31 de julio de 2015

Sara, Le Fanzine nº 9


Así que no tenías mamá. Vaya. Así que eres un pequeño monstruo. Vaya. ¿Cuántos años tienes? ¿siete?

-No me mires así. Pensé que si te daba un poco de lástima...y que sonreirías y que dejarías de contarme todas aquellas cosas horribles de gente muerta y subirías conmigo en el ascensor, porque a mí, me da miedo subir sola y siempre espero a que suba alguien conmigo y...¿de qué es este libro? ¿De amor? ¿Hay besos? Me encanta cuando hay besos. Mamá me lee unos cuentos estupendos para dormir. Siempre hay besos. Y dragones y princesas y, después mamá se pone a hablar por teléfono con tía Helen. A veces la escucho llorar. Tía Helen por lo visto le dice que todo ha pasado, que tranquila, que nadie más volverá a ponerle una mano encima, y que lo ultimo que sabe de él es que los de la condicional le han buscado un trabajo en un taller del centro y que no quiere saber nada de su hija. ¿Hay dragones en este libro? Qué aburrido. ¿Tienes videojuegos? ¿Te gustan los gatos? Me encantaría ser una princesa. Mamá me ha enseñado a hacer tortitas. ¿Te gustan las tortitas? ¿Tienes novio? Yo una vez tuve uno. En preescolar. Me regalaba cromos. ¿Te gustan los cromos? A mí sí. Tengo un montón. Llevamos poco tiempo en New York. Mamá ha prometido llevarme a ver el acuario. Y después ir a un Mac Donals. La verdad es que todos los días me promete algo. Pero siempre está corriendo de un lado para otro. Yo creo que nos vinimos tan lejos porque tiene mucho miedo. A veces me levanto a beber agua y entro en su cuarto y está diciendo en voz alta cosas raras mientras duerme y, suda y se retuerce entre las sábanas y, bueno, yo, la quiero mil y, aunque a mamá no le de tiempo a cumplir sus promesas a veces vemos una peli comiendo palomitas y siempre me trae algo cuando vuelve del trabajo. No me preguntes nunca por mi padre. Es una norma de amigas. ¿Vale? Ahora tienes que decir, vale, y cogernos del dedo meñique y escupir al suelo. Mamá no sabe que escupo. Otra norma de amigas es no contarle a mamá algunas cosas. Dedo meñique. ¿Tienes perro? En Iowa teniamos un perro. Cuando papá llegaba borracho a casa se ponía a ladrar entre las faldas de mi madre. Yo quería que papá se muriera. Eso tampoco se lo puedes contar a mamá. Dedo meñique. ¿Puedo poner la tele? ¿Tienes más galletas?¿De qué están hechas las nubes?

Opción número uno: “Vete de mi puta casa ahora mismo o te tiro por esa ventana”.
Opción número d...

-Va a empezar. Ven, Sara. Siéntate aquí conmigo. ¿Te gusta Bob? A mí también me gustaría vivir en una piña debajo del mar.

Toc toc toc.
Seis horas más tarde.
Toc toc toc.
Margarita se ha quedado dormida. Hay migas de tortitas encima de la mesa. Y cromos. De flores y peinados antiguos y faros.

-¿Se ha portado bien? De verdad, no sabes cómo te lo agradezco. No volverá a ocurrir, te lo prometo, es que hoy, bueno hoy...

No has tenido un buen día. Ni ayer. Ni el otro. Ya.

-Estoy haciendo café...



30 de julio de 2015

Sara, Le Fanzine nº8


A Sara le gusta ese serial donde el doctor Marschall se pone las botas con Marieta en el cuarto de las penicilinas a espaldas de Graciela. Pobre Graciela. Claro, como ella sólo es enfermera, como el tiempo no ha pasado en vano, como ya hace tanto de...

“-¿Has visto a Marschall, Penélope? Tengo que entregarle este historial.

-Mmmmm...no, no. No le he visto en toda la mañana”.

Claro que le ha visto. Todo el mundo le ha visto.

Mañana más. A la misma hora. Y galletas. De chocolate.



El silencio. El puto silencio y las cortinas meciéndose en el aire. Un cigarrillo, las cuatro de la tarde, las piernas cruzadas y un libro en las manos. Podría ser el paraiso.

-Toc toc toc.

No ha pedido pizza.

