30 de diciembre de 2015

Cosecha del 65


Salí de Indianápolis con seis o siete dólares en el bolsillo justo porque la noche anterior había invitado a putas, whisky y algunas canciones de gramola que empezaban por B a toda la gente de aquel antro hasta que ya no me acordaba de mi nombre y contestaba a todo que sí. Y por eso cogimos aquel tren y por eso, sin saber hacia dónde, el polaco y yo emprendimos un camino que iba a terminar muy cerca del Mar de la China. El polaco decía que había oído hablar de árboles que andaban, y que sólo uno, debía valer mucho dinero o tanto, como para estar el resto de la vida acostado en un sofá de piel de vacuno italiano mientras una manicura te la chupaba. A mitad de camino, el polaco amaneció tieso como un palo y con las fosas nasales como cuevas submarinas de la coca y una jeringa con algo dentro muy muy malo que había comprado demasiado barato en una gasolinera de Columbus, Ohio, en la que un rastafari que nos habían señalado con el dedo en el mapa unos chicos que jugaban un partido de basket, además de combustible vendía armas de mediano calibre, droga y revistas alemanas con fotos de tías metiéndose por el coño botellas de champan francés.

Yo en cambio, sólo tenía curiosidad por ver andar un árbol. Aunque no imaginé ni por un momento que también hablaran. Mindanao escondía otros secretos para mí que tampoco imaginaba.

Ciertamente estaban allí, como había dicho el negro al que el polaco había emborrachado aquella noche para que soltara prenda del lugar del que presumía en aquella foto y en la que se le veía sobre una especie de cedro cabalgar por una pradera de hierba y arrozales, con un sombrero de piel de cocodrilo alzado sobre su cabeza en señal de, joder, nunca creí que estar tan loco pudiera hacerme rico. Pensaba vendérselo a un circo. A él, se lo había contado un senegalés con una sola pierna que hablaba nueve idiomas y fumaba en una pipa de espuma de mar con el nombre tallado de su madre, que había muerto a manos de un trilero de diez o doce puñaladas porque el tipo aquella noche había perdido muchísimo dinero y trajo a casa a algunos amigos para saldar sus cuentas, si le hacían el favor de hacer cola.

Eran enormes. Como casi montañas de un verde muy verde en aquel sitio plagado de mosquitos y olvidado de la mano de dios. Estuve una semana escondido en la maleza hasta que vi como uno se movía. Sacó lentamente las rices del suelo y se puso a caminar ladera arriba hasta que sin querer pisé una rama y me vio. Se quedó quieto como un árbol. Como si siempre hubiera estado allí.
Satisfecha mi curiosidad de que el mundo está hecho de cosas ocultas e imposibles y sólo visibles a los ojos más puros-yo estaba ciego por entonces como lo sigo estando ahora, pero tenía todo el tiempo por perder-, me di la vuelta a seguir cualquier camino si era difícil. Y entonces habló: “ Hay una mujer en la isla de Southampton con un tatuaje de un colibrí libando del corazón de un hombre con los ojos azules”.

No le digas a nadie que fui libre”, añadió. Y se lanzó por el acantilado.

Encontré a Nuna sentada sobre una enorme piedra mientras la luna salía aquella noche treinta y dos años después. Hacía tanto frío, que el corazón se nos paró:

-Llegas tarde. Los perros se han comido mis entrañas”.





29 de diciembre de 2015

Love Actually



Encuentro ropa de Satélite por todos lados. Colgada de la lámpara; desperdigada por el baño; bajando la escalera...Son como migas de pan de donde ha estado. Cada cáscara de pipa, cada envoltorio de caramelo; cada flecha y corazón con nombre dentro dibujado en su libreta. En una esquinita. Con boli rojo. Cada luz que se deja encendida. Yo he estado aquí. Un huracán.
Y tropezar con sus zapatos.
Y matarme las veces que haga falta.
Y verla crecer. Como a un árbol.
Y que alguien me recuerde que es, estar vivo.

Hoy he encontrado un tupperware. Yo solito.
Y he puesto huevos a hervir en un cacharro. Clock clock clok. Pelo una cebolla. Lloro. Por nosotros. De felicidad.
Porque a pesar de que a veces eres muy hija de puta yo te quiero.
Porque a pesar de que a veces eres una dictadora yo te quiero.
Porque a pesar de que tienes los cojones como un mulo yo te quiero.

Ya sé que me amamantas, Coliflor, y me haces la vida posible; pero hay cosas que también me gustarían:
Salir bajo la lluvia a pasear-respuesta: ¿para mojarnos?-.
Ver tres películas seguidas del señor de los anillos-ja, ja, ja-.
Volver de la lluvia y follar en cualquier sitio- más jas-.
¿Por qué no tengo un pato?
Jugar al Tekken tournament y darte una paliza.

Me han salido raíces. ¿No lo ves? En este sitio de farolas amarillas y calles cuesta arriba, aquí, contigo, que lo eres todo para mí. Mi lucero del alba. Mi pozo del deseo. Mi mejor amiga. Tú-loa-, oh, diosa olímpica que me clavas los codos por la noche en la cama. Tú que pisas tan fuerte que a tu paso todo tiembla-yo también-, tú-fin de la loa-, oh, diosa.

