29 de noviembre de 2015

Hay al menos que morir al menos una vez en la vida. Para echarla de menos, y todo eso.


Cada cinco minutos me acuerdo de vivir.
Por los si acaso.
Como la vez aquella del hueso de aceituna, la espina de pescado, el granito de arroz.
y yo con los deberes sin hacer, con las camas sin hacer, con el amor sin hacer... y en el tintero
tantos trenes por coger, chuf, chuf, chuf, tantas
ganas de decir te quiero tantas veces y siempre fue después,
luego, ahora estoy demasiado ocupado. Teniendo miedo. Perdiendo el tiempo no sé en qué.
Disimulando que no te vi llorar.

Cada cinco minutos leo el Quijote
bailo el Dirty Dancing o me meto en la bañera y me escucho el corazón.
Que si planto un aguacate en un vaso de yogur, que
si digo eco...eco...eco en la boca del metro o,
me meto hasta donde no hago pie y le pregunto a una sirena que si tiene fuego.
Cada cinco minutos, me enamoro.
De un culo.
De una mota de polvo.
De otro culo.
De cada estrella. Y hay tantas...
De las ruedas de repuesto y los kioskos de flores.
Cada cinco minutos.
De todos los colores.
De los lagartos y las moscas y los transistores.
De los chicles pegados debajo de las mesas.
De las fotos donde a mi padre se le veía el diente de oro.
Del chocolate.
De las arañas y los icebergs y las gorras con visera de los Yankees.
Del rock.
De cualquier droga siempre que sea gratis.
De cualquier puta. Siempre que sea barata, porque las putas caras,
no tienen corazón.
Cada cinco minutos me arrepiento de algo.
Cada cinco minutos me quito la razón.
O bailo un tango.
O hago un zumo con mi media naranja.

Cada cinco minutos,
me doy otra oportunidad.




26 de noviembre de 2015

...y además tengo aparcado en la puerta el Halcón Milenario


..pero por mucho que enseñe los dientes
que saque las uñas
que reniegue de la vida tres veces antes de que el gallo cante,
cualquier mamífero necesita una teta como Rómulo y Remo.

Algo de amor.

Lo busca de reojo en lo cóncavo de las cucharas.
En los espejos del baño de las gasolineras.
En las frías mañanas de un invierno tras otro.
En la cola del supermercado.
En los almanaques. Un día. Y otro.

Dormir bonito al pairo con alguien que te inspire tanta confianza que no tengas, un revólver debajo de la almohada.
No llorar solo. Llorar con alguien.
No un amor que salga en los periódicos. Un amor limpio del que no tengamos que arrepentirnos.
Quedarse mirando al cosmos y suspirar como si fueras tonto y ponerle su nombre a una estrella. ¿Para qué? No se sabe.
Hay cientos, millones de canciones que hablan de nosotros.
De todos los nosotros de este mundo.

Caer en la tentación.
Saltar a ese vacío.
Y que alguien te salve.

Ir a tomar un capuccino a algún sitio donde los camareros lleven tatuajes de Betty Boop y la cafetera silbe el We are the champions.
Emprender un viaje: hacía lo desconocido.
Tropezar con el Ying.
Volver a tropezar.
Y tropezar.

Buscar en Google:Yang.

Tocar Unpluged.
Pasar el sombrero.
Sonreír. Todo lo que puedas.
Aprender a volar hacia lo Blue.

Aunque tengan esa cara de poker, todas esas goteras en el techo y kilómetros de cabos sueltos o un sofá donde pudrirse,
todos los mamíferos necesitan a alguien.






25 de noviembre de 2015

De las oscuras golondrinas


Mientras el mundo se derrumba
tú cambias la cama de sábanas.

La calle está llena de muchachos que acuden
a la llamada del Sinsajo.
De hijos nuestros.
De rabia.
De toda nuestra rabia, y tú,
aunque no quede nada en pie has decidido,
que a las tres hay que estar en la mesa.
Y rezar por el hombre, por todos los caídos,
los unos
y los otros.

Y de postre, natillas.

Olaf me dijo que las bombas cada vez caen más cerca.
Y tú limpiando el polvo...
Y tú diciéndole a los chicos que vayan a la guerra
con ropa interior limpia. Que nunca se sabe.
Que se laven los dientes antes de acostarse.

Olaf también me ha dicho que entran en las casas. Que lo rompen todo.
Que se llevan a las niñas.
Los dientes de oro.
La mermelada.

