30 de junio de 2015

Me pregunto cómo quedará mi cerebro tatuado en el asfalto


Eso que llaman firmamento está a 2,73 K bajo cero.
No sé qué es K. Debe ser importante.
El lucero del alba, los cuartos menguantes, que si voy a ponerle
a esa estrella tu nombre, y todo eso.
Hay cosas ahí fuera flotando a una velocidad vertiginosa,
cosas que explotan unas contra otras y esa... cosa verde,
la radiactividad,
y luego están
los agujeros negros. De lo peor. No tienen nada de romántico.
Aunque se lo tragan todo.
Y,
sin embargo te quedas mirando.
Cuántas lucecitas.
Con los pies colgando-como aprieta esta puta corbata-. Colgando del tejado.

Y por un momento, te preguntas si merece la pena saltar.
Está muy alto.
Y no creo que al mundo le importe una mierda.



29 de junio de 2015

A hostias


Escribo grunge porque la vida es una mierda.

Cortar una rodaja de limón y arrojarla a un vaso hondo con dos hielos y ginebra  y escuchar música negra y caer muerto, dos botellas más tarde.
Me encantaría.
Pero tengo que regar el jardín, y escribir a un par de multinacionales:
“Hijoputas. El agua es de todos”.
Firmado, un don nadie.

¿Muchos peces pequeños podrían comerse un pez grande?

Escribo grunge porque mis hijos no verán jamás un pájaro. 
Una abeja.
Un rinoceronte blanco.

Porque un día saldremos a la calle.
Los niños, los perros, las abuelas.
Y muchos morirán para que todo continúe.
Escribo grunge pero escucho el Nessun Dorma.
Respiro. Gratis. Todavía. 

Soy un nido. Incubo la esperanza. 

Escribo grunge y espero, a oir como araña las paredes
el ave fenix.






27 de junio de 2015

Te


Es curioso que
te I Love  cuanto + fea estás. Qué tontería...
Cuando el rimel como ríos.
Cuando ya no te me tienes.
Cuando vos te acabás.

Que mis abrazos son más ciertos.
Que mis besos más verdad.
Porque son pequeñitos. Sin lengua. En la frente.

Que te mando más Whatsapps:

“-¿Te has muerto ya? He comprado helado.

-¿De limón?

-Sí.

-No tardes”.





26 de junio de 2015

Víscera


Me he comprado una muñeca hinchable.
Le he puesto tu nombre.
Hoy hemos cenado en la terraza. Albóndigas. De lata.
No habla mucho.

Tampoco hemos follado. Le dolía la cabeza.



25 de junio de 2015

Omóplato


“No lo abras”,
Y lo abría,
“No se toca”,
Y lo tocaba.
“No me quieras”,
Y hasta el asco de querer.
Como si todo lo prohibido, fuera lo único bueno para ella.

Vaya hostia que le dio Caín a Abel, por cierto.

Andaba tan triste por entonces que no salía ni en las fotos, digo,
antes de Adelina.

Y entonces Adelina se sentó sobre el piano.
Con las piernas cruzadas.
Con mi vida en sus manos.
Con aquel dos de espadas
que eran sus ojos, un día:
“Hoy he matado un oso con mis propias manos y
le he quitado el caramelo a un niño”, me dijo,
me dijo:
“Si tiene alas, me lo follo”.

Y me dio un beso.

A mí.

Mientras el mundo entero se paraba.





24 de junio de 2015

Defcon 2


No pienso traspasar mis límites.

Buscaré otro camino que no sea partirte las piernas.
Y aunque cortaría en trocitos a tu perro y quemaría tus bonos del estado,
sé que no quedaría un lugar en la tierra donde empezar de nuevo. 
No para mí, 
que amo cada hoja de estos árboles.



22 de junio de 2015

Fe de erratas


Un día le dije: “Te miro y veo un bulto”.
No le gustó mucho.
Tampoco me expliqué.

Quise decir que ya, después de tanto, con los años.
Que era parte del Cosmos. Algo Celeste. Supongo.
Que la amaba por debajo de la carne.
Incandescente y tibia como la luz de un faro.
Quise decir que así, en pijama, era perfecta
con esos pelos raros y la boca manchada de compota de fresa.
Quise decir, verdura mía que te amo.
Que contigo llegó el Technicolor
a mi mierda de vida hombre pescado.
Que tu risa me sana, que tus manos me calman, que tu voz...
-habla demasiado-,
Pero a veces dices cosas interesantes.
Como que en mitad de la tormenta, nos tenemos el uno al otro.