-Toc toc toc.

¿Por qué el mundo es tan pequeño?

Y de pronto Sara está mirando por la mirilla de la puerta y viendo a Susi.
Susi es la madre de esa niña. Pero eso Sara todavía no lo sabe. Sabe que es guapa. Que no le importaría seguir un rato más mirándola por la mirilla. Observando sus pechos perfectos y duros y las rodillas por debajo de la falda, y esos zapatos de mujer distraída y ese, maquillaje a las prisas y, joder, Susi, cómo necesitas ir a la peluquería. Pero es guapa. Seguro que huele a limpio.

-Hola- Sí. Huele a limpio-. ¿Tú eres Sara, no? Soy Susi, la vecina de abajo. Y esta es Margarita, mi hija. Me ha dicho que sois muy buenas amigas.

Pequeña zorra...

Margarita está cogida de la mano de su madre y sonríe. Antes de que Sara pueda abrir la boca Susi ya le está contando que la canguro le ha fallado y...que bla bla bla y que va tarde al trabajo. Que serán sólo seis horas. Que por favor. Que por favor. Que no conoce a nadie más en New York. Que tampoco le apetece. Que va a votar a Hillary, claro. Que le duelen los zapatos. Que Margarita es un encanto. No te imaginas lo que es un divorcio. Una nueva ciudad. Un nuevo jefe. Tengo...que... irme.

Y ya no está.

En cambio Margarita está sentada en el sofá. Le cuelgan los pies y los balancea mientras hojea el libro que Sara estaba leyendo:

-No tiene dibujitos.  




29 de julio de 2015

Sara, Le Fanzine nº 7


-¿Por qué tienes el pelo azul?

Sara acaba de volver de la lavandería. Lleva puestos los auriculares y no ha escuchado la pregunta de la niña que acaba de ponerse a su lado a esperar el ascensor. Así que la niña se ha puesto a tirarle de la camiseta.

-¿Por qué tienes el pelo azul?

Sara se ha destapado una de las orejas, ha dejado en el suelo una bolsa con ropa, se ha puesto en cuclillas y ha cogido a la niña de las dos manitas mientras llega el ascensor:

-¿De verdad quieres saberlo?

-Sí.

-Cuando era pequeña, el día de mi octavo cumpleaños, entraron en mi casa cuatro tipos muy muy feos y se liaron a balazos con mis padres. Yo estaba aprendiendo a montar en bicicleta en el jardín. Había mucho ruido y mucho humo y vi por la ventana de la cocina, de puntillas, cómo a mi madre le atravesaba una bala la cabeza y le salía por detrás y todos los azulejos se machaban de rojo, de trocitos de cerebro que resbalaban lentamente por la pared mientras mi padre gritaba sin poder hacer nada porque le habían roto las piernas con el palo de amasar las pizzas y estaba de rodillas suplicando que no lo mataran. Primero le volaron las dos manos con una recortada. Para que no cogiera nunca más lo que no era suyo. Recuerdo que los dedos estuvieron moviéndose por el suelo como gusanos por lo menos treinta segundos. Después otro le sacó la lengua y abrió una navaja y se la cortó como si fuera una rebanada de pan. Desde ese momento a mi padre ya no se le entendía nada de lo que decía. Sonaba como un muñeco roto. Como si se le estuvieran acabando las pilas. No sé por qué le cortaron la lengua, porque me tapé los oídos cuando el tercero empezó a vaciar el cargador contra aquella cosa que ya no parecía ni mi padre. Una oreja se pegó en la ventana desde donde yo lo estaba viendo todo. Parecía una mariposa. El último de aquellos hombres le escupió a la cara, y acto seguido se fueron por la puerta de delante de la casa como si salieran de una partida de bolos, bromeando entre ellos y dándose palmadas en la espalda, hasta que se subieron a un cuatro por cuatro que tenían aparcado en la otra acera y se perdieron tras la puesta de sol de aquel día como los cuatro jinetes del Apocalipsis.

Las puertas del ascensor se han abierto.
Sara se ha incorporado y le está preguntando a la niña si no debería estar llorando, si no le da miedo, si no tiene ganas de salir corriendo y contarle a mamá que ha conocido a una extraña que era una mujer mala.

-No tengo mamá.

Se llama Margarita y vive justo debajo del ático de Sara.

