10 de mayo de 2015

Historia a ningún sitio



Había olvidado el tabaco en la oficina. Encima de la mesa. Junto a una foto donde papá y yo estábamos esquiando. Suelo volver andando a casa y justo estaba a mitad de camino. En realidad no era papá. Era un señor austriaco que rondaba a mamá desde que llegamos a la estación y que seguramente ya la había abierto de piernas en la sauna, entre nubes de vapor. Yo tenía 13 años y el pelo muy largo. Semanas después tuve mi primera regla. Mi madre era muy fría, fría como el veneno, como aquella nieve. En cambio el austriaco era un tipo simpático y me ofrecía cigarrillos a escondidas, a cambio de que me esfumara y les dejara a solas unos veinte minutos, aproximadamente.
Estaba deseando llegar y ponerme el pijama; pero di media vuelta. Como el día que me dejé el bolso en un banco del parque. En realidad lo único que me interesaba de aquel bolso era una servilleta de papel manchada de café con un número de teléfono apuntado en una esquinita con bolígrafo rojo. El número de Davis: “Y seguimos charlando si quieres”. Davis era como uno de esos billetes que te encuentras por el suelo, de esos, que recoges con los ojos entornados y aguzando a los lados a ver si alguien está mirando, de los que guardas apresuradamente en el bolsillo para volverlo a sacar al doblar la primera esquina y esbozar una magnífica sonrisa porque te los vas a gastar en eso que tanto estabas deseando. Bueno: había caído del cielo. Y claro que quería seguir charlando. Y perderme en aquellos ojos grises aunque sólo fuera a durar un par de semanas y el amor fuera mentira. Y morirme del gusto. Pero el bolso no estaba, y en su lugar, había una cagada de paloma.

Justo encima de la mesa. Casi a oscuras, cogí el paquete y el mechero y volví a cerrar la puerta tras de mí, plom, a bajar las escaleras tap tap tap y a enfilar mis pasos hacia un apartamento en la avenida Michigan al que llamaba hogar por no perder el norte. Recuerdo que lo primero que hice fue encender la tele; lo segundo estirar las piernas en el sofá, y lo tercero, encender un cigarrillo del que salió un humo blanco que formó, ya ves, en el aire la palabra “Para siempre”, que era, con diferencia, la palabra favorita de Justin. Y yo le decía que en realidad eran dos palabras. Aunque en inglés sería sólo una. ¿Por qué no lo decía en inglés? A ver si me enteraba. De que para siempre, una palabra que desafiaba las matemáticas, era algo superlativo y casi mítico que únicamente alcanzaban algunos privilegiados. “Como nosotros. ¿Verdad gatita?” . La historia es que yo no era su gatita. Y el final fue que después de seis meses durmiendo en el lado izquierdo de mi cama Justin tomó el ascensor hacia abajo un caluroso día de agosto y nunca más volvió. Me emborraché. Como una mula. Y al día siguiente, amanecí otra. Siempre lo hago. Siempre me levanto. Siempre lo consigo. Mis siempre y los de Justin no eran los mismos. A veces, mientras lo hacíamos, cerraba los ojos y pensaba en Davis. El chico de la voz de caramelo.





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