19 de diciembre de 2016

Aviones de papel



Querido Guideon- aunque en mi boca suena amor, dos puntos: me han llegado los papeles del divorcio. Iba a poner aquí unos puntos suspensivos; pero prefiero ir al grano, porque ¿sabes, querido Guideon que en mi boca suena amor?: no quiero firmar esos papeles.
Miro a Baxter y Baxter mueve el rabo. Te echa de menos. Cuando llama el cartero, por ejemplo, va corriendo a la puerta a ver si eres tú. Y nunca eres tú. Así que vuelve a su sitio y se tumba y pones esos ojitos. A veces hablamos de ti. Baxter y yo. Y ayer la vecina me preguntó que cómo estabas, que si ya lo habías superado. Dice que eres un buen chico. Todo el mundo dice que eres un buen chico. Eso pensé la primera vez que te vi. Y que vivir te daba miedo. Pero allí estabas. Tan tonto, tan complicado, tan mirando tan lejos que parecías un barco a punto de zarpar. Quise besarte a los cinco minutos. Mi café ni siquiera se había enfriado. Porque yo te quiero Guideon, no soy estúpida ni estoy equivocada,y, nunca necesité un por qué. Sólo te quiero. ¿No es fácil? No tengo las respuestas que tú buscas.
Además no funciona la lámpara de la mesita. Le he cambiado la bombilla, pero nada. A ti se te da bien arreglar cosas. Amas las cosas rotas. Te gusta darles vida. Crees que todo merece otra oportunidad. Ya sé que para nosotros sería la oportunidad 524. ¿Y qué? Tal vez funcione tener una oportunidad todos los días. Que sea la oportunidad 22327 y aún sigas ahí. Haciéndome la vida imposible.
Los tengo delante Guideon. Y no quiero firmarlos.

Alfil a reina cuatro



Ceder a lo leve
de un beso
la boca.
Buscar con la yemas cierta latitud.
Multiplicarnos. Ti x yo=¿Mmmm?

Sin planes de vuelo ni mapas ni imperdibles.
Sin pajares ni perdices ni cuándo te vas a afeitar.
Sin hoys te quiero más que ayeres ni me mueros ni ya sabes.

Sólo el caos en un plato, un cuchillo, un tenedor, la luz bajita y
que crucen de un soplo la casa las hojas de otro otoño.

14 de diciembre de 2016

Póngame un serendipity, con dos hielos y una sombrillita




Cierra los ojos...

Nos los has cerrado. Pero no es culpa tuya. Si los cierras, no podrás leer lo que viene después-precisamente esto-, y en algún momento, te habrás preguntado para qué. Seguramente también habrás experimentado, por un lado cierta desconfianza. Nadie quiere sentirse indefenso. Y por el otro, curiosidad. ¿Que pasará si los cierro? ¿Alguien me meterá la lengua en la boca? ¿Seré millonario? ¿Iré pronto al mar?

Y la cosa se pone interesante.

Tal vez y a pesar de que ya llegas tarde o que tu agenda está repleta o tal vez porque te importe una puta mierda pero no tengas otra cosa que hacer, cierras los ojos, otra vez.

Y vuelve a pasar nada. No parece tener ninguna utilidad y el bus, ya llega a la próxima parada o se te quema el pollo al horno o tal vez te pillo salvando el mundo. Acabas de perder un minuto de tu vida. Por mi culpa. Sírvanse.

¿Y si te digo que si cierras los ojos...y pongo estos bonitos puntos suspensivos? ¿Perderías un poco más de tiempo? ¿Harías café? Si has llegado hasta aquí, en el párrafo siguiente, sabrás por qué:

Porque tienes sueños. ¿No te acordabas? Porque te gustaría. A saber qué. Porque no te has rendido. Todavía.

Las instrucciones para soñar que continuación detallo no son de mi cosecha. La culpa tampoco, ya estoy demasiado ocupado con las mías. Las aprendí de un niño de seis años que tocaba el banjo sentado en los escalones del porche de su casa. Yo, como siempre, pasaba por allí:

-Nadie podrá decirte lo que tienes que soñar. Tus sueños, no son mejores ni peores que los de otros. No importa si quieres ser cantante o un broker de Wall Street, una buena persona o algún hijo de puta con nombre y apellido. Tú sabrás.