Son 12 pisos.

Pero va a subir por las escaleras.




28 de julio de 2015

Sara, Le Fanzine nº 6



Su último trabajo había sido Sr Boston. Las víctimas nunca tenían nombre, no para ella. Porque no le importaba. Normalmente, Parker, al que nunca había visto en persona, la llamaba de pronto al teléfono y en muy pocas palabras o menos si podía la ponía al corriente del día, la hora, quién, el lugar, y cuánto iba ella a cobrar por el encargo. Era mucho dinero. Sr Boston tenía que ser alguien importante. Y alguien importante nunca estaba solo. Valía demasiado para alguna compañía o corporación o como quiera que llamaran a esas enormes multinacionales. Así que de seguro, Sr Boston llevaría un par de guardaespaldas a todos lados y dormiría con una parabellun cargada debajo de la almohada y un gran danés sobre una alfombra de piel de vicuña al flanco izquierdo de la cama. De seguro, que no había hecho nada bueno para dormir con un ojo abierto. Pero eso, a Sara, tampoco le importaba.
Aunque había un sitio donde Sr Boston sí se quedaba solo casi una hora y no era el baño. Los jueves de seis a siete y media. En casa de una rusa que tenía como única labor a cambio de un pisito en la zona más cara de la ciudad y una tarjeta dorada para hacer realidad todos sus sueños, hacerle a Sr Boston una buena mamada y atarlo luego como a un perrito de una correa de cuero a la pata de un sofá estampado con flores italianas. Perrito malo. Perrito malo. Los jueves. De seis, a siete y media.

Escaló dieciséis pisos descalza y con un cuchillo de cocina entre los dientes y una pequeña pistola sueca encajada en el elástico de las bragas, de balcón en balcón hasta llegar a una de las ventanas del salón de aquel apartamento donde Irina Popov le estaba dando con una cucharita de postre un flan de vainilla a Sr Boston, que por alguna razón que sólo ellos conocían, llevaba puesta una sotana y tenía metida en el culo una cruz del revés hasta la mitad: “Perrito bueno se va a estar aquí, quietecito, mientras mamá va a buscar a Sr Patata”.

Cuando Irina volvió del cuarto de los juguetes, Sr Boston estaba todo a lo largo boca arriba tirado todo como un cerdo en el suelo y con el cuello abierto en canal como una sandía de un corte limpio como el culo de un bebé y derramando tanta, tanta sangre que a Irina no le dio tiempo ni a gritar antes de que los perros entraran a empujones por la puerta porque algo les había mojado los zapatos.
Sr patata estaba destrozado en el suelo...y la brisa entraba como un gusano por la ventana.

Entrar.
Hacer tu trabajo.
Salir.

No es tan difícil.

-Le va a encantar. Además hay de todo en esta parte de Queens: droguerías, tiendas de flores, supermercados, y...

-Me lo quedo.

-¿No quiere ver el resto de la casa?

-...

-De acuerdo...entonces, sólo hay que rellenar algunos de estos papeles y...a ver...¿Nombre completo?

-Sara Bonapiedra.



27 de julio de 2015

Sara, Le Fanzine nº5



La primera chica a la que Sara besó se llamaba Olga. Era mexicana; pero se había venido a vivir a Oakland, California, no se acordaba de por qué, con uno de sus tíos que tenía un rancho en las afueras. Fue en un granero. Fue suave. Fue hermoso. Fue la primera vez, y por entonces, Sara aún no había matado ni una mosca con un trapo. Tenía trece años y el pelo trenzado a las espaldas como espigas de trigo, y, aunque ya había vivido en muchos sitios porque cambiaba con frecuencia de casa de acogida desde la-trágica-muerte de sus padres, Olga era el paisaje más bonito que había visto en todo aquel tiempo.
Se veían cada tarde. Allí, entre la paja, como agujas perdidas. Y siempre era mejor y más dulce y más bonito. Hasta que un día Olga se marchó, no recuerda por qué, a bailar corridos con un novio que le había tocado en una piñata cuando era chica, una primavera. Aquella tarde Sara se puso un vestido y fue a ver al muchacho de la tienda de alimentos del barrio, y en cuanto entró por la puerta, se levantó la falda y le dijo: ¿Tú tampoco lo quieres?. Y el chico, que estaba cortando cabezas de pollo, se rebanó un dedo de cuajo que fue a parar detrás de la puerta.