Espero que no esté pensando en el final de Titanic.

Quise decir que lo eres todo.

¿Alguien puede decirme que forma tiene un todo?

De bulto, coño, de bulto.



20 de junio de 2015

Coño, esto es muy largo, paso de leerlo


Tal vez(es retórica coño)deje mucho que desear como persona; pero antes era un hijoputa. Esto tiene que ver con el nuevo Orden mundial que se está gestando a nuestras(vuelve a ser retórica) espaldas. Quiero decir: que el mundo está lleno de hijoputas. Tal vez(sí, retóricamente. Reminiscencias de cuando era un...), tal vez, consiga en el momento de mi muerte decir, con todo el derecho, yo hice algo por este mundo. Por parte de este mundo. Por algunos de vosotros. Por ti. Y no es que sea obligatorio. Es que ser un hijoputa se hace, no se nace. Y cuanto más hijoputa eres, más gente sufre, más gente cae, más gente muere. De muchas cosas. De pena, de hambre, de asco. O lo que es lo mismo, sin hijoputas, todo sería mejor. África por ejemplo no sería África, si no un hermoso país de interminables sabanas donde todo el mundo tendría un grifo de agua en su casa. La guerra de los cien años habría durado media hora, y pagar la factura de la luz, no significaría dejar de beber leche o quemar libros para no encender la estufa. Sin hijoputas no hubieran muerto seis millones de judios ni Hiroshima sería una canción. O La vecina del tercero no tendría que ponerse esas enormes gafas de sol en pleno invierno para ocultar los moretones. Sin hijoputas los inviernos no serían tan largos. Hijoputas que nos tapan la boca para que no tengamos nada que decir, con una parrilla televisiva acorde a nuestro rango: ovejas de carril. ¿Por qué en los colegios no enseñan a los niños a vivir? ¿A no casarse sin antes haber convivido con ea persona? ¿A comer verdura? ¿Qué coño les pasa a las verduras? Pero en vez de eso, ahora se lleva a los niños al psicólogo porque ha visto a Elvis o se ha hecho una pupa en la rodilla. Niño, te tienes que caer. Joder. Y levantarte. ¿Por qué no los enseñan a levantarse? 

Total que un día me puse a desaprender. No quería formar parte del fin del mundo. Del fin del mundo de nadie. Demasiada responsabilidad para alguien que se aferra a la infancia tanto como yo. O mala suerte. Porque abrir los ojos, y esto no es retórica, es muy mala suerte. Nunca más eres feliz. 
Y además en el fondo te pones a pensar y sale más barato. ¿Qué trabajo me cuesta ser amable con un camarero, en vez de escupirle a la cara mis pecados y esperar que me de la razón? Y el café está más bueno. Porque aunque no lo parezca, los camareros también son personas. 
Hasta los hijoputas, alguna vez, fueron personas. Y me dan pena. Porque yo soy feliz con muy poco y ellos nunca tienen suficiente. Suficientes insultos, suficientes yo yo yo, suficiente golpes, suficientes desahucios, suficientes gritos, suficientes, suficientes leyes, suficientes sentencias de muerte.

Lógicamente cualquiera es libre de elegir qué quiere ser. Yo lo hice. A tiempo. Y mi vida se llenó de sonrisas. De manos. De calor. De cosas que no podrían jamás comprarse con dinero.

Siempre va a haber hijoputas.

Y personas que lleguen hasta el final de esta carta, dentro de una botella.



19 de junio de 2015

A saber


-Venía a descambiar esto.

-Tiene usted permanencia con nosotros, no sé si lo sabe y...

-Sí, ya ya: “hasta que la muerte os separe, en lo bueno y en lo malo blablablá”. Me da igual. Usted me dice cuánto es y se lo queda.

-Otra compañía le ha ofrecido algo mejor o...

-O cojones. Que no sirve ni para darle al play oiga. Y en la cama ni hablamos. Siempre hay futbol. O motos. O Master Cheff. ¿Usted sabe poner una lavadora? Pues esto no. Y mire que barriga. 

