4 de febrero de 2015

Morir de amor en Okinawa


Y entonces se ha mordido así los labios otra vez
y otra vez he vuelto a convertirme en tótem
o un animal que la clavara como un cuadro a la pared
y quebrantara lo recóndito más suyo de valkiria,
hasta que fluyan, ríos de ella, no sé si de dolor o qué.
“Te quiero”, aúlla, mientras galopa sobre mí como un caballo blanco.
No dice “mucho” ni “tanto” ni dice “te quiero más que a”.
Sólo dice te quiero. 
Te quiero bien o mal. 
Te quiero a pesar de. 
Más hondo.
Más adentro, ya,
casi estoy tocando las nubes con la yema de los de...

Flotamos como globos por el espacio sideral unos segundos.
Solos. Perdidos. Sin ganas de encontrarnos o de ir al baño.
Después caemos en picado como albatros, como un meteoro sobre las sábanas,
rotos, como ciervos con una flecha en la garganta,
y ajenos a,
por supuesto,
todas esas estrellas en el cielo.




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