Poco después se mudó a San Francisco, con una nueva familia que la había adoptado a regañadientes porque no quedaban niñas de porcelana en el orfelinato y esa era la que había. Y allí. En San Francisco, conoció a un tal Adamns entre clase y clase de instituto. Fue en los baños. Fue rápido. No fue bonito.

Todos los sitios del mundo eran iguales. En todos había gente. En todos siempre había alguien demasiado amable y que se acercaba demasiado, y eso, no era bueno. Había decidido hacía ya hacía algún tiempo que con una manera de ganarse la vida como la suya a costa de la de otros, lo más cerca que tenía que estar de alguien era a un largo de cañon. Bang. Y tan amigos. Nunca tenía nada en contra de ellos. Sólo era trabajo.

-¿Nos vemos mañana, Sara?

No, Alicia, mañana Sara ya no estará aquí. Se habrá ido. Lo más lejos posible de alguien como tú. Tan pajarita de papel, tan cachorro de husky, tan golondrina. Sara buscará otro ático en otra ciudad donde haya gatos. Porque si no cualquier día tendrá que cruzarse contigo en un semáforo, en alguna esquina, y eso, no-es-bueno. Porque cualquier día, alguien al otro lado del teléfono, podría señalarte con el dedo, da igual quién- y hay tantos porqués por los que alguien haría eso que es mejor no pensar mucho en ello-, da igual por cuánto. El mundo está loco. Y tu cabeza rodaría por el suelo, Alicia. Siempre hay alguien que quiere una cabeza. Y eso sería como matar a tu perro.

Pero ha sido bonito...

-Quiero un billete para el próximo vuelo a New York.

-¿Equipaje?

-Esta pulsera. Era de mi madre.



26 de julio de 2015

Sara, Le Fanzine nº 4



-Que pelo tan...ultramarino.

La chica que acaba de sentarse junto a Sara sobre uno de esos taburetes de tres patas en la hamburguesería ha pedido un cuarto de libra de carne con salsa picante, la-más, picante y se llama Alicia.

¿Cómo?

-Me llamo Alicia.

Vale. ¿Y?

-Trabajo ahí al lado. Acabo de salir. Vaya día. Puf. Te he visto otras veces por aquí. ¿Tú eres la chica del nº 11 no?

Sí. La que vive en el ático. La chica que no tiene ganas de hablar. La misma chica que se está preguntando por qué todo el mundo tiene que ser tan, amable.

-Hoy es mi cumpleaños.

Jaque mate. Hoy es el cumpleaños de Alicia. Vaya. Qué suerte.
Opción nº 1: vete, Sara. Ahora.
Opción nº 2: Ya.

Papá y mamá le regalaron un enorme paquete en su octavo cumpleaños. Más grande incluso que ella. Tardó en desatar aquel lazo medio siglo. Se subió a una silla y cuando miro dentro allí estaba: la bicicleta más roja y bonita que había visto nunca. Papá sonreía. Mamá sonreía. La hierba sonreía.
Se abrazó a ellos por las piernas y juntos se quedaron así quietos como un árbol, en mitad del jardín, un rato.
Fue la última vez que abrazó a alguien.

Opción joder, Sara, por qué no te has ido:

-Feliz cumpleaños.

-Oye perdona yo, no te quiero dar el coñazo ¿sabes? Es sólo que, bueno, te he visto y he pensado, vaya, la chica del 11, qué tal si la saludas y...porque la ves comprar todos los días el periódico...la basura...fumarse un cigarro en el balcón...yo...y hace todavía poco, ni un año. Ya no había nada que salvar. Y un día se fue. No sé por qué te cuento todo esto.

¿Porque estás sola Alicia? ¿Porque no vas a comer tarta? ¿Porque las cosas no te han salido muy bien últimamente?

Ahora tendrá que presentarse. Hola, yo soy Sara, vivo en el ático, en el del nº 11. Qué buen día hace. ¿Cuántos cumples? ¿25? Yo los cumplo en septiembre. ¿En que trabajo?: mato gente.

Demasiado complicado.

Y entonces Sara se ha levantado de su taburete y se ha acercado a Alicia y sin decir una sola palabra la ha besado en la boca. Con lengua. 37 segundos.