Y tú regando jacintos en el patio, calas, rododendros.
Y tú riñéndome porque he dejado encendida las luces del baño.
Y tú asomada a la ventana para verlos venir porque ya son casi las tres.
Todos los días.
Como si todavía fuera ayer
que se perdieran calle abajo cantando que iban a volver
con la paz entre los dientes.



video

23 de noviembre de 2015

Lo escarpado


Hay un salvaje en mí que nos gusta a los dos, la diferencia, es que yo no lo niego. Un animal que te muerde hasta dejarte la marca de los dientes, una flor grana, mi huella. De mi paso por ti. Duele, claro; pero cada vez que te miras al espejo y ves que estuve allí, me quieres. Que yo lo sé. Porque querer se olvida, se olvida con el tiempo si no lo prácticas, se seca, se embebe, y termina oliendo a agrio de no usarlo, como un bote de leche o una lata de tomate. De no decir te quiero, aunque sea a mordiscos. Por eso salgo a cazar cuando estás desprevenida, a tus cosas, pajarito en la rama, ñam, ñam, y a mi antojo, me acerco disfrutando-por la espalda-, ya del sabor de allá donde te hinque los dientes a traición. Que sí, que duele, que ya los has dicho. Que mi puta madre. También. Que por qué no me pillo yo los huevos con la puerta del coche. Que no sé qué manera es esa de querer. También los has dicho. Cientos de veces. Porque tú no te ves. Tiemblas. Y no es de miedo, te, estremeces, como cuando un frío se te cuela por debajo de la ropa, y, te revuelves como un gato y con las uñas afiladas me buscas los ojos, zas, zas,zas. Por poco.
Porque tú no te ves, encendida como una lamparita blasfemando que soy un no sé qué, un lo otro, de lo peor, vamos, que hay sobre el planeta tierra. Que no sabes qué haces conmigo. Bruto. Cabrón. Que me haces daño.

Sólo un poquito.





22 de noviembre de 2015

Peón a alfil siete


Mi ubicación actual es aquí. Mi reloj marca ahora. Hay una explosión a mi espalda; pero no me giro, porque soy, un tipo duro. Además, era mi vida, que ha estallado en mil pedazos. Otra vez. Meto la mano en el bolsillo y busco. Aunque sé que no habrá más de ocho dólares, y una nota que quería dejar encima de la mesa. Pero no he podido. Hay cosas que un tipo duro se puede permitir: “Querida Cecile, cómprate otro perro”. Al fin y al cabo ella no tiene la culpa de que yo coleccione horizontes, ¿verdad, Ufo? Ufo me mira y mueve el rabo. No sabe quién era James Dean. Ni un chevrolet del cincuenta y cuatro. No sabe a qué saben los kilómetros ni el viento, ni la sal en la boca si cruzas de un estado a otro por la costa.

-¿Dónde quieres ir por ocho dólares muchacho?

-¿A cualquier sitio?

Los andenes huelen a basura y a pies y a colillas de tabaco. En cambio el cuello de Cecile olía a cisne blanco. Debo ser estúpido y hace frío. Y tengo hambre. Así que Ufo y yo compartimos una lata de comida para perros. Y todavía me quedan seis cigarros.

Ese es nuestro tren. ¿Lo escuchas, perro? Podría escuchar esa canción mil veces. Veremos encenderse las farolas y las luces de los coches desde la ventanilla mientras el sol se pone sobre la ciudad, y mañana, estaremos caminando hacia no importa dónde mientras algo estupendo nos encuentra. 



21 de noviembre de 2015

¿Subes?


Se ha dejado las gafas encima de la mesa de la cocina. Esas gafas. Las de todo es de color de rosa. La de “Mira cómo sonrío mientras tú te devoras el hígado.. total, por un plato roto”.

Esas.

Piso sólo las baldosas negras porque ahí no se notan las huellas y está recién fregado. Miro a los lados. Me las meto en el bolsillo y salgo de allí como si hubiera robado la Gioconda.

A simple vista son unas gafas normales. Me las pongo. Y veo lo mismo. Veo como desaparece el Amazonas. Las ballenas. Los icebergs. Los bares de toda la vida. Las abejas. Los buenos días, los que aproveche, los cuenta conmigo, los me alegro por ti. Unas gafas normales. Todo sigue igual. Aquel barco a lo lejos que se llama Esperanza; las fronteras creciendo como hiedra en los mapas; la basura espacial; las Babilonias; el nombre de Dios. Tan en vano.

Vaya mierda de gafas.

Las vuelvo a dejar donde estaban. Justo a tiempo:

-¿Has visto mis gafas?

-Creo que están encima de la mesa de la cocina.

Y va, y se las pone, y vuelve diciendo que hoy, es un día especial:

-¿Y eso por qué?