-Si vas a soñar, aceptas los términos y condiciones: todo es posible.

-Firmar un contrato contigo que te exima de toda responsabilidad. Porque volverás a abrir los ojos, y la vida, seguirá donde estaba. Tan dura. Tan grande.

-Soñar no es gratis. Hay quien vende su alma al diablo. Hay quien llega a matar. Soñar es un artículo de lujo, al alcance de muy pocos.

¿Te acuerdas de él o de ella o te cuesta respirar? Sueña. Porque aunque nunca volverá, aquel día de lluvia bajo los soportales siempre será tuyo. De nadie más. ¿Por qué vas a olvidar el sabor de su chicle de fresa? ¿Cómo sus manos te buscaban la carne por debajo del jersey? ¿Porque te hace daño? ¿Más que no sentir nada? ¿Que acostumbrarte?
¿Querías ser astronauta y en cambio aún sigues en el suelo? ¿Dónde está aquella casita blanca con ventanas? ¿Qué me he perdido? ¿Podré tener hijos después de la operación? ¿Soy un zombie? ¿Qué coño es esto?¿Una broma? Esto es el fin, hemos pensado alguna vez. En cambio los sueños, siguen ahí. Esperando. Cómo si fueran lo único que en realidad nos mantiene vivos. Aunque nunca se vayan a cumplir. Soñar es eso de delante que llamamos camino. Tal vez no te lleve donde quieres. Pero te sacan de aquí.

Nota importante: soñar siempre despierto.

Recordatorio: no borrar del diccionario la palabra cobarde. Tal vez nos sirva en adelante. Ya sabes para qué.

Reclamaciones: todo el que quiera puede escribir la palabra hijoputa en la sopa de letras de esta noche y acordarse de mi nombre. Soy capaz de soportar tanto amor.

Si has llegado hasta aquí, ¿qué haces todavía con los ojos abiertos?


12 de diciembre de 2016

Hasta yo tengo ojos en la cara



¿Quieres que te coja en volandas y te tire a la cama y me convierta en tigre?
No puedo. Pesas setenta y nueve kilos.
Pero te amo-más adelante te diré por qué-,
y sé hacer otras cosas, muy guarras.

¿Quieres que no deje sueltos mis demonios por la casa?
Te dije que tenía mascotas.
Acércate. No muerden. ¿Ves? Mira cómo mueven el rabo.

Soy más desagradable que el abuelo de Heidi.
Pero me quieres. ¿Qué culpa tengo yo?
Tampoco sigues la dieta a rajatabla.
Te he visto comer chocolate a escondidas como una puta rata.

Y ahora como había prometido
-espera...
(tiro en la cabeza)-, paso a enumerar los motivos:

Te quiero porque eres el Santo Grial.
Porque te gusta cuando hago lentejas.
Porque siempre caes de canto.
Porque soy tu aguja del pajar. No sé qué coño significa eso.
Porque todo lo demuestras andando.
Porque nunca te callas.
Porque me escupes en la cara.
Porque sabes que soy tonto. Porque te aguantas.
Porque ves películas conmigo debajo de una manta.
Porque me compras calzoncillos.
Porque lloras. Por mi culpa.
Porque te ríes. Por mi culpa.
Porque nunca te rindes. Creo,
que
por eso aún seguimos vivos.

9 de diciembre de 2016

Odio las canciones de amor



Y ocurrió entonces que en tus manos encontré por fin un lugar donde volver al mundo y
a ti
que tanto te gustaba cruzar de timonel a bordo de un velero un charco
te pregunté que si sabías qué pasaba si soltabas un globo y dijiste que sí:
que me querrías como a un perro con tres patas.

Yo sé llorar bonito. Pero no sé contarlo, te dije y que
podía matarte a besos lo mismo que a disgustos.

Me ataste a tu meñique.

Lo siento por Batman, pero eres mi héroa
mientras un tribunal superior de menos tonterías y más ponte las pilas alcalinas no demuestre los contrario.

Sólo que me queda por decir
que todo aquello que escribí
lo hice con tinta de tus lágrimas...