A mitad de camino del dormitorio de Alicia, Sara ya casi la había desnudado por completo mientras le empotraba contra la pared del pasillo aquellos enormes pechos y le terminaba de tirar con los dedos del pie las bragas hasta el suelo. La foto de Alicia e Isabel se cayo al suelo y se hizo añicos. Ya era hora, pensó Alicia, en el mismo momento en que aquella chica del pelo ultramarino le metía los dos dedos hasta donde a ella le gustaba. Hasta el fondo. Hasta donde todo se olvidaba.

De vuelta a la realidad de una taza de café tras dos horas y media más tarde de retozo y sábanas mojadas, Alicia le preguntó que en qué trabajaba.

-Mato gente.

Alicia está preciosa cuando se ríe.




25 de julio de 2015

Sara, Le Fanzine nº3


-¿Qué es eso?

-Música. El Wish You Were Here concretamente.

-Me gusta.

-Hay muchas cosas ahí fuera que merecen la pena.

-¿Como qué?

-El cielo, por ejemplo. Uno siempre mira más allá aunque esté mirando el cielo. Por eso es tan bonito.

-¿Y qué me dices de la libertad? ¿Podré mirar el cielo como dices sin que de repente me pase un tren por encima porque lo exige el guión?

-¿Crees que yo soy libre, Sara? Sólo para encender el interruptor de la luz tengo que trabajar tantas horas que cuando llego a casa...

-No me interesa si no eres feliz. Yo no te pedí que me crearas. ¿No es eso lo que le dicen los hijos a sus padres? No te lo pedí. No te lo...¿Qué es esa luz?

-La salida.

-...

-¿Tienes miedo?

-Tengo todo el miedo que me cabe en el cuerpo.

-Yo estaré contigo. No dejaré que te ocurra nada malo. Te lo prometo.

-¿No tienes nada mejor que una promesa?

-Puedes quedarte aquí para siempre si quieres. Aplastada como la cabeza de una libélula entre las páginas. Cuando eres libre tienes que elegir todo el tiempo. A veces no es fácil. No, ser libre no es nada fácil. De hecho es tan difícil que la mayoría de la gente toma otras opciones.

-La realidad es que...

-La realidad es una mierda, Sara. A nadie le gusta la realidad. Yo por ejemplo, huyo de ella despavorido. Al principio lo llamas cobarde. Con el tiempo, lo llamas tu vida. En cambio tú tienes la oportunidad de hacer grandes cosas, cosas magníficas...

-Yo no quiero hacer cosas magníficas. Quiero una hamburguesa.

-...Cosas que jamás estarán a mi alcance. Te envidio. Ojalá pudiera ser tú. Porque uno siempre quiere otra cosa. Casi nunca lo que tiene. Cosas que ha perdido, que no hizo, que nunca hará...

-Con mucho ketchup. Y aros de cebolla.

-...no te imaginas la de veces que uno se equivoca. Por cierto, si sales por esa puerta no volverás a recordarme. Jamás. ¿Sara?
...¿Sara?




24 de julio de 2015

Sara, Le Fanzine nº 2


-¿Y ahora?

-Habrá que construirte una historia, Sara.

-¿Qué soy?

-Un personaje.

-¿No tienes amigos?

-Mira Sara, esto es muy fácil: yo escribo, tú eres.

-¿Y si no?

-Pues si andas tocándome las pelotas todo el tiempo cambiaré de personaje o simplemente me iré a tomar café y tal vez no vuelva nunca.

-Lo que quiere decir que valgo tanto como una mota de polvo. Que mi vida depende de ti. Que si algo no me gusta, me aguanto. Porque tú escribes. Y yo soy. ¿Sabes? Prefiero no ser.

-No puedes no ser. Ya es demasiado tarde.

-Podrías dejar de escribir. Me harías un favor. Te lo harías a ti mismo.

-¿Estás llorando?

-Eres el primer hombre que me hace llorar.

-No seré el último.

-¿Cuál es la trama? ¿Chica bonita sufre porque el amor es una mierda?

-Todavía no lo sé. Te observo. Te miro crecer. Espero.

-¿A qué? Porque tengo hambre ¿sabes? Y no veo ningún restaurante por aquí.

-Aún no estás preparada para salir ahí fuera.

-¿Sabes qué creo? Que no tienes ni puta idea de cómo sigue esto. Que puede que me mandes a la papelera de reciclaje. ¿Qué estás esperando? ¿Un milagro?