-Porque es lunes. 23 de noviembre del año dos mil quince. Nunca más habrá un día como este.

Asomo la cabeza por la ventana. Está nublado. Como todos los lunes.

Dice que da igual, que hoy es el día internacional de tú y yo. Que en vez de andarme todo el tiempo arreglando el mundo por qué no le arreglo la lámpara del baño. Dice que si llueve, me ahorraré regar las macetas, o que iremos en un barquito de papel de charco en charco. ¿Adónde?, le pregunto. “Al súper, porque no hay huevos”. Y porque yo la quiero mucho. La quiero tanto que la empujaría al fondo del Cañon del Colorado. La quiero tanto que le cortaría los codos por la noche para que no me los metiera en las costillas cuando está dormida, y la cama, se queda pequeña para tanta mujer. Y me dan ganas de coger las putas gafas de la mesita de noche y saltar encima hasta hacerlas añicos. Porque la envidio. Porque me muerdo las uñas. Hasta estuve a punto de hacerle un muñeco budú y pincharlo con muchas agujas. Lo que pasa es que después, pienso, y dónde iré. ¿A qué planeta? Y además me he acostumbrado a qué saben sus tetas y sus croquetas de pollo y sus tú puedes. Y como es un espejo, cuando me miro, me veo guapo.





19 de noviembre de 2015

Jolie


Durante aquel período de mi vida seguía las señales al pie de la letra y con un cigarro colgando de los labios. Podían aparecer en cualquier sitio: en el lunar de una muchacha o en la pata de una mesa. Las había por todos los lados. Y si no, las inventaba.
Los 7 por ejemplo. El de la habitación de hotel; en el jersey de un estudiante; el carenado de una motocicleta. Un 7 era algo así como, todo va bien, no te preocupes, donde menos te lo esperas, salta la liebre.
Dos sietes era algo estupendo. Solían ir juntos de la mano en los billetes de lotería o en los números de teléfono, y ese día cabía esperar algo magnífico para un hombre de a pie.
Sin embargo los tres sietes eran sin duda la guinda de un pastel de crema y nueces y esa cosa de fresa que le ponen por arriba, o que los acontecimientos podían caer del cielo en forma de mismísimo Maná, o simplemente, algo gordo estaba a punto de ocurrir.
Intentaba no hacer mucho caso a las matrículas de cuatro sietes, por si uno fuera a romperse de ser tan feliz.

También me detenía a escuchar a las chicas de los anuncios en las paradas de autobús, bajo la lluvia, tan solas, tan olvidadas, con esos ojitos de estar deseando que alguien les contará cómo era el mar.

O iba detrás de las canciones que salían de un balcón o hablaba con los maniquíes de los escaparates o me metía dentro del estanque y daba de comer a los cisnes del parque o hacia caso a las señales de tráfico y giraba a izquierda o derecha o yo qué sé hasta acabar de nuevo en el mismo lugar. Pero entonces veía en el suelo un papelito y me agachaba y lo leía y, aunque fuera una lista de la compra, siempre se podía aprovechar alguna palabra.
Creía en aquel rastro y lo seguía aunque hubiera de por medio un océano.
Otras veces terminaba en mitad del desierto.

Lo más curioso era, que me había convertido en un gran explorador; pero no tenía ni idea de qué estaba buscando.



17 de noviembre de 2015

Por ejemplo


Y a veces la vida es sólo cuestión de dejarse. Como Matías, Villa Camelia nº 5, Avenida del Brasil, la casa pintada del mismo azul que el cielo:

Comía hierbas del tejado, garrapatas y liquen. Era un animal muy sabio. Antiquísimo. Fumaba, por supuesto. Tampoco tenía rabo, como podía observarse en otras criaturas demoníacas, y aunque no profesaba religión alguna ni se le conocía una bandera y era dado a depredar en el pubis de las mujeres pelirrojas, su infancia fue no querer comerme las lentejas= 1 hostia.
Conoció a pelirrojas que eran un trocito de canela y que dejaban un olor a magdalenas allá donde flotaran, que eran hierbabuena y eran jara y otras hierbas del campo, no tengo tiempo para agacharme a coger flores, solía decir y un día, un día, Camelia salió de una esquina y tropezó con él y se ve, que del golpe, el bicho perdió la memoria.
“No sé quién pero contigo, me siento alguien”, le dijo aquel insecto a Camelia.