A mi Coliflor

7 de diciembre de 2016

No estamos solos



A veces subo al metro sólo para asegurarme de que aún sigo vivo. Me quedo mirando a la gente, pongo a sonar esta canción , subo el volumen y el tren nos mece, a todos, hacia algún sitio al que tal vez ni siquiera vamos a llegar. O sí. Nunca lo sabes. Y lo que ves es más hermoso entonces de lo que puedes comprender, aunque sería algo parecido a ir en el mismo barco. Atravesar esa marea llamada fin de mes, ver dormir a tus hijos, llorar a tu padre en navidades... este es justo ese momento en que la vida podría descarrilar, y justo en la cresta de esa ola, justo antes del Tsunami, somos todos lo mismo. Ni mejores, ni peores, ni de Messi o de Ronaldo. Somos muertos. Y todos los muertos son iguales. Y entonces pienso, sí hay que morir para entenderlo. Para abrazar a otro. Para que todas las palabras bonitas de todos los coranes y biblias y libros de Coelho y memes del mundo se hagan realidad. Miro a la gente mandar mensajes a otra gente con sus teléfonos móviles e imagino, en cada sonrisa, un ya estoy llegando, un te echo de menos, un qué hambre tengo y un pues no he hecho nada de comer y un vale, pues pedimos una pizza, y, ya imagino a qué huele, a qué debe saber al calor de una estufa mientras miras la tele e intentas decirle por debajo de la mesa con el pie, estoy deseando acostar a los niños para ya sabes qué. Miro a la gente y pienso, aún tengo tanto que aprender de vosotros y, me bajo en la siguiente y me subo el cuello del abrigo y me pierdo entre las calles más estrechas que encuentro, con algo de esperanza sonando en mis bolsillos.  

6 de diciembre de 2016

S-túpido+velo= a cero. Lloverá en Alaska, por cierto.





¿Con qué te pago yo mi lado de la cama si
soy un espejismo, un truco barato
apenas de la tierra que te habían prometido?

Supe hacer malabares y montar en triciclo.
Dibujar amapolas.
Hacerte cosquillas.

Pero con-todo-tigo los renglones me salen torcidos.

¿Cómo saldo esta deuda?
Porque de algo estoy seguro: no acabaremos en el mismo sitio.
Yo no iré al cielo. Hasta el perro lo sabe.

“¿Qué has hecho?”
Siempre que me hago esa pregunta, ya es tarde y suena B.B.King.
Tienes razón, Lucille, soy un desastre.

Yo debería. Del verbo amor.

Supongo que por eso, todavía me quieres.
Porque sabes que aún necesito que alguien me salve.
Estuve investigando y
no había vida en marte.
En cambio tú, sigues ahí plantada como un árbol
esperando un día más el Sol
para dar
la misma sombra.

5 de diciembre de 2016

Te audire no possum. Musa sapientum fixa est in aure



-Peter...

-¿Mmmmm?

Les gusta jugar a este juego.

Marlene se ha desabrochado los botones de la camisa, todos, y se ha hecho una cola en el pelo. Tiene un dedo metido en la boca. Así que está claro, que en exactamente tres segundos, Marlene le saltará como una rata encima y le morderá la cara y le dirá...

uno...

Dos...

Tres.

-Ya no te quiero.

Un momento.

(¡Hey!...¡Pssss! ¿Qué coño le pasa al guionista? Esto no va aquí, joder. A ver si estamos en lo que hay que estar)

Marlene se ha desabrochado la camisa y bla bla bla y slurp slurp y ñam ñam y ella le dice: “Me duele aquí, cúrame”.

-Pregúntame por qué, Peter...

Disculpen...

(¿Es una broma no? Se supone que aquí iba la ropa por el suelo y toda esa mierda y esos ruiditos tan, raros, que se hacen cuando se practica sexo y...)

-Te estás saliendo del guion Marlene...improvisa joder, hay un montón de gente mirando.

-Pregúntamelo Peter.

-¡Alguien podría a decirle a los de iluminación que bajara la luz!, me estoy quemando las pestañas con esta puta luz. Y que traigan un vaso de agua. Por dios, Marlene ¿qué coño te pasa? ¿Estás llorando, en serio? Toda esa gente ha pagado para verte el blanco de los ojos, Marlene. Ese es tu trabajo.

(Haré como que esto no está pasando. Es lo que siempre dice mi psicólogo. Encenderé un cigarrillo, y me iré por un agujero hasta la alcantarilla más cercana)

-Pregúntamelo.