-Puede.

-Tengo hambre.



23 de julio de 2015

Sara, Le Fanzine


-Te vas a llamar Sara.

-¿Dónde estoy?

-En una página en blanco.

-Es bonito. Aunque también es triste.

-¿Sabes qué significa triste?

-Mmmmm...

-¿Y por qué lo has dicho?

-Tampoco sé que es piel. Pero la necesito. Hace frío. Tal vez es porque todo es blanco.

-No he imaginado un volumen para ti todavía. Ni el fondo de tus ojos ni nada parecido. Pero no te preocupes, todo eso está de camino. Y hay más colores. Pronto, todo esto se llenará de colores y árboles y casas y ríos y montañas y...

-Me encantaría tener el pelo azul. Como eso.

-Eso es el mar, Sara. Ves...ya viene el paisaje. Bueno, pues, no te imagino con el pelo azul precisamente perooooooooo...vale.

-Quiero ojos grandes.

-¿Cómo de grandes?

-Así.

-Mira, ya tienes manos. ¿Te ha dolido?

-Un poco. Me gustaría el pelo más corto. Justo por el cuello. ¿Qué significa Sara?

-Necesitas un nombre.

-¿Para qué?

-Para que la gente te recuerde. Ponte esto.

-¿Qué es?

-Unos Jeans. Y eso otro una camiseta. Tu camiseta con la cara de Mickey.

-¿Qué es Mickey?

-Un ratón. ¿Estás segura de que no quieres tener el pelo de otro color más...como el trigo o la avellana? ¿No te parece demasiado...?

-¿Azul? Me encanta. Los ojos son perfectos. Lo veo todo. Gracias...

-Llámame Billy.

-¿Qué eres?

-No eres la única que no sabe cosas. Volvamos al trabajo. Esto, son tus zapatos.

-¿Unas converse? ¿Rojas?

-¿Qué?

-No entiendes mucho de moda.

-Son mágicas.

-¿Mmmm?

-Te llevarán a lugares increíbles. Y me gustan. Al fin y al cabo yo soy quien...

-Me gustaba más cuando no sabías quién eras.

-¿Qué les pasa a estas zapatillas?

-Son rojas, joder.

-¿Quién te ha enseñado a decir eso?

-No sé. Me ha salido. Así de pronto. Podrían ser...nupies.

-¿Y eso qué es?

-Un color. El nupie. Ese.

-¿Cuál?

-Ese. ¿No lo ves?

-Como quieras. ¿Así?

-Siguen siendo rojas.

-Pues no me sale otra cosa ¿sabes? No sé, ¿qué tienes contra el rojo?

-Nada. Pero no soy tonta.

-Yo no he dicho que...

-Quiero alas.

-No puedes tener alas, las chicas como tú no van por ahí extendiendo las alas por...

-¿Como yo?

-Bonitas.

-¿Crees que soy bonita? ¿Porque tengo el pelo azul y estos ojos tan grandes? ¿Por mis alas?

-No vas a tener alas.

-Tampoco me pondré esas zapatillas rojas.

-¿No?

-No.

-¿Quién te ha enseñado esa palabra?




22 de julio de 2015

Mitades enteras


Me quedo mirando a bebé y le digo, hijo:
la vida es una mierda, no crezcas nunca, y bebé,
vomita la papilla sobre el babero.

Mamá no está bebé.
Se ha ido.
Por esa puerta.

Llevo días envolviendo a bebé en hojas de periódico.

A veces lo quiero tirar por la ventana.

Ni siquiera sé si es mío.

Después le veo llevarse el dedo gordo del pie a la boca y
apago la luz de la cocina y me quedo a dormir en el sofá
con bebé sobre el pecho,

tarareándole que me salve.



21 de julio de 2015

Fragmento 6



-No tiene donde ir. Serán tres días.

-Pero si ni siquiera sabes cómo se llama...

-Alfonso. Se llama Alfonso.

“Es el mejor cassette de Jean Michel Jarre que he escuchado hasta ahora”.