Otras una foto en blanco y negro. Mr Sigman, arquitecto, apartamento 19 con vistas al vacío. Detrás el mar, y al fondo, horizontal, todos los sueños sin cumplir que un hombre era capaz de meter en los bolsillos:

“-Es increíble lo que hace una botella. Lo mismo te presenta a un tal Jack Daniels y acabas esa noche en el infierno, que encuentras un barco en altamar o alguien te pasa por los hombros un abrigo. Conocí a un tipo que había escrito un libro con un solo bolígrafo.
Si estuviera rodeado de zombies y sólo me quedara una bala, cerraría los ojos y antes del clic, gota del grifo+silencio=pensaría en ti x mil-menos la vez que me clavaste la punta del lápiz por la espalda=999.
O todo el tiempo.
Y después moriría. Por ti. Como hice siempre. La palabra más antigua del mundo.
Abrir por la zona punteada, verter en medio litro de agua y hervir 10 minutos.
Y a veces le doy vueltas y vueltas a la sopa de letras y busco, ¿sabes? tu escote entre tanta sirena que intentó tu nombre.
Miro el teléfono como si fuera a salvarme la vida, y todos los días ponen una película nuestra en el techo de la alcoba.
Te he echo de menos, de más y hasta en papel cuadriculado. Me he quedado calvo de pensar en ti.
Como si algún día fueras a llamar...y salvarme”.

En ocasiones, un milagro. Marisol, cuarenta años. Sebastían, algunos más. 12 del boulevar Santiago, antes del puente:

“...Abrazar un árbol, preguntarle qué tal, pedirle el teléfono, llamar, de vez en cuando, quedar para cenar, follártelo.
Y a los nueve meses ya sois una manada. Se llama hipoteca. Coche nuevo. Te quiero. Y yo a ti. Claro. Y, pasan los años y nunca te arrepientes. O sí. O las dos cosas. O no. O las tres cosas.
Aunque a veces te acuerdas del silencio”.

Sebastián, mientras tanto cambia la tele de canal.

A veces la vida es esperar. Aunque se espere nada a cambio. Ulises y Carlita, Uruguay, dos de la tarde:

“-Has venido.

-Carlita...

-Quince años. Quince años, Ulises.

-Quince años de mierda sin ti.

-No digas eso. La culpa no era tuya. Ni mía. Sólo que eso es la vida, un desatino a veces. Habríamos fracasado. Lo nuestro era un volcán. Y te ha ido bien Roger. Tienes unos hijos maravillosos. Y esa mujer te adora. Te ha ido bien Roger. Deberías...

-No pienso irme. No puedes quitarme esto. En realidad es los único que tengo.

-¿Ella lo sabe?

-Sabe que la quiero. Lo sabe. Y que tú y yo no tenemos nada que ver con eso. Sí, lo sabe.”

O un carrusel con caballitos. Basili, Ucrania, el mismo día que Sofie hizo la maleta:

“-¡Ni tú distingurías un guisante debajo del colchón. Y del zapato de cristal, ni hablamos. Por eso estás a dieta. Siempre estás a dieta. ¿Desde cuándo estás a dieta?”.

La vida, qué cosa...que le pregunten a Fernando, Folí de apellido, para más honra. Hijo de un zapatero:

“-Hay una chica en el trabajo que..Siempre sonríe. Ya sabes, esa clase de sonrisa. Tiene dos hijos. Y...dice que ha pensado, que estaría bien ir juntos al cine. Y comer palomitas. Y salir, salir de ahí, dice, de lo oscuro mío. De lo negro.
Te echo de menos. Y tú tan lejos. Tan debajo. De toda esa tierra”.

A veces es como querer bajar la ventanilla del avión con las uñas. Así es vivir a veces. Por eso cuando llega a casa, Trento- rubio como el trigo, piso 32, puerta B, no funciona el timbre-, le como el coño a su mujer como si no hubiera comido nada en tres días. Porque uno viene sorteando mierda de perro en las aceras y gente que sólo mira el suelo y nadie te saluda subiendo en ascensor. Un día duro, gorda mía. ¿Cómo de duro? Me han despedido. Dicen que, todos estos años ya no significan nada. Que todo ha cambiado. Pero tú y yo no hemos cambiado. ¿No es verdad, gorda mía? Somos una roca.”

Por ejemplo.





15 de noviembre de 2015

Inclusive



A Sally le cayó encima aceite hirviendo.
Me divorcié.
Porque su belleza interior me importaba una mierda.





9 de noviembre de 2015

Oh oh...