-Pero funcionaba bien, porque aquí en los datos que tenemos...

-Dos días. Funcionaba. Usted lo ha dicho. Al tercero me lo encuentro sentado en la cocina y preguntando que qué hay de comer. Sin cobertura vamos. Una mierda. ¿Dónde firmo?

-Le voy a ofertar algo que no podrá rechazar. Si me permite. Un momento...

-Como no me lo cambie por Chayannne ya se puede usted ahorrar el trabajo. 

-¿Y usted qué dice buen señor?

-¿Esto? ¿Pero qué le va a decir hombre de dios? ¿No ve que no está en este mundo?

-¿Y dónde está señora?

-A saber.



11:35 am


Le di vida a una estatua. Bailé con ella. La besé.
¿Habéis visto una estatua sonreír? Es algo triste. Y bonito a la vez.

Renuncié a mi reinado en favor del príncipe.
Sé que está sano. Que ha terminado la carrera. Aunque no es muy buena persona.

Puse flores en la tumba de mi padre. Un día. Esperé a que lloviera.

Aprendí a escuchar pájaros, piedras, chicharras...

A esquivar las balas, las mentiras, los espejos.

A no matar arañas.

A cuidar de una planta.

A dar de comer a los peces.

A desabotobrochonarme el alma.

A inventarme palabras.

A tener menos miedo.

Todo eso de ahí fuera, no es más grande que yo.




18 de junio de 2015

Forward


Y a veces me comporto como un héroe.

Cuando me callo lo que pienso
-“La desollaría viva ahora mismo con el pelapatatas”-,
cuando no me lo callo
-“Te quiero más que a esos pastelitos que traen por dentro...
ya sabes,
esa cremita y por encima...”-,
cuando  silbas,
y voy.




17 de junio de 2015

Rewind


A veces el camino no era hacia delante.
A veces había que  volver a subir las escaleras
y llamar al timbre y cuando Anika abriera,
arrojarme en sus brazos y decirle te quiero, ¿me escuchas?, te quiero.

Nunca te vayas sin decir te quiero. 


Así era por entonces Sarajevo.


16 de junio de 2015

Km 127


...sacarme la sonrisa como las tripas a un pez globo, cascabel mío.
O le das en la mano de comer a mi lobo.
O pagas en especias que te cuelgue una lámpara.
Mi canal de la mancha. Mi Panamá. Mi acuario de peces naranjas.
¿Y si no quién me llueve de rabia sobre el pecho porque no hay melaza
que calme el dolor cuando el mundo te arde?
¿Qué manos me rascan la espalda?
-Ahí no, más arriba-.
¿Qué carne muerdo? ¿Qué saliva? ¿Cuál parte convexa u cóncava, no te conozco?
¿Y no soy yo tu caos pequeño? ¿Tu desayuno?

El médico me ha dicho que te hable.
Que me escuchas.
Y que si no, me escucho yo.
Pero a veces, dan ganas de regarte. Pareces un ficus. Un ficus benjamina.





15 de junio de 2015

Manualiddes3.0



Aquí pondré la letra T.
Aquí la E.

Como si fuera un crucigrama.
Un sudoku.
O un poema.

Té verde.
Te recuerdo Amanda.
Te...¿...?

Vertical nueve: deseo.

O letra Q.

Lo demás habrá de construirse con los años.

Es habitual cavar la propia tumba y hacer una cruz con la I.

Sin s, dios del amor.

Solución en página 51.

Para los que han sufrido alguna vez, ERO.

Todos los días de mi vida, aunque falte la U.





De entre las grietas, capítulo 1



Atardece.

Cara de lobo”, como todo el vecindario acostumbra a llamar al irlandés, levita a diez centímetros del suelo con las manos metidas en los bolsillos, y a la deriva, de espaldas al mundo, deambula como un náufrago sin nombre por las calles estrechas y empedradas de este lugar al que lo trajo la marea no hace tanto, desde quién sabe dónde, sin un norte adonde ir, un día como este.
Aunque en realidad se llama Billy, Billy MacGregor. Y este lugar es Santa Marta, un sitio con farolas donde hace fresco por las noches y las mujeres todavía se ponen flores en el pelo, flores de verdad. No tiene un mar, ni montañas, y si ha nevado alguna vez, solo las piedras se acuerdan. Las piedras y don Ramón, que se acuerda de todo.

