21 de julio de 2015

Fragmento 6



-No tiene donde ir. Serán tres días.

-Pero si ni siquiera sabes cómo se llama...

-Alfonso. Se llama Alfonso.

“Es el mejor cassette de Jean Michel Jarre que he escuchado hasta ahora”.

A mi espalda había un chaval de pelo rizado y mochila a la espalda bastante más alto que yo y con un paquete de tabaco saliendo por el bolsillo de la camisa. Unos 23. Tal vez 24. Yo andaba por los veinte y ya me había casado con mi novia de toda la vida:la Mari. Había oído por la radio que el nuevo trabajo de aquel loco francés ya había salido a la venta, y el viernes, me lancé a por él al mercadillo que ponían enfrente de la casa. Y de paso compraba el pan y me fumaba un pitillo de una hierba muy buena que vendía el gitano de la calle de la Plata en la trastienda de la tienda de revistas.
La carátula de la cinta no era muy bonita: “Zoolook”, en letras grandes y poco más adorno.

Tenía acento. Cuando le pregunté de dónde eres, por un momento casi no supo o quiso que decirme. Luego añadió: de las Canarias, soy de las Canarias.
Como si aquello estuviera en otro mundo. Muy lejos. Tal vez demasiado lejos para volver.

-¿Y dónde va a dormir?

-En el sofá. Y durante el día casi no va estar en casa Mari, que me ha dicho que sólo está de paso, que tiene que hacer unas cosas por aquí.

-A saber qué cosas. ¿Y dónde se va a duchar? ¿En mi ducha? Que tenemos un niño Jose. Que estas cosas sólo se te ocurren a ti.

“-¿Has escuchado Concierto en China?”

También lo tengo, le dije, y me ofreció un cigarro como si me conociera de toda la vida.

“Sólo tienes dos”

Que para qué queríamos más decía.

-Vete tú a saber si no tendrá algo.

-¿Algo de qué?

-Algo de algo, yo qué sé. Así que tú sabrás.

Escuchamos dos veces aquel cassette. Nos bebimos tres cervezas de litro. Y me habló de la India. Porque iba a la India. Aunque antes iba a darse una vuelta por el mundo y había recalado aquí porque no tenía prisa en llegar a ningún sitio. Y que de paso tenía que hacer algunas cosas. Pero no me dijo cuáles.

Al día siguiente se levantó muy temprano y pasó por la cocina afeitado y con ropa limpia. No desayunó. No almorzó en casa, y cuando llegó, la Mari y yo estábamos sentados al fresco en la puerta de la casa bajo una noche de agosto estrellada comiendo pipas de girasol.

“-Buenas noches señora”.

Pero señora apenas si le devolvía un gruñido de perro pequeño y yo me apresuraba a decir, qué tal te ha ido, y le ponía la mano en el hombro y le decía, que si quería jugar un rato con la Spectrum, unas partiditas, ya sabes, mañana no trabajo y he pensado que...
Hasta que la Mari nos miraba de arriba hasta abajo y el chaval se excusaba diciendo que mañana tenía que levantarse muy temprano. Y era verdad, porque al segundo día se fue antes de que la Mari y yo nos despertáramos. Volvió a volver muy tarde aquella noche. Pero esta vez se sentó en una silla que habíamos sacado para una vecina que tenía el hijo en Marruecos de soldado raso y a saber con qué barbas llegaría, si era un niño todavía y no había hecho nunca la cama, mira que, tenerle tanto tiempo por ahí por el desierto, con la de bichos que tiene que haber...

“-Me voy mañana”.

Traía un paquete.

“Esto es por las molestias señora. He conseguido algo de dinero y pensé que...”

Era una foca de peluche rosa con un corazón rojo en la tripa que si lo apretabas creo recordar que decía “Que bien que seamos amigas”.

Aquella noche la Mari terminó de darle al niño el biberón y en cuanto se quedó dormido se dio la vuelta en la cama sin pronunciar una palabra y sin siquiera reñirme para que apagara la radio.

Dejó una nota sobre la mesa de la cocina.

“Sois estupendos. Gracias”.

Y dos billetes de los grandes porque había escuchado a la Mari decir que había que comprarle al niño un carro nuevo porque el que tenía era de la comadre y ya había criado seis niños.





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