A mi espalda había un chaval de pelo rizado y mochila a la espalda bastante más alto que yo y con un paquete de tabaco saliendo por el bolsillo de la camisa. Unos 23. Tal vez 24. Yo andaba por los veinte y ya me había casado con mi novia de toda la vida:la Mari. Había oído por la radio que el nuevo trabajo de aquel loco francés ya había salido a la venta, y el viernes, me lancé a por él al mercadillo que ponían enfrente de la casa. Y de paso compraba el pan y me fumaba un pitillo de una hierba muy buena que vendía el gitano de la calle de la Plata en la trastienda de la tienda de revistas.
La carátula de la cinta no era muy bonita: “Zoolook”, en letras grandes y poco más adorno.

Tenía acento. Cuando le pregunté de dónde eres, por un momento casi no supo o quiso que decirme. Luego añadió: de las Canarias, soy de las Canarias.
Como si aquello estuviera en otro mundo. Muy lejos. Tal vez demasiado lejos para volver.

-¿Y dónde va a dormir?

-En el sofá. Y durante el día casi no va estar en casa Mari, que me ha dicho que sólo está de paso, que tiene que hacer unas cosas por aquí.

-A saber qué cosas. ¿Y dónde se va a duchar? ¿En mi ducha? Que tenemos un niño Jose. Que estas cosas sólo se te ocurren a ti.

“-¿Has escuchado Concierto en China?”

También lo tengo, le dije, y me ofreció un cigarro como si me conociera de toda la vida.

“Sólo tienes dos”

Que para qué queríamos más decía.

-Vete tú a saber si no tendrá algo.

-¿Algo de qué?

-Algo de algo, yo qué sé. Así que tú sabrás.

Escuchamos dos veces aquel cassette. Nos bebimos tres cervezas de litro. Y me habló de la India. Porque iba a la India. Aunque antes iba a darse una vuelta por el mundo y había recalado aquí porque no tenía prisa en llegar a ningún sitio. Y que de paso tenía que hacer algunas cosas. Pero no me dijo cuáles.

Al día siguiente se levantó muy temprano y pasó por la cocina afeitado y con ropa limpia. No desayunó. No almorzó en casa, y cuando llegó, la Mari y yo estábamos sentados al fresco en la puerta de la casa bajo una noche de agosto estrellada comiendo pipas de girasol.

“-Buenas noches señora”.

Pero señora apenas si le devolvía un gruñido de perro pequeño y yo me apresuraba a decir, qué tal te ha ido, y le ponía la mano en el hombro y le decía, que si quería jugar un rato con la Spectrum, unas partiditas, ya sabes, mañana no trabajo y he pensado que...
Hasta que la Mari nos miraba de arriba hasta abajo y el chaval se excusaba diciendo que mañana tenía que levantarse muy temprano. Y era verdad, porque al segundo día se fue antes de que la Mari y yo nos despertáramos. Volvió a volver muy tarde aquella noche. Pero esta vez se sentó en una silla que habíamos sacado para una vecina que tenía el hijo en Marruecos de soldado raso y a saber con qué barbas llegaría, si era un niño todavía y no había hecho nunca la cama, mira que, tenerle tanto tiempo por ahí por el desierto, con la de bichos que tiene que haber...

“-Me voy mañana”.

Traía un paquete.

“Esto es por las molestias señora. He conseguido algo de dinero y pensé que...”

Era una foca de peluche rosa con un corazón rojo en la tripa que si lo apretabas creo recordar que decía “Que bien que seamos amigas”.

Aquella noche la Mari terminó de darle al niño el biberón y en cuanto se quedó dormido se dio la vuelta en la cama sin pronunciar una palabra y sin siquiera reñirme para que apagara la radio.

Dejó una nota sobre la mesa de la cocina.

“Sois estupendos. Gracias”.

Y dos billetes de los grandes porque había escuchado a la Mari decir que había que comprarle al niño un carro nuevo porque el que tenía era de la comadre y ya había criado seis niños.





20 de julio de 2015

Nivel azul, azul marino



Soy un hombre mediocre.
Sueño cosas mediocres:
que la señora de la limpieza se masturba en el cuarto de los trastos;
que mi padre muere ahogado en un vagón de tren;
que vuelo, por supuesto. Un clásico.

Aspiro a comer todos los días. Caliente. Con pan.
O a que no entren en mi casa una docena de soldados,
una noche cualquiera,
diciendo esto es la guerra.

La guerra. Qué palabra tan extraña.