Por aquí dicen que si escuchas el click de una farola cuando se enciende, es que ese día vas a enamorarte. Una que dé luz amarilla; nunca blanca. Al irlandés, que ya no cree en nada, una historia como esa, además de increíble, le parece ridícula, y aunque fuera cierta da igual, porque si hay algo que él jamás volverá a hacer, es enamorarse.

Tic-tac, tic-tac, tic-tac.

En la plaza del barrio las grandes agujas como brazos del viejo reloj bicentenario de la torre de la iglesia de San Judas marcan con precisión helvética las siete y media de la tarde.
La torre se levanta por encima de terrazas y azoteas salpicadas de Sol y ropa blanca, de tiestos de geranios y de hormigas, y la cima, a la que se puede acceder subiendo un caracol hasta las nubes, es un oasis de aire puro que Billy malgasta fumándose el último cigarro del paquete mientras el cielo se descose, y por una brecha mortal de donde fuera a salirse todo lo que el universo tiene dentro, tose estrellas diminutas en mitad del ocaso. Huele a jazmines, porque es mayo, y apetece estar triste, como cualquier domingo.

Ochenta y dos escalones más abajo las parejas pasean evitando los charcos y se aprenden las manos mientras comen pipas de calabaza y escupen las cáscaras al suelo haciendo castillos en el aire como si el aire fuera un terreno edificable, y en los árboles frutales, entre una trama de ramas y follaje, los pájaros se dicen te quiero con el pico.
La banda sonora la pone una chica que cruza la plaza con las manos a la espalda: “Sin ti niña mala, sin ti niña triste que abraza su almohada…”.
No sabe cantar; pero canta. Canta y la vida es más sencilla. ¿Dónde irá descalza?
Justo cuando la chica del vestido azul cobalto y las manos a la espalda que no sabe cantar pero canta dobla la esquina, la luz del sol casi concluye, el cuerpo de campanas de la torre de San Judas llama a misa de las ocho, y las farolas comienzan a encenderse en Santa Marta.
Ya no la ve; pero aún puede escucharla: “…me río sin ganas, con una sonrisa pintada en la cara…”. Seguro que la niña triste de la que habla esa canción termina muriéndose de amor por un niñato de taberna.
Sin alivio y sin tabaco Billy baja de la torre, toca tierra y, caminando con la dignidad de un faraón, se pierde entre las sombras de una calle cualquiera sin farolas. Por si acaso.
Le cruje el alma y los recuerdos le muerden las paredes del estómago.
De camino al Brillante, el bar de la estación, una luna redonda lo acompaña describiendo una parábola perfecta.
Han pegado un cartel en los cristales de la entrada que lee de reojo cuando atraviesa la puerta: Fiestas de Santa Marta. Anuncian una orquesta, un baile de disfraces y un desfile de negras seguidas de una banda de tambores y cornetas.

Su tabaco. Gracias”.

Ajeno al movimiento rotatorio del planeta, Billy fondea en una mesa cuarteada por el paso del tiempo en la terraza, junto al río.
Las mesas del Brillante antes eran verde carruaje, y desde entonces, quién sabe cuántas almas han garabateado sobre ellas toda clase de frases, corazones, fechas e iniciales. Testamentos, poemas de Walt Whitman, citas de Gandhi. Y hasta mapas de tesoros. Nicolás, que era un romántico, decía que mientras esperaban su tren, en vez del periódico, que solo hablaba de cómo el mundo, qué lástima, se caía a pedazos, podían leer frases como: “Busca un lugar donde la hierba se doblegue bajo el peso del agua”, o “Quiero enredarme a tus caderas como una puta cobra”. También hay palabras labradas a punta de navaja. Y promesas. Promesas de once letras tatuadas con bolígrafos azules que a la luz de la luna parecen puñaladas.

