Lo que fríe las croquetas no es amor, es el fuego
es el aceite
no
es
magia.
No existe el duende que separe
la de color y ropa blanca, que planche ni que,
ni que, no
existen los milagros.

Es el despertador.
Es otro día por delante.

Lo que hacen los pájaros.
Cuando nadie los ve.

Lo que te digo así, sin apenas mover, ni un poquito los labios.



14 de octubre de 2014

Casi perfecto


Tengo 28 años y sufro síndrome de Down. Aunque lo que me hace sufrir en realidad son otras cosas. Cómo que papá me lleve al bar y sus amigos, me pregunten que si he follado ya. Porque tengo novia. Se llama Margarita. Es muy guapa. A veces nos tocamos. Con las manos. En sitios. Pero nunca hemos follado. Queremos follar cuando nos casemos. No por dios ni nada de eso. Dios no existe. Aunque existen los ángeles. Todo lo que tenga alas, existe. Es porque queremos hacerlo la primera vez en nuestra cama. Una cama grande con mantas de cuadros de muchos colores. Nos gustan los colores. Y con música. Y velas, como en las películas. Estamos ahorrando. Margarita cose. Cose cosas. Pantalones, botones, camisas...cosas rotas. Yo trabajo en la ferretería de mi padre. No me deja vender cosas complicadas como, taladradoras o, metro de manguera; pero soy jefe de sección de la sección de tuercas y tornillos, puntas de clavo y rodamientos. Es broma. También puedo vender taladros y pintura. Me gusta bromear. Es divertido y la gente sonríe. Me gusta la gente que sonríe. Margarita siempre sonríe. Por eso es tan guapa.
Me hace sufrir que mamá no aprecie la vida. Que vaya por ahí como sin ganas. Si supiera, que camino al trabajo a lo mejor la atropella un coche o le cae encima una maceta o yo qué sé, si, si supiera qué corta. A lo mejor mamá no se encerraba a llorar en la cocina. Se compraría un vestido nuevo. Nos llevaría al cine. Si supiera qué corta. Si supiera hasta cuando. Mamá nunca sonríe. No es feliz. Pero no es culpa mía. Las cosas son culpa de uno. Y la culpa de mamá es que toma demasiadas pastillas. Por demasiadas cosas. Casi por todo. Papá dice que es una hipocónnoséqué. Y que le salen las lentejas duras.

Hoy he visto una casa en alquiler. Es grande. Y tiene flores colgando del balcón. Me gustan las flores. Me gustan mucho las flores.




12 de octubre de 2014

My Dolly


¿Te acuerdas del día que fuiste capitana?

Aún sabiendo que aquello se hundiría,
aquel ahora fue mío para siempre.

El barco era un delfín sobre las olas
ultramarinas de un libro de texto, pequeñas y rizadas
como pestañas de gato. Te tenía,
toda para mí.

Fue un momento blanco. Vacío de tiempo.
Como una burbuja flotando en el aire.
Fue. Y fue cierto.
Y sin darnos cuenta, lo único importante fue que el cielo,
seguía estando lleno de gaviotas.

A veces, con aquellos ahoras hago
poemas de amor ahora que es siempre
y tú,
nunca volverás de entre los muertos.





9 de octubre de 2014

Tercer movimiento


Universo me resulta una palabra pequeña
ante tanto aún por descubrir.
No habrá medida que yo pueda imaginar
para dar nombre a.
Tal vez no exista una unidad que pueda referirse,
a lo que existe sin otro motivo que existir.
Tal vez la métrica sea sólo un invento del hombre
para abarcar de algún modo lo que ya era,
y esclavizarlo hasta que mienta,
y diga por decir, yo, valgo tanto.

Los valores no existen.
Existe el miedo. La pulcritud, tan sucia con que andamos,
recuperándonos siempre de alguna caída.


1 de octubre de 2014

Como un chicle pegado a la suela del zapato


A veces me dan ganas de mandarla a la mierda. Ahora mismo, por ejemplo.

Hoy se ha estropeado la máquina infernal, o sea: el corta-césped. No me extraña. Tiene un aspecto deplorable, de puerta vieja o de papel de ese pintado que se cae de las paredes de cansado. Pero a mí me gusta así. Y siempre arranca. Menos hoy. He tardado en arreglarlo dos horas; cuatro tornillos; tres bridas de plástico; una cosa que no sé lo que era; un corte en la mano; dos golpes en la mano del corte; mil doscientas cincuenta blasfemias y casi una insolación bajo un sol de justicia. Hasta que hizo rum rum rum.
Luego he pasado otra hora cortando el puto césped, y otra, quitando hierbas malas y otra podando el limonero, su puta madre el limonero, cómo pincha el limonero. Luego he pasado el rastrillo, le he perfilado las patillas con tijeras al jardín y he tirado a la basura un millón de hojitas muertas, un millón, de buganvilla, en cinco bolsas negras como el día que nací su puta madre, cómo pincha el limonero.

Llevamos días discutiendo. Por esto, por aquello, por lo otro. Perdiéndonos cosas. A ver quién puede más. A ver quién es más tonto. Qué triste. Sobre todo en la cama Sin abrazos ni besos ni mi pie con su pie.

Así que me he duchado y le he dicho, me voy un rato a caminar. Y ahora estoy escribiendo esto. Porque la echo de menos. A la que nunca se equivoca. A la que lo hace todo bien. A doña perfectísima. A la misma que le he dejado el jardín hecho una prímula, o un cuadro pintado con tres pelos de pincel. Porque le gusta ver crecer la casa. Y llamarla hogar. Y cambiar muebles de sitio y colgar lámparas, cortinas, cuadros...
Yo soy un bruto. Un salvaje, un paranada. No entiendo de milongas ni he visto un protocolo de esos en mi vida. Y así la amo. Sin artificios. No sé si bien. Con estas manos torpes. Como si fuera una canción.

Cuando regrese a casa tal vez me reciba con cara de caballo y un hola tan pequeño que mejor hubiera sido quedarse callada. Qué triste. En vez de decirme, “Me acuerdo. Sé por qué estoy aquí”. Y yo de decirle que vengo de un naufragio.

Tal vez la bese nada más. A estas alturas es lo único que todavía entiende, aunque no tenga explicación, ni nadie la necesite.
Al fin y al cabo, sólo es amor.