Yo quería que el agua de la orilla me lamiera los tobillos
y una chica de pelo ensortijado me la chupara
mientras se acariciaba su cosa con el mando de la play.
Los dos mirando las putas gaviotas.
Qué bonito. Y llorar de asco de lo bonito. Bua. Bua.
Reventar de ver puestas de soles y hojitas cayendo de los árboles.
Jugar al dominó las tardes de domingo.
Y la brisa. Y los pájaros. Y los naranjos.
Yo quería tener una sonrisa Profident y los ojos más triste de este mundo y
dar como ganas de que alguien me adoptara y
me pusiera un nombre sencillo, como Robert, o MacClain,
y me llamara y
yo siempre fuera con el rabo entre las piernas.
Que me tocara en la loto una princesa, y los hermanos Grimm nos escribieran el guión de todo aquello y comiéramos perdices.
Quería un piano blanco en mitad de un enorme salón con los suelos de mármol.
Aunque eso era opcional. Quería más una ventana por donde mirar
ver si llegabas. Envuelta en un halo. Pero sin nada debajo.
Y follar sobre el piano blanco.
Quería tumbarme en el sofá a ver pelis contigo de las malas,
de las que sólo ves porque sabes que al final, hay un beso.
Dos horas de babas para ver sólo un beso.

En fin, quería, algunas cosas. Y que fuera perfecto.

¿Y que coño ha pasado?
La vida.
Como un tren por encima.

Toc toc.
Un día.
“-¿Quién es?”
“-La vida. Abre, idiota”.



1 de noviembre de 2015

The Lovers



A veces me siento como si tuviera la cabeza metida en un cubo de mierda y no pudiera respirar y, me hundo al borde de una depresión, me rindo, me ahogo, porque la vida aprieta y quiero morirme porque no le encuentro sentido a nada o simplemente tal vez no lo tenga. Porque los tomates no saben a tomates, ni las flores huelen y sólo queda en el mundo un rinoceronte blanco; porque Damián me gritó muchas veces muchas cosas feas a la cara demasiado tiempo hasta que me divorcié y todavía, me acuerdo, todos los días. Porque siempre que pongo la lavadora llueve, porque el seguro no me pasa las medicinas de Antoñito y Antoñito se tiene que tomar esas medicinas o se seca como una flor sin agua en un jarrón y tose mucho y tiene vómitos. Se la tiene que tomar. Todos los días. A veces me desinflo y me quiero comer un bote entero de pastillas, me quedo, mirándolo, ahí, sobre la mesita. Son para dormir. Pienso cómo será dormir tanto. A veces, soy una auténtica cobarde, un capitán que abandona su barco, una desertora. A veces. Porque cada vez trabajo más y gano menos y el banco siempre dice no, no, no; porque se ha estropeado la nevera y vale más arreglarla que una nueva. Porque cumplí años sin ganas. Ni siquiera soplé. Y al final la vela se apagó sola. Y tenía tantos deseos que pedir, que no pedí ninguno. Porque tres hijos son tres bocas y seis pies que usan calcetines de invierno y, Marisa ya está grande y tiene, por lo visto personalidad y no quiere la ropa de su hermana; porque mi jefe me amenaza con echarme a la calle si otra vez llego tarde. Porque llego tarde. A todos sitios. Porque no sé multiplicarme. Porque tengo dos manos. Porque soy humana, joder, porque a veces soy humana.

Entonces entro en la habitación de Antoñito a darle un beso de buenas noches-si no vomita, si no se casi muere-, y apago la luz sin acordarme de que Antoñito todavía tiene miedo a la oscuridad, y Antoñito me dice “Mamá, la luz”, y vuelvo a encenderla y Antoñito me mira con una sonrisa dibujada en la cara y las piernas, me tiemblan de pensar que le faltara luz a mi Antoñito. Después voy a poner paz en el cuarto de las niñas porque andan peleando todavía a las tantas por una falda lila que hace juego con yo no sé qué, y les digo que se quieran, que qué van a hacer el día que yo falte, que cómo se las van a apañar, si no saben hacer ni un huevo frito. Y entonces me abrazan. Me dicen que soy... Que cuantas tonterías, digo últimamente. Que quién va ha hacer la tarta de manzana. Que soy inmortal.

Y casi a oscuras me tiro al sofá como a un precipicio y lloro y lloro y lloro casi a oscuras porque estoy muy muy muy cansada y las fuerzas, me abandonan como se abandona a un perro en mitad de la calle.

Mañana llegaré tarde al trabajo porque Margarita tiene cita en el dentista y llegaré tarde al dentista porque tengo que dejar echa la comida o llegaré tarde a la reunión de padres de alumnos a mediodía.

Desde aquí les escucho respirar. Y merece la pena, aunque no se me ocurra cómo hacer de mañana un día más, y por fin cierro los ojos y en lo último que pienso, es en que soy inmortal.