Yo también tuve Sueños. En mayúsculas.
Me faltaron neuronas. Tal vez glóbulos blancos.
Pero no estuve ni cerca.

Soy un hombre mediocre que dice tonterías
como qué buen día hace, ¿verdad?
¿La huella de mi paso por el mundo?
Perdona: pero creo que te has equivocado de ascensor.

Un hombre sin chistera ni armadura ni caballo.
Un hombre honrado, eso sí. Cuestión de gustos.

Pero tengo que vivir.
Con esto.
Aunque nunca salga cruz.
Y le he prometido a Clhoé,
que ascendería a Luna llena un día de estos.
Me otorgarían la medalla al amor propio.
Sería, Capitán.
De un barquito con redes que saliera a pescar,
todos los días de mi vida.

“No cojas ese tren papá. Caerá al río”.

A veces nos buscamos los pies con los pies de noche debajo de las sábanas.
Y si cantan los grillos
y si el mundo se para
y si un tac de reloj
y si hay yogur en la cuchara
y si llueve
y si llueve
y si llueve,

nos besamos.

Porque lo único que importa,
a estas alturas del Everest,
es no caer de rodillas.





18 de julio de 2015

...que hay vida en otros planetas


Y esta cicatriz es de cuando me quitaron a mis hijos.
Luché; pero no he dejado la heroína.
Soy esto y nadie tiene la culpa Sr Martínez.
No llores más.

Sr Martínez tiene sida y va a morirse.
Mientras tanto yo le acuno.
No va a morirse solo.
Estos días Sr Martínez me habló de Beatriz.
Dice que era bonita como un cuadro torcido y
tenía los ojos verdes.
Y girasoles.

Encontró algo en la basura. Algo brillante y me lo trajo al cuello.
Que estoy muy guapa dijo.
Que parecía una señora.

Sr Martínez sabe hablar inglés.
No como esos presidentes dijo...mírame...
mírame dijo y dime
cómo se vuelve.

A comer caliente. En una mesa. Con tenedores.

Sin cucharitas ahumadas ni agujeros.

Sin ratas.

Eres todo lo que tengo Sr Martínez.

Y le abrazo.

Y le cuento que tenía una muñeca a la que puse de nombre Isabel,

cuando era pequeña.



16 de julio de 2015

Una chica con Brackets que...


¿De cuántos por si acaso muere un hombre?
¿De cuántos y si?
¿De cuántos si yo hubiera?
¿De qué rescoldos?

Mientras fuera de uno la luz abre las puertas.
Mientras todo está esperando.
Las manos, los besos, las guitarras...
El Océano.

¿De qué sirve saltar encima de la cama?
¿De qué los ríos de tinta en los poemas?
La Brisa. Los niños. Una pera.

¿No te gusta estar vivo?

Me acuerdo de me acuerdo de.
¿Dónde estará?
¿Qué habrá sido?

Estará con otro. En otro sitio.

Porque jamás fuiste a buscarla.





13 de julio de 2015

Quiero ser una rana


¿Una princesa?
Y-u-n-a-m-i-e-r-d-a.
¿Para que esté todo el día dame un masaje dame un masaje dame...?
Cállate zorra.
¿Una princesa?
“Por aquí no, que me duele.
Eso tampoco, que me da asco”

En cambio esta plebeya tiene pelos en las piernas
y duerme con la boca abierta y
ocupa casi toda la cama y
su sangre es tan roja como un filete de ternera.
Además siempre está ahí. Como una olla. Como el gato.
Y siempre tan feliz.
Con su dieta y sus pastillas de dormir.
Con sus gafas del cerca.
Con las manos abiertas para mí.

¿Una princesa?
Si yo como con las manos...
Si sólo bailo claqué...
Si no levanto ni un palmo...

Si no tengo Norte.

Y a pesar me hace croquetas y tortilla de jamón.
Me invita al cine, me sugiere,
que esta noche hagamos cosa guarras,
que mañana es domingo. Que todos los días son domingo. Y hace, así,
con los ojos,
esa cosa y me suelta que ya sabe que hay de postre. Mmmm. Y,
me trinca el paquete mientras conduzco.

No necesito una puta princesa.
Con ella tengo todo lo que un hombre puede desear.
Y tabaco.
Y una PlayStation.
Y una guitarra.
Y una colección de...

Si alguna vez me muero, quiero que sea entre sus brazos.