Ayer llovió, y hoy en el barrio todavía hay un olor a fruta fresca que puede cogerse con la punta de los dedos y disfrutarlo entre los dientes como algo delicioso. Es el sur que se quiebra, es la tierra mojada, son los jazmines anidando en el cabello de las niñas, las que tienen tetitas de limones y andan presumiendo de mayores porque han probado un beso. Alborotan más allá de donde Billy se ha sentado. Puede escuchar cómo palpitan: “¿Y a qué sabe?”, pregunta una que se llama Lorena. “Pues… ¡A beso!”, le contesta otra que se llama Carolina. Y todas se ríen, porque Lorena no se cree que un beso sepa solo a beso, y dice que un beso tiene que saber a otra cosa que casi no pueda explicarse con palabras.

En la radio del local suena Chet Baker, un trompetista con perfil de canalla que había triunfado en el París de los cincuenta, y caído al vacío años más tarde desde la ventana de un hotel en Amsterdan. Tras la barra, Micaela –una señora con trenzas en su pelo color plata, ortografía cirílica y una infinita tristeza en la mirada–, organiza cucharitas, rellena los saleros y se ausenta en el brillo de las copas. Y en el brillo de las copas, descubre al irlandés sentado en la intemperie mendigando lumbre del mechero.

Durante la guerra de los Balcanes, Micaela Kravitz había visto tanta gente rota, sin brazos, sin piernas, sin ojos, sin peinar…

–¿Y si le traigo un café bien calentito al cachorro más terco de la tierra?

Billy persigue con los ojos un tren de mercancías que se pierde en la distancia haciendo chuf-chuf-chuf. Ella conoce bien a los viajeros. Siempre tienen los ojos entornados cuando van a marcharse. Y ya lleva días rascándose la barba, mirando el horizonte y rascándose la barba.

–Billy…

La vieja nunca le ha visto tan ausente, tan lejos, tan hueco y tan vacío. Ni mirar así los trenes. Los trenes... Toneladas de leyenda que han hecho el mismo viaje miles de miles de veces. Él llegó en uno cualquiera –puede que en el de las once menos cuarto–, bajo un sombrero negro y con el alma muy mojada. Desde entonces, todas las veces que Micaela ha estado cerca de sacarle las espinas –que él hundía más en su piel–, todas las que quiso hacer diana en su pasado –y él esquivó con artimañas de alquimista: se hacía invisible durante días–, todas habían servido para nada. En ninguna consiguió acertarle ni por asomo qué cábalas lo estaban volviendo transparente. Pero hoy necesita un milagro, uno de esos que ahuyente de algún modo la nostalgia mayúscula. Tirará de él, y tirará, y seguirá tirando hasta que ya no pueda más, y cuando ya no pueda más, si es necesario, se lo dirá. Se lo dirá. Le va a doler; pero no va a dejar que al chico se lo trague la tierra si ella puede evitarlo. Lo pondrá a salvo.


–Ya no puedes subirte en uno de esos trenes sin que nadie te eche de menos...



13 de junio de 2015

Fragmento 5



Compraba mi felicidad en cualquier economato a cuatro con cincuenta la botella con el dinero que llevaba en un calcetín y que probablemente acababa de sacar cantando en cualquier esquina cualquier canción probablemente triste a cualquiera que estuviera dispuesto a arrojarme el tilín de una moneda por pobre, por mira, con lo joven que es y parece que tiene ciento cincuenta años, por qué le habrá pasado, por borracho, por desertor, por quién sabe, qué.

Yo lo sé.

Quería pintar sonrisas en las caras de mis hijos y abrazar a mi mujer y sacar al perro por las noches, envuelto en una bata con el cuello burdeos y un bolsillo donde guardar el tabaco y pasear bajo la niebla fumándome a escondidas un cigarro mientras al chucho le entran ganas.

Quería ser un gran hombre.

Y Para ser un gran hombre hay que morir en el campo de batalla. Por otros. Eso es una bandera. Tu casa. Tu familia. Tu vecino. El hombre del kiosko y el lechero.
Morir de levantarse a las seis de la mañana o morir en un atasco camino del trabajo. Cada día. Como si siempre fueran las seis de la mañana.

O ser un apátrida y morir solo. Por nadie.

A veces dormía en casa de la negra:

“-la felicidad no está al lado de alguien muhaio. Si no dentro de uno mismo”.

Eso es de Jhon Lennon, le decía yo, negra, y ella decía que me fuera a la mierda.