Pero te quiero. Aunque nunca sepa que estás pensando.

Y todavía hay canciones que quiero bailar contigo.

Y me ha salido un botón en la barriga. Si lo pulsas, sonrío.

Los huevos ya están. Un poco de sal, estas patatas...mierda, no hay patatas.




26 de diciembre de 2015

Fragmento nº 7


Había una que me gustaba. Más que las otras. Y las otras me gustaban mucho. Se llamaba Estrella y tenía el pelo largo y rizado y unos ojos bonitos y diecisiete años. Vivía en el barrio rico. Sus amigas eran todas gilipollas; pero ella no, ella era tan dulce, que me la hubiera comido allí mismo en la puerta del cine. Iba todos los domingos. Yo vendía tabaco de contrabando y pipas de calabaza.

“-¿De qué se ríen tus amigas?

-De nosotros. Dicen que estoy perdiendo el tiempo. Que se me ve rara contigo.

-Porque soy de Los Cerros. ¿No? ¿Y qué haces hablando conmigo?

-Me gusta cómo me miras...”

En aquel momento tuve la certeza de que Estrella iba a darme muchos problemas. Pero lo único que me salió de la boca, fue que quería invitarla a café.

“-¿Y mis amigas?”

Tus amigas que se vayan a tomar por culo. Y tú te vienes conmigo, con un chico de Los Cerros a que yo te diga lo bonita que eres y te pase la mano por la cintura detrás de una tapia y te coma esa fresa que tienes en la cara.

Bueno, no dije exactamente eso; pero Estrella era lista. Si no, no tendría aquel nombre.

Claro que nos fuimos. Calle abajo, bajo las primeras lluvias de una bonita tarde de febrero. Me habló de sus padres. De que la iban a casar con un estudiante de abogacía que tenía la cara como el cartón y nunca le había puesto un dedo encima en seis meses de novios. Que era hijo de unos amigos de la familia de toda la vida. Que se llamaba Álvaro. Que era un chico genial.

Pero Estrella estaba allí. Conmigo. Para que yo la mirara de aquella manera que a ella le gustaba. Para quedarse callada cuando a mí se me escapaba un suspiro mirándole aquellas tetitas como flanes debajo de la blusa, que yo imaginaba blancas y tiernas y a punto de brotar, seguro, que sabían a pan.
Conmigo. Para que en lo que tardaba en enfriarse un café, la hiciera añicos.

La besé. Sólo una vez. No tanto tiempo cómo hubiera deseado; pero sí lo suficiente como para que todos nuestros átomos se hubieran fusionado, llegando así a un estado cuasi perfecto de entendimiento y levitación en el que sobraba cualquier tipo de lenguaje para que los dos supiéramos que en cuanto nuestros labios se separaran ella iba a levantarse de la silla porque venía de camino ya el caracartón en un coche muy chulo que se había recién comprado y yo, me quedaría allí un buen rato más. Disfrutando del olor de Estrella todavía flotando en torno mío, como sólo se disfruta de lo inalcanzable.




22 de diciembre de 2015

El viaje


Ahora mismo, ahí fuera, hay alguien buscándote. A ti. Aunque todavía no lo sepa. Porque sobra mucha cama; porque hace frío en invierno; porque tiene que haber alguien en el mundo al que le guste, como a ti, tanto tanto tanto tanto tanto Bruce Springsteen. Encender el mechero. Cantar desafinando.

“-Ha estado aquí antes una chica preguntando por ti.

-¿Emmmm? ¿Una chica? ¿Seguro? ¿Aquí? ¿En el trabajo? ¿A mí?

-Sí coño.

-¿Y qué quería?

-Tu teléfono.

-¿cómo-cómo-cómo-cómo-cómo? ¿Para qué? ¿Y se lo has dado?

-Es que era tan...

-¿Tan qué? ¿Tan qué? Me cago en la puta, no me puedo creer que le hayas dado mi teléfono a una desconocida. ¿Y si es una psicópata? ¿Y si quiere matarme? O peor. ¿Por qué coño le has dado mi teléfono? Porque era tan...¿Tan qué, Ramón?

-Bonita.

-¿Y por eso le has dado mi teléfono?

-Verás, entró, por la puerta y se puso una sonrisa y me dijo, oye, oye, ¿tú sabes un chico que trabaja aquí que es, así de alto y que nunca se ríe, con el pelo moreno, con los ojos muy negros, de mirar muy lejos, un chico que...bla bla y bla? Y yo le dije, tal. Y ella me dijo, ese. Y yo le dije, sí, ¿por qué? Y ella me dijo: porque es muy guapo.

-Tu puta madre Ramón. ¿Como le has dado mi teléfono a esa tía?

