29 de julio de 2015

Sara, Le Fanzine nº 7


-¿Por qué tienes el pelo azul?

Sara acaba de volver de la lavandería. Lleva puestos los auriculares y no ha escuchado la pregunta de la niña que acaba de ponerse a su lado a esperar el ascensor. Así que la niña se ha puesto a tirarle de la camiseta.

-¿Por qué tienes el pelo azul?

Sara se ha destapado una de las orejas, ha dejado en el suelo una bolsa con ropa, se ha puesto en cuclillas y ha cogido a la niña de las dos manitas mientras llega el ascensor:

-¿De verdad quieres saberlo?

-Sí.

-Cuando era pequeña, el día de mi octavo cumpleaños, entraron en mi casa cuatro tipos muy muy feos y se liaron a balazos con mis padres. Yo estaba aprendiendo a montar en bicicleta en el jardín. Había mucho ruido y mucho humo y vi por la ventana de la cocina, de puntillas, cómo a mi madre le atravesaba una bala la cabeza y le salía por detrás y todos los azulejos se machaban de rojo, de trocitos de cerebro que resbalaban lentamente por la pared mientras mi padre gritaba sin poder hacer nada porque le habían roto las piernas con el palo de amasar las pizzas y estaba de rodillas suplicando que no lo mataran. Primero le volaron las dos manos con una recortada. Para que no cogiera nunca más lo que no era suyo. Recuerdo que los dedos estuvieron moviéndose por el suelo como gusanos por lo menos treinta segundos. Después otro le sacó la lengua y abrió una navaja y se la cortó como si fuera una rebanada de pan. Desde ese momento a mi padre ya no se le entendía nada de lo que decía. Sonaba como un muñeco roto. Como si se le estuvieran acabando las pilas. No sé por qué le cortaron la lengua, porque me tapé los oídos cuando el tercero empezó a vaciar el cargador contra aquella cosa que ya no parecía ni mi padre. Una oreja se pegó en la ventana desde donde yo lo estaba viendo todo. Parecía una mariposa. El último de aquellos hombres le escupió a la cara, y acto seguido se fueron por la puerta de delante de la casa como si salieran de una partida de bolos, bromeando entre ellos y dándose palmadas en la espalda, hasta que se subieron a un cuatro por cuatro que tenían aparcado en la otra acera y se perdieron tras la puesta de sol de aquel día como los cuatro jinetes del Apocalipsis.

Las puertas del ascensor se han abierto.
Sara se ha incorporado y le está preguntando a la niña si no debería estar llorando, si no le da miedo, si no tiene ganas de salir corriendo y contarle a mamá que ha conocido a una extraña que era una mujer mala.

-No tengo mamá.

Se llama Margarita y vive justo debajo del ático de Sara.

Son 12 pisos.

Pero va a subir por las escaleras.




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