Lo bueno es que pasan muchos trenes. Y un día me subí a uno. No sé donde iba. Lejos de allí. Y eso era suficiente. Cualquier suficiente es suficiente para dar el primer paso.

Hice una larga lista de cosas pendientes:

Encontrar a Carlos.
Abrazarle.
Si me deja abrazarle.

Decirle a Claire que nunca he visto un corazón tan grande.
Que gracias.
Que el trasplante fue bien. Pum pum, pum pum. Todavía funciona.

No olvidar a mi padre.
No dejarle solito tan hondo y tan oscuro.
Mi padre pequeño todavía tibio.

Etc.

Jhon estuvo cerca. Exceptuando que la felicidad no existe. Que el mundo sólo gira si uno le da cuerda. Que todo era más fácil. Bastaba con querer aunque a veces querer no pareciera suficiente.






12 de junio de 2015

Doblan por ti, tonta


“-Cari...”
Yo y el silencio.

“-¿Cari?”.
Que la ando buscando por todos los rincones de la casa.

“¡Cariiiiiiiiii!
Que no la encuentro.

“Ca...”
Beso.

“Estaba en el bosque; pero ya he vuelto”.

Es que Cari es un hada.
(Tiene plantas colgando en la ventana)
“Y hay un dragón en el trastero”
Es que yo soy un elfo.
(y es una lagartija. Pequeña)
Intentamos
sacarle partido a este apartamento.

“Cari...”
Y ya lo sabe.
“Cari...”
Y ya estoy dentro.
“Ca-ri”
“Uffff-arggg-pfffff”

Y esas campanas. Siempre esas campanas.





11 de junio de 2015

Hoy cocino yo


¿El primer beso?
Fue asqueroso.
Maripaz tenía algo entre los dientes, creo que pizza,
y su lengua era como un pez flotando en el rio boca arriba.

Pero hubo muchas veces más veces la primera.
Otras bocas con pez o con lombrices o una taladradora.
Besos a oscuras tontos como una peli de Meg Ryan.
Besos sucios de tapia y besos del revés. Como el de Spiderman.
Besos tijera y destornillador y besos  de tren con su pañuelo blanco y todo.

Y tantas Maripaces.

Diosito, basta ya.

Pero Diosito estaba en las Malvinas, o en Bosnía; o en Kabul.
Mucho papeleo.
“Aunque estás en la lista de espera”, me dijo.
No personalmente, claro.

Y un día mis sueños se hicieron realidad.
Y apareciste tú. Toda gorda y reluciente.
Animala.
Medaiguala, porquesí, turbadoramente segura de ti misma.

“Gracias Diosito”

Y ahora resulta que siempre te duele la cabeza o ya es muy tarde o estás echa polvo o o o, un rayo de sol, o o o.
Y ahora resulta que había siete folios de letra pequeña.
Y ahora resulta que tiraste la llave.
Que me has puesto un chip de esos de perros.
Por si me pierdo.
Y ahora resulta que, he aprendido a separar la ropa blanca de color.
A usar cubiertos en la mesa.
A morderme los labios.
A comerme las uñas.
A hacer cuarenta largos de pasillo, por tal de que no, por tal de que no.
En vez de un martillo.
Y ahora resulta que te quiero. Que te quiero. Que te quiero.

Diosito, baja. 

Pero yo, te quito dinero del bolso.
Voy al mar. Y vuelvo. En sólo diez segundos. 
Y no te das ni cuenta. Ja ja ja.
Bajo a la nevera en mitad de la noche (por eso nunca hay chocolate).
Y cuando sea mayor
-tú, que siempre me dices que crezca-,
quiero ser poeta y clavarte en la espalda mis versos de mierda.



101 maneras de pensar en ti: manera 25


Subo con Claudia al piso 15,
de recursos humanos y hace,
muchísimo calor y suena una canción de Betty Blue.

Ya sabes, aquella película.

Y me pierdo en su escote. 
En a qué sabe.
¿A manzana verde? ¿ A pera? ¿A aguacate?

Así que miro al techo y veo las nubes.
Y pienso en ti y llueve,
y Claudia se derrite como la sal, y
sonrío,
por haber encontrado una persona buena en el mundo.