-Y sacó un papelito del bolso, coño y, me puso por delante un bolígrafo para que le apuntara tu número allí. Y lo pidió por favor. Con aquella sonrisa. Y además le brillaban los ojos, mira Paco, yo, no sé decir que no cuando me, cuando me...Total, que me vio muy apurado y entonces me dijo que es que le gustas. Y que te va a llamar.

-¿Que me va a llamar?

-Sí coño, ¿si no para qué quiere el teléfono?

-Que mal rollo. ¿Y de qué me conoce? Eso es que me ha estado espiando. Eso no es normal ¿no Ramón? Digo yo. No sé. Pues nada, cuando me llame le digo que no.

-¿Que no a qué? Si no sabes lo que quiere.

-Que soy muy guapo, coño, Paco, que soy muy guapo, ¿qué va a querer? Destrozarme la vida. Me cago en la mierda.

-Lo más seguro es que te invite a café. Tú le dices que sí, y si intenta matarte le dices que no te interesa. Y ya está.

-¿Y te ha dicho su nombre?

-Nop.

-Esta no te la perdono. Te va a cambiar el turno un guardia. De verdad que no me lo puedo...¿Ringggggg-ringggggggg? ¿Ringgggg-ringggggg? ¿Qué hago Ramón? ¿Lo cojo? Dime algo hijoputa. No lo cojo. Ya está. Solucionado. Joder. No para. ¿Qué hago Ramón?
...¿Sí? ¿Quién es?

-Yo”.



El viaje

21 de diciembre de 2015

Cómo ser feliz cinco segundos


¿Cuántas veces nos hemos quedado cruzados de brazos esperando que un problema se resuelva solo? Cuenta conmigo: una, dos, tres...que en total, suman demasiadas. Y demasiado de algo nunca es bueno. La ecuación sería, a más deberes por hacer, menos resultados, igual a, me gustaría tener un estado emocional de puta madre; pero mi vida es una mierda. Es evidente, que ese algo que nos toca hacer a nosotros-porque también es evidente-, lo estamos haciendo mal. O ni siquiera lo estamos haciendo. El auto engaño es una droga dura. Engancha. Y te conviertes en un yonki de aceptarlo todo, da igual si la vida te mete un palo por el culo. Eso es así. Eres un desgraciado, un mala suerte, un cobarde. No te escuchas. Porque duele. Porque es difícil, todo es difícil, la vida, es una jungla. ¿Debería añadir que es, evidente?
Sin embargo vemos gente a diario a la que le sale la ecuación y por lo tanto, obtienen resultados lucrativos. Por eso sonríen. Sonríen por todo. Lo soportan todo. Existen, yo, los he visto. Uno podría pensar que es suerte. Puede. Pero en un porcentaje muy alto, es trabajo. Es hacer esos deberes todos todos los días. Es enfrentarse a la jungla, a los leones y las hienas y tanto hijo de puta sin collar. Al cáncer, a la arteriosclerosis múltiple, a que tu mujer ya no te quiera, a que los hijos no llamen, a que nadie se acuerde de tu cumpleaños, a que te quedes sin trabajo, a vivir, joder, pase lo que pase.

Postura A: me dan una envidia que te cagas. Los odio. Porque yo no soy capaz. Ni siquiera soy capaz de dar el primer paso. Y es culpa de ellos. Porque lo digo yo. Tiene que ser culpa de alguien, mía, no, desde luego. Porque yo tengo mala suerte. Soy un desgraciado. Todo me sale mal.

Postura B: Sonríen. Yo también quiero sonreír. Quiero sonreír como ese chico que no tiene ni piernas ni brazos, quiero sonreír como la vecina del tercero, que tiene un hijo con el síndrome de Down y un hermano que le roba monedas de bolso y que vive en su casa porque se está quitando, dice, de metérselo todo. Ella se llama Genoveva y trabaja en un bar de carretera aguantando que entren por la puerta lo que la autopista traiga y le miren el culo como a una bestia y más de uno le diga cosas guarras. Nunca descansa, porque si no, no llega a fin de mes. Siempre tiene monedas en el bolso. Para ella sabe qué. Porque es su hermano. Porque sabe que le duele.

Anexo a la postura B: Haz algo con tu vida de una puta vez. Espabila. Muévete. Despierta. Nadie te va a salvar la vida.
O muérete. Así, poco a poco. De pena; de nostalgia; de amor; de bla bla bla.

Es tu elección y estás en tu derecho. ¿Pero sabes? No es tan cierto que nadie debería decirte lo que tienes que hacer. A veces pasa. Se llama ayuda. Se llama te quiero y no voy a dejar que te hundas. Se llama, ven, es por aquí.

Y es un comienzo.

¿O tienes algún plan mejor?



19 de diciembre de 2015

Poema de amor para mí mismo



Si me muero mañana, amor, quiero que me entierres debajo del manzano,
¿me lo prometes?
Quiero que seas sincera como el día que te pregunté si yo era guapo.
Te quedaste callada. Callada y nerudiense.

Quiero que escuches a los árboles.
Mañana. Cuando sea
que yo ya yo no esté.¿Me lo prometes?

Cómo se mecen, en el viento mis yo también te echo de menos.

