6 de febrero de 2015

The Illusionist


Mis calcetines son felices. Todos tienen pareja. Porque están así metidos en su cajón, sueltos, sin orden ni concierto ni contratos firmados ni un acta que diga yo soy tuyo. Sin celos. Ademas son todos del mismo color. Así que se lo pasan de puta madre. Me gusta que mis calcetines sean felices. 

Mi relación con los objetos va más allá de la simple contemplación ante algo hermoso. Un día entendí que estoy hecho de lo mismo que cualquier cosa sobre el planeta. Fue un parto. Me parí a mí mismo. O como si te hubieran metido por el culo un tren de mercancías. Tal vez fue el viento. O tomé algo en mal estado.
Hechos de los mismo que una piedra o un río o una mierda de camello o una hormiga. De polvo cósmico. Si entiendes esto, todo es más fácil. 
Importa el dolor porque duele. Cualquier clase de molestia. Pero más allá de un dolor de muelas o una puñalada trapera, mi estado de ánimo no debería importar en absoluto. No a lo que llamamos Universo. No más que el vuelo de una mota de polvo ni menos que la desaparición de una estrella en el espacio profundo. Lo bueno es que el dolor es más llevadero mirando alrededor. Lo menos bueno es que nuestro ego se desinfla porque no somos el ombligo de nadie, e incluso nuestras más preciadas pertenencias, no significan nada cuando miramos el cielo. Obviar que somos partes de un todo, nos conduce sin duda a un desequilibrio interior, al que llamamos Yo. Yo. Yo. Yo. Y así hasta convertirnos en un dogma inapelable.
Entonces, superada esta frontera ocurre que el hombre por ejemplo que tienes enfrente no es negro ni judio ni apache ni gordo ni delgado ni feo ni más guapo que nadie. Que el sexo no importa ni tampoco el tamaño. Que el dinero sólo es dinero. Que lo que era bueno es bueno y lo malo es menos malo. Einstein ya se mencionó al respecto en alguna ocasión. Ocurre que vacías tu maleta de mierda. Y todo cambia. Por dentro. Que lo importante era estar vivo. Respirar. Y lo demás siempre fue fruto del miedo. De la ignorancia. Lo sabes cuando un día el doctor te dice que te quedan seis meses. Es como abrir los ojos. Pero tarde.

Flotando en el agua que bebes, hay millones de seres que también forman parte de ese milagro al que llamamos, nuestra vida. Pero no se lo digas a nadie. Te van a mirar raro.




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