Saco el móvil y escribo: “Quiéreme”,
y al segundo un montón de corazones con lacito,
revolotean por todo el ascensor,
hasta el fondo del bosque.

Meto los pies en el agua y dejo que los peces
se acerquen a comer,
barritas de cereal.

Lo vuelvo a leer: “Te espero en casa”.



10 de junio de 2015

Una bala con tu nombre


El agua sin embargo.
La brecha, la rendija.
La luz al final.

No quiero ser sólido.

Lo cierto es que a esta vida nos paren por el coño.
Y alguien te tira un salvavidas.
A este mar de semáforos y farmacias de guardia.

“-Dame un bit en la boca.
Bájame las bragas al puesto 1329 de la lista de los más vendidos en Amazon.
Méteme un troyano entre las piernas.
Dame likes, dame likes...Reiníciame”.

Me gustan las que follan.
No tengo tiempo para agacharme a coger flores.

Decía que quiero recordar qué era un elefante,
una araña,
un tomate.

Y que uno está hecho de trocitos, de tantos que pasaron por aquí.

Y sobre todo de canciones.





9 de junio de 2015

Granitos de arena


Hoy han venido a verme dos ángeles.
Uno era maricón, y el otro, Ava Gadner.
Tenían alas. 
Yo qué sé.

Y no recuerdo haber rezado
en los últimos cuarenta años.

Me hablaron del amor. Del amor por otros.
De que no estoy solo. Aunque quisiera.
De que dios, 
existe en cada uno de nosotros.

Y nos hemos tomado un Cola-cao.

Cuando se han marchado he pensado,
que,
para ganarse unas alas como esas
hay que tener muchos cojones.

Y eran tan bonitos elevándose en el aire...
Por encima de todo.
A pesar de.

Como dos putos pájaros.



8 de junio de 2015

Acoustic Blues


A veces te imagino bailando con alguien.
Riendo con alguien.
Hablando con alguien. De cualquier cosa. De cosas normales. 
Y el chico de esa canción, no soy yo.

Yo estoy sentado en una silla viéndote reír. 
Y estás preciosa. 
Y el chico es guapo.

Puedo estar horas enteras fregando los platos mientras pienso en ti.

Todavía.



4 de junio de 2015

Lo que quede de mí


...de aquella piel tan blanca como la estepa rusa y el pelo tan largo lloviendo en su espalda como un amazonas hasta un mar de pelusas y rizos y sal
más allá del ombligo, nenúfar,
la boca, tan roja y los ojos tan llenos de migas de pan, aquella,
piel de cáscara de huevo, terrón de azúcar, fresca como el agua de un coco, limpia como un juego de sábanas
portuguesas a punto de planchar.

Y un día aquel fuego.
Y al siguiente la quimio.
Y al otro el celofán.

Y aprender a rezar.



1 de junio de 2015

Fragmento 4


-¿Cómo se llama esta planta?

-¿Esta? Helen.

-Me encanta. ¿Cuánto vale?

-No se vende.

-Ah...

-Helen es...bueno, estaba aquí. En esa misma ventana. Medio muerta. Pero puedo darte un esqueje si quieres. 

-Está preciosa. ¿Y ese osito? Es para un regalo. 

-Tampoco se vende. 

-¿Tampoco? Y seguro que también tiene una historia.

-Se llama Klein.

-¿Y tienes algo que se venda en la tienda? 

-Todo lo demás.

-Puedes llevarte una canasta de mimbre con flores naturales. Algo, primaveral y alegre. Por ejemplo.

.Me gusta esta.

-Y a mí.

-¿Tampoco se vende?

-No sé...no sé...

-Estás de broma. ¿A que estás de broma?

-Te la envuelvo para regalo. Y le vamos a poner un lacito. ¿Quieres una tarjeta? Y le escribes algo.

-No hace falta. ¿Cuánto es?

-Depende.

-¿Em?

-¿Ves esos brotes? Los ha echado aquí. Es por la luz. Quiere mucha luz.

-Pues la pondré en la terraza.

-Pero no quiere sol. Y no mojes las hojas cuando riegues. Y evita las corrientes de aire.

-¿Y qué más quiere? ¿Música? ¿Vivaldi?

-Mejor Bombay bicycle club. En particular el tema...

-Me van a cerrar la farmacia. ¿A que sí?