Puedes venir a verme cuando quieras. Como tal vez los pájaros,

que mañana se posaran a besarse otra vez entre mis ramas.











17 de diciembre de 2015

Star Wars



Muchas de ellas no existen; sin embargo, te gustaría estar allí, en aquella estrella. La azul. La que tilila. Tan alto. Tan lejos. De todo. De tu puto jefe y de las seis de la mañana y de las sillas que cojean y el rojo escritorio en los ojos y una mierda de sueldo a fin de mes y el frigorífico temblando de vacío y las noches en vela sin dormir porque Mario te ha dejado. Por otra. Más joven. Con un culo nuevo y toda esa inocencia por malgastar. ¿Por qué es todo tan difícil?

Y sabes que no existen pero te da igual, te quedas, mirándolas como si no tuvieras otra cosa en la vida que hacer que observar cómo brillan, mientras en la ventana del piso de enfrente los vecinos discuten como berracos, porque ella quiere un traje que ha visto en no sé dónde y que cuesta demasiado, todo cuesta demasiado, todo es, tan difícil.

Y a cinco manzanas, mientras tú sueñas una vida mejor, a Marisol le están metiendo 25 puñaladas porque la cena se ha quemado. Y se ha quedado como rota en mitad de la cocina, desaliñada y torcida, cómo si le hubiera pasado un meteorito por encima.

Hay un sitio en Helsinki ahora mismo, donde a Rachel le están dando el primer beso. Tan pequeño. Tan limpio. Ya pronto se pasan el chicle de una boca a la otra, ya mismo, de la mano al cine, y todo, porque Rachel ha visto pasar una estrella fugaz.

O alguien le pone tu nombre a una luna.
O un satélite se acerca y te invita a un café. Porque eres muy guapa. Porque hoy estás divina.

Son preciosas.

Tan inalcanzables.



16 de diciembre de 2015

Sexo oral



Escucho a Police mientras te como el coño. A ti te gusta algo más romántico; como oír mi lengua arrastrarse por lo húmedo y, esos ruiditos que hago con la boca, dices tú, como si me estuviera comiendo la guinda de un pastel o le estuviera dando el primer mordisco a una manzana o cerrara los ojos y chupara un helado. Te gusta y me acaricias la cabeza y con la punta de los dedos, me dices que me quieres. Aunque seas más lista que yo, más guapa que yo, más todo que yo, dices, que me quieres. Bajo tu responsabilidad, obviamente. Y es nuestro momento. Sin pañales que cambiar ni perros que sacar a hacer sus cosas ni conspiraciones farmacéuticas o tsunamis o accidentes mortales a 180 termómetros por hora ni facturas de la luz que nadie entiende ni, políticos corruptos ni torres gemelas ni... Sólo tú y yo y las gotas de sudor por la frente.
Si cayera un obús a nuestro lado, ¿saldrías corriendo? Yo no. Me quedaría, porque no imagino otro lugar mejor para morir, que tu coño bonito. Que tu dentro. Lo más cerca posible. Lo más número primo. ¿Imaginas La Piedad de Miguel Ángel estallando en minúsculos trocitos. Pues contigo. Y unirnos al Cosmos otra vez, para otra cosa, como motas, de polvo totalmente útiles y valiosas. Morir de donde vengo. Aquí, en tu coño bonito a salvo de los depredadores y las ráfagas del viento.

Tú, tan de nadie, abierta en canal de Panamá toda para mí, qué tonta, como un regalo el día de Reyes. Como una ofrenda del Olimpo. Como el gordo de la lotería. Como una isla desierta donde huir o la mismísima lámpara de Aladino. Tú, que cuando creo que ya me has dado todo, te abres de piernas.





11 de diciembre de 2015

Otros horizontes



Además vivo en Ukabuca, que es el país de lo que a mí me da la gana. Para eso lo inventé. Para escapar de las facturas de la luz y el trabajo precario y la dermatitis. De la gente que no da los buenos días y los caminos sembrados de mierda de perro. Al principio era un planeta de trocitos de nuez y mermelada. De naranja claro. Pero me lo comí, porque me encantan los dulces y me encanta no resistirme a las tentaciones, como la vez que crucé el mar sólo para darle un beso a una sirena o la otra que viví en una cueva durante cierto tiempo alimentándome sólo de tapones de cerveza.

Aquello es Santa Marta. Un sitio que no aparece en los mapas. A veces me dejo caer por allí. Hay gente muy rara, pero ponen el mejor café del mundo y huele a jazmines junto al río.

Al principio iba a Ukabuca en una nave espacial; pero un día, conseguí coger el planeta con dos dedos, del cielo, y me lo metí por la oreja hasta el cerebro sin pensarlo. Desde entonces está ahí. Por eso cuando alguien reclama mi atención, y parece que no estoy, a lo mejor es que me pilla al Sur, donde está el mar, el mar más azul que hayáis visto en la vida.

Así que he conseguido vivir entre dos mundos sin huir de ninguno. En uno veo por la tele cómo la cicilización se va a la mierda un día sí y otro también, y en el otro, me dejo seducir por las olas, o hablo con las ranas de que no siempre quise ser mejor persona, no hasta que ya no quedaba ningún plato por romper.
Sr silencio es muy amable. Y además fuma.

Aunque Ukabuca nunca fue perfecto. No soy tan tonto. Y también llueve. Y me gusta así, con sus más y sus menos, porque al final, los problemas siempre están dentro de nosotros, vayamos donde vayamos o tomemos el camino que tomemos. Así que es sólo sentarse a mirar en la terraza del Brillante cómo juegan las niñas a la comba. Pasear por la orilla y silbar una canción. Tumbarse sobre el césped a esperar las estrellas.
Recuperar la esperanza y volver fuerte como un toro a bregar con la puta realidad.

Antes me drogaba; pero era muy caro.





10 de diciembre de 2015

Orografias


Porque Hogar tiene Eso. De oreja a oreja. Igual que un caballito de tiovivo.
Desde el día que firmó mis papeles de adopción.
Yo era  otro hombre, claro.
Menos hombre.
Más yo.

Y aunque los para siempre se los pasé por el coño, Hogar nunca se rinde.
Y como Hogar nunca se rinde, yo tampoco.

A veces, juntos, parecemos una bandera.

Este, vida, es el as que yo tenía en la manga.






8 de diciembre de 2015

Eós


Morirse de un amor sin orificio de salida en vez de hueco,
como si un rayo del Olimpo te hubiera atravesado.

Saltar sin para qués ni timoneles.

A los días de lluvia.




7 de diciembre de 2015

Cuerpos celestes


Decía la negra que aunque andara por entonces yo, más muerto que vivo y se me vieran las costillas, había algo bueno para mí en el próximo horizonte, que según ella, estaba a la vuelta de la esquina porque lo había visto en las cartas ,si antes, no me moría entre sus tetas como un pajarito:
“-Si te vuelvo a ver durmiendo en los cartones, allí te vas a quedar para que te meen los gatos”.
Y se iba a la cocina a preparar leche caliente. Para mí, a pesar de sus “yo no recojo basura”. Con azúcar. Para mí, que daba asco.
Y volvía y me quitaba los zapatos.
Y me arropaba con una manta verde.

Entre la espada y la pared. Así decía la negra que se libraban las mejores batallas.




5 de diciembre de 2015

Rainig Atoms



Aún hay una foto tuya pegada en la nevera
con un imán de cuando fuimos a Croacia
a ver hadas y castillos.

La vida ahora sin ti es más aburrida.
Ceno poco y lavo las bragas en el bidet
o me masturbo frente a un trío de internet
mientras
lloro.

He encontrado el pendrive,
donde dijiste que estaría.
Tu paso por el mundo, está en esa cosa.

Lo llevo colgado del cuello.

Hijo de puta.

¿Sabes cuánto te echo de menos?

Si tú sólo sabías ser tú. Mi niño grande, mi Origami.

Mi Purple Rain.

Tú qué vas a saber cuántas estrellas tiene el cielo.
Que hay un agujero negro en tu lado de la cama.
Que tu recuerdo es una mierda en el espejo, una mierda, porque
tu recuerdo no me besa
no me toca
no me nada, y yo,
te quiero a ti,
de carne y hueso.

Que vas a saber tú de este silencio.
De la gota del grifo.
De mis pasos a oscuras por la casa.
A la deriva.
Tan sola.

Que vas a saber tú, mi barquito de papel, de todo eso.

Si tú sólo sabías mirar nubes.



3 de diciembre de 2015

Un paaaaalo, un paaaaaaalo, un paaaaaaaaaalo.


… al conejo de Alicia por mostrarnos el camino.
A los que chupan la tapadera de las natillas.
A Bobby Fischer.
Al Sol.
A los panaderos.
A la camarera de aquel bar de carretera que en vez de café, me ponía una mierda.
Al tío que inventó el bolígrafo.
A las pin-ups de las postales con las que me hacía pajas.
A Popeye; a los ceniceros de latón de la marca Martini; a la mermelada con cáscaras de naranjas.
A Rizitos de oro.
A la pantera Rosa.
Al Sweet Home Alabama.
A los 206 huesos de mi cuerpo
por sostener toda esta carne a veces, tan débil.
A los 80. Y estar allí. Yo y mi cigarro.
A esta ventana. Y estar aquí, yo y mi cigarro.
A Juana de Arco. A Iron man. A Mafalda. A Pink Floid. A mi guitarra.
A las olas impares del mar.
A Tolkien.
A la número uno del ranking: Tú, mi campeona, mi 1´64 metro lisos, mi lanzadora de martillo, mi Oro Olímpico.
A los grillos y la semi córcheas y los parabrisas de los coches.
A la leche caliente y los cuentos de princesas.
A la ley de Newton.
A la enfermera que recoge los análisis de orina.
A las películas del Oeste y las manadas de Búfalos.
Al columpio de Heidi.
A la gente que escribe en las paredes.

Gracias, joder, gracias.





2 de diciembre de 2015

¿Cuála?



Si tu mujer se va al trabajo y no le das
un beso a ver quién puede más
eres
muy tonto.

Porque a lo mejor no vuelve más.
La atropella un rinoceronte.
Se la llevan los marcianos.
O le da amnesia.
O se cae en un charco.

Que sí. Que le cabe el Titanic.
Que sí. Que es más chula que un ocho.
Que da golpes bajos.

¿Y qué?

Si luego te salva la vida...






1 de diciembre de 2015

Bones



-Recuerdo aquella noche. Se había puesto un vestido de lunares muy pequeños, pequeñísimos, azules, sobre un fondo de tul blanco porque a mí me gustaba contarlos y llevaba el pelo recogido en un moño con dos golondrinas  y un lazo y recuerdo que cenamos, caballitos de mar y de postre la fruta prohibida que había entre sus piernas.

-¿Podría explicarme, cuando deje de hablar solo por supuesto, cuando dice- justo en las primeras líneas de esta entrevista, donde la periodista le pregunta al entrevistado que si podría explicarle, cuando deje de hablar solo por supuesto, qué quiere decir exactamente cuando dice que su corazón es tannnnnn bonito-, que su corazón es tannnnnnn bonito? Porque así, suena a que tenga el pecho lleno de estrellas fugaces o sea usted una Inmaculada del Greco, da, pie a observar posibilidades como el uso por ejemplo de algún tipo de droga o, la perdida parcial de la memoria, ya sabe, aunque algunos episodios de su vida no están llenos precisamente de amapolas, si no precisamente de cosas que a nadie le gustaría guardar en el trastero, entiendo pero- como aquel Tsunami que se lo llevó todo por delante o la no tan lejana y radical postura que tomó usted frente al pelotón de fusilamiento pidiendo como último deseo, en vez de otra oportunidad, un cigarro-, ¿no debería recordarlos también? No sé si me explico.¿ O ha borrado los malos momentos de su base de datos?. Cuando deje de hablar solo, por supuesto. No hay prisa.

-¿Tiene un lápiz?

-¿Le da igual este bolígrafo?

-Prefiero los lápices, porque cuando los muerdes, saben a madera; pero déjeme, que le haga...un boceto...de lo que...sería, más o menos, mi corazón. ¿Ve? Los cajones son de diferente color, cada uno el suyo, como ve, los hay verdes y también azules o naranjas o amarillos, cada uno, con su etiqueta, cada uno con su pomo blanco y cada uno, desde los más pequeños hasta estos enormes, guarda algo en su interior. Algo importante. Algo hermoso. Algo único. Cada uno. Abra el que quiera.

-No sé si...vale. ¿Este?

-Uno cualquiera. Menos ese.

-Mire, por ejemplo en este de aquí guardo el día que mi padre me enseño a montar en bicicleta. Era roja y tenía, unas ruedecitas a los lados para que no me cayera. Mi padre me agarraba del cinturón por detrás y a los dos días me dijo, vamos a quitarle las ruedecitas de los lados, tú, no te preocupes que, yo te agarro.
Los pájaros empujan a las crías de sus nidos. Mi padre me soltó. Decía, levanta la cabeza, no mires la rueda, no mires la...pum. Contra un árbol.
Hasta que levanté la cabeza y no miré nunca más la rueda y, aquello era como volar, tenía, el mundo entero para mí, y aquella bicicleta. Me sentía un Carlomagno.
Y mi padre estuvo ahí, todos aquellos días.

O este otro: verano del, puffffff, ni me acuerdo, yo, era un chaval y me mandaron de vacaciones a casa de un tío que vivía en el pueblo.
No volví virgen. Fue mi verano azul. Mi Odisea. Salía de muy mañana a ver el campo, como un explorador, una vez, me metí en un nido de arañas que era más grande que yo y volví con picaduras a la casa, todo rojo y con fiebre, y otro, nos comimos unos cuantos y yo un montón de ciruelas de un árbol que había en la plaza, y volvimos con casi diarreas, y otro, aquellos cuantos me buscaron una novia para que hiciera juego con el resto, y subiéramos de noche al castillo a ver el pueblo desde arriba, todo encendido para las fiestas.
¿Sabe? No hay nada más dulce que el primer beso.

O este pequeñito. Mire, aún late.
O este otro: ¿No son preciosas? Son lagrimas de Sirena. De un valor incalculable.

-¿Puedo abrir uno entonces?

-Ese no. No insista.

-¿Podría al menos decirme por qué?

-Porque tiene un candado.

-Por eso quiero abrir ese.

-Por eso tiene un candado.




29 de noviembre de 2015

Hay al menos que morir al menos una vez en la vida. Para echarla de menos, y todo eso.


Cada cinco minutos me acuerdo de vivir.
Por los si acaso.
Como la vez aquella del hueso de aceituna, la espina de pescado, el granito de arroz.
y yo con los deberes sin hacer, con las camas sin hacer, con el amor sin hacer... y en el tintero
tantos trenes por coger, chuf, chuf, chuf, tantas
ganas de decir te quiero tantas veces y siempre fue después,
luego, ahora estoy demasiado ocupado. Teniendo miedo. Perdiendo el tiempo no sé en qué.
Disimulando que no te vi llorar.

Cada cinco minutos leo el Quijote
bailo el Dirty Dancing o me meto en la bañera y me escucho el corazón.
Que si planto un aguacate en un vaso de yogur, que
si digo eco...eco...eco en la boca del metro o,
me meto hasta donde no hago pie y le pregunto a una sirena que si tiene fuego.
Cada cinco minutos, me enamoro.
De un culo.
De una mota de polvo.
De otro culo.
De cada estrella. Y hay tantas...
De las ruedas de repuesto y los kioskos de flores.
Cada cinco minutos.
De todos los colores.
De los lagartos y las moscas y los transistores.
De los chicles pegados debajo de las mesas.
De las fotos donde a mi padre se le veía el diente de oro.
Del chocolate.
De las arañas y los icebergs y las gorras con visera de los Yankees.
Del rock.
De cualquier droga siempre que sea gratis.
De cualquier puta. Siempre que sea barata, porque las putas caras,
no tienen corazón.
Cada cinco minutos me arrepiento de algo.
Cada cinco minutos me quito la razón.
O bailo un tango.
O hago un zumo con mi media naranja.

Cada cinco minutos,
me doy otra oportunidad.




26 de noviembre de 2015

...y además tengo aparcado en la puerta el Halcón Milenario


..pero por mucho que enseñe los dientes
que saque las uñas
que reniegue de la vida tres veces antes de que el gallo cante,
cualquier mamífero necesita una teta como Rómulo y Remo.

Algo de amor.

Lo busca de reojo en lo cóncavo de las cucharas.
En los espejos del baño de las gasolineras.
En las frías mañanas de un invierno tras otro.
En la cola del supermercado.
En los almanaques. Un día. Y otro.

Dormir bonito al pairo con alguien que te inspire tanta confianza que no tengas, un revólver debajo de la almohada.
No llorar solo. Llorar con alguien.
No un amor que salga en los periódicos. Un amor limpio del que no tengamos que arrepentirnos.
Quedarse mirando al cosmos y suspirar como si fueras tonto y ponerle su nombre a una estrella. ¿Para qué? No se sabe.
Hay cientos, millones de canciones que hablan de nosotros.
De todos los nosotros de este mundo.

Caer en la tentación.
Saltar a ese vacío.
Y que alguien te salve.

Ir a tomar un capuccino a algún sitio donde los camareros lleven tatuajes de Betty Boop y la cafetera silbe el We are the champions.
Emprender un viaje: hacía lo desconocido.
Tropezar con el Ying.
Volver a tropezar.
Y tropezar.

Buscar en Google:Yang.

Tocar Unpluged.
Pasar el sombrero.
Sonreír. Todo lo que puedas.
Aprender a volar hacia lo Blue.

Aunque tengan esa cara de poker, todas esas goteras en el techo y kilómetros de cabos sueltos o un sofá donde pudrirse,
todos los mamíferos necesitan a alguien.






25 de noviembre de 2015

De las oscuras golondrinas


Mientras el mundo se derrumba
tú cambias la cama de sábanas.

La calle está llena de muchachos que acuden
a la llamada del Sinsajo.
De hijos nuestros.
De rabia.
De toda nuestra rabia, y tú,
aunque no quede nada en pie has decidido,
que a las tres hay que estar en la mesa.
Y rezar por el hombre, por todos los caídos,
los unos
y los otros.

Y de postre, natillas.

Olaf me dijo que las bombas cada vez caen más cerca.
Y tú limpiando el polvo...
Y tú diciéndole a los chicos que vayan a la guerra
con ropa interior limpia. Que nunca se sabe.
Que se laven los dientes antes de acostarse.

Olaf también me ha dicho que entran en las casas. Que lo rompen todo.
Que se llevan a las niñas.
Los dientes de oro.
La mermelada.

Y tú regando jacintos en el patio, calas, rododendros.
Y tú riñéndome porque he dejado encendida las luces del baño.
Y tú asomada a la ventana para verlos venir porque ya son casi las tres.
Todos los días.
Como si todavía fuera ayer
que se perdieran calle abajo cantando que iban a volver
con la paz entre los dientes.



video

23 de noviembre de 2015

Lo escarpado


Hay un salvaje en mí que nos gusta a los dos, la diferencia, es que yo no lo niego. Un animal que te muerde hasta dejarte la marca de los dientes, una flor grana, mi huella. De mi paso por ti. Duele, claro; pero cada vez que te miras al espejo y ves que estuve allí, me quieres. Que yo lo sé. Porque querer se olvida, se olvida con el tiempo si no lo prácticas, se seca, se embebe, y termina oliendo a agrio de no usarlo, como un bote de leche o una lata de tomate. De no decir te quiero, aunque sea a mordiscos. Por eso salgo a cazar cuando estás desprevenida, a tus cosas, pajarito en la rama, ñam, ñam, y a mi antojo, me acerco disfrutando-por la espalda-, ya del sabor de allá donde te hinque los dientes a traición. Que sí, que duele, que ya los has dicho. Que mi puta madre. También. Que por qué no me pillo yo los huevos con la puerta del coche. Que no sé qué manera es esa de querer. También los has dicho. Cientos de veces. Porque tú no te ves. Tiemblas. Y no es de miedo, te, estremeces, como cuando un frío se te cuela por debajo de la ropa, y, te revuelves como un gato y con las uñas afiladas me buscas los ojos, zas, zas,zas. Por poco.
Porque tú no te ves, encendida como una lamparita blasfemando que soy un no sé qué, un lo otro, de lo peor, vamos, que hay sobre el planeta tierra. Que no sabes qué haces conmigo. Bruto. Cabrón. Que me haces daño.

Sólo un poquito.





22 de noviembre de 2015

Peón a alfil siete


Mi ubicación actual es aquí. Mi reloj marca ahora. Hay una explosión a mi espalda; pero no me giro, porque soy, un tipo duro. Además, era mi vida, que ha estallado en mil pedazos. Otra vez. Meto la mano en el bolsillo y busco. Aunque sé que no habrá más de ocho dólares, y una nota que quería dejar encima de la mesa. Pero no he podido. Hay cosas que un tipo duro se puede permitir: “Querida Cecile, cómprate otro perro”. Al fin y al cabo ella no tiene la culpa de que yo coleccione horizontes, ¿verdad, Ufo? Ufo me mira y mueve el rabo. No sabe quién era James Dean. Ni un chevrolet del cincuenta y cuatro. No sabe a qué saben los kilómetros ni el viento, ni la sal en la boca si cruzas de un estado a otro por la costa.

-¿Dónde quieres ir por ocho dólares muchacho?

-¿A cualquier sitio?

Los andenes huelen a basura y a pies y a colillas de tabaco. En cambio el cuello de Cecile olía a cisne blanco. Debo ser estúpido y hace frío. Y tengo hambre. Así que Ufo y yo compartimos una lata de comida para perros. Y todavía me quedan seis cigarros.

Ese es nuestro tren. ¿Lo escuchas, perro? Podría escuchar esa canción mil veces. Veremos encenderse las farolas y las luces de los coches desde la ventanilla mientras el sol se pone sobre la ciudad, y mañana, estaremos caminando hacia no importa dónde mientras algo estupendo nos encuentra. 



21 de noviembre de 2015

¿Subes?


Se ha dejado las gafas encima de la mesa de la cocina. Esas gafas. Las de todo es de color de rosa. La de “Mira cómo sonrío mientras tú te devoras el hígado.. total, por un plato roto”.

Esas.

Piso sólo las baldosas negras porque ahí no se notan las huellas y está recién fregado. Miro a los lados. Me las meto en el bolsillo y salgo de allí como si hubiera robado la Gioconda.

A simple vista son unas gafas normales. Me las pongo. Y veo lo mismo. Veo como desaparece el Amazonas. Las ballenas. Los icebergs. Los bares de toda la vida. Las abejas. Los buenos días, los que aproveche, los cuenta conmigo, los me alegro por ti. Unas gafas normales. Todo sigue igual. Aquel barco a lo lejos que se llama Esperanza; las fronteras creciendo como hiedra en los mapas; la basura espacial; las Babilonias; el nombre de Dios. Tan en vano.

Vaya mierda de gafas.

Las vuelvo a dejar donde estaban. Justo a tiempo:

-¿Has visto mis gafas?

-Creo que están encima de la mesa de la cocina.

Y va, y se las pone, y vuelve diciendo que hoy, es un día especial:

-¿Y eso por qué?

-Porque es lunes. 23 de noviembre del año dos mil quince. Nunca más habrá un día como este.

Asomo la cabeza por la ventana. Está nublado. Como todos los lunes.

Dice que da igual, que hoy es el día internacional de tú y yo. Que en vez de andarme todo el tiempo arreglando el mundo por qué no le arreglo la lámpara del baño. Dice que si llueve, me ahorraré regar las macetas, o que iremos en un barquito de papel de charco en charco. ¿Adónde?, le pregunto. “Al súper, porque no hay huevos”. Y porque yo la quiero mucho. La quiero tanto que la empujaría al fondo del Cañon del Colorado. La quiero tanto que le cortaría los codos por la noche para que no me los metiera en las costillas cuando está dormida, y la cama, se queda pequeña para tanta mujer. Y me dan ganas de coger las putas gafas de la mesita de noche y saltar encima hasta hacerlas añicos. Porque la envidio. Porque me muerdo las uñas. Hasta estuve a punto de hacerle un muñeco budú y pincharlo con muchas agujas. Lo que pasa es que después, pienso, y dónde iré. ¿A qué planeta? Y además me he acostumbrado a qué saben sus tetas y sus croquetas de pollo y sus tú puedes. Y como es un espejo, cuando me miro, me veo guapo.