-Intento sobrevivir, Marlene, como cualquier personaje. ¿Por qué me haces esto? ¿Quieres que te pregunte? ¿Crees que, no tengo corazón? ¿Es eso? Está bien. Está bien. ¿Por qué? ¿Por qué- de repente, en plena función-ya no me quieres?

-Porque nada está escrito.

2 de diciembre de 2016

Mientras algo no ocurra, siempre está a punto de pasar




Adele ha vuelto a escribir:

“Hoy abrí los ojos y pensé en ti.
Me lavé los dientes y pensé en ti.
Desayune en Saint-Michel y pensé en ti.
Trabajé todo el día y pensé en ti.
Compré un helado de vuelta a casa y pensé en ti.
Me duché y pensé en ti.
Cerré las persianas y pensé en ti.
Marcel me hizo el amor, y pensé en ti”.

Firmado: saluda de mi parte al pez naranja.
Y no te acuestes tarde.
Milenne me ha dicho que estás otra vez más delgado.

1 de diciembre de 2016

Alone Together




¿Recuerdas el día, Chet
que Miles te dijo: “Vive un poco, chico, y luego vuelve”?
Que aquel no era tu sitio. No todavía.

Por supuesto yo también hubiera llorado por Jane todos los días de mi vida.

Pero en el fondo, Chet, todo tu amor de ángel caído
era para aquella trompeta.
La única cosa mejor que la heroína.

El día que después de mucho y con tan poco apareciste de nuevo en el Birdland,
Chet,
ya sólo te importaba tocar.
Porque era tarde para cualquier otra cosa.

Y eras feliz en el infierno.
De eso se había tratado siempre.

30 de noviembre de 2016

Pretérito perfecto para coro en pez mayor e infantería de pianos




Ya sé que sólo era la bañera; pero incluso había puesto a flotar dos cubitos de hielo que hacían de Icebergs y aquello parecía el Atlántico. Mi muñeco Geyper-man-buzo hacía primero una revisión de todo: bombonas de oxígeno llenas; gafas; reloj; un cuchillo de acero...y después se tiraba a un mar de espuma de gel de baño y se hundía en las profundidades en busca de estrellas de mar. Eran de plástico y estaban muy pegadas al suelo. Mamá las había comprado hacía poco, para que no nos resbaláramos al ducharnos. Pero yo hacía así con la uña del dedo, y salían, y entonces las metía en la bodega de un barco que era una esponja con un lápiz clavado y una hoja de papel, y cuando tenía tres o cuatro, daba por terminada la misión y ponía a secar mi Geyper-man en la terraza, y miraba a lo lejos, al día en el que fuera grande y mamá me dejara llegar a casa tarde y me diera tiempo a volver de la Atlántida.
Quería descubrirlo todo, quería saber qué había dentro, cómo funcionaba, qué extraño mecanismo hacía girar las muñequitas rusas o dónde se escondían los músicos dentro del tocadiscos, quería saber por qué los mayores cerraban a veces la puerta de su cuarto y qué ley era aquella de porque lo digo yo, quería ir al cielo, y enseñarle a mi abuela los zapatos nuevos y que me diera una peseta para chucherías porque estaba muy guapo y me preguntara que si ya tenía novia y yo le contestara lo de siempre, que no abuela, que a los exploradores se los podía comer un oso, o un caimán, o se podían caer de un barranco o de un avión en pleno vuelo. Con algunos años más tal vez le hubiera dicho, soy el novio de la muerte, abuela, como los legionarios; pero a aquella edad sólo me salía decirle que no abuela, que ya había intentado saber por qué las niñas hacían tic tac como por dentro y me habían castigado sin recreo por subirle la falda a Carolina.

28 de noviembre de 2016

...como en la guerra.



-¿Recuerdas el día que te tiré por la ventana tu tocadiscos?

-Sí, joder, fue alucinante. Nunca he llorado más. Reventó en el suelo como, como...

-Como una puta mierda.

-sí, eso, eso.

-Te hice un favor.

-¿Y...y...y te acuerdas el día que llamé a tu madre para decirle que te habías muerto?

-¡Wowww! ¡Aquello sí que fue bueno viejo!

-"Que sí suegra, que está tiesa en el suelo porque se ha desnucado con la esquina de la lavadora..."

-Muy bueno lo tuyo. ¿Y tú te acuerdas de “La tenaza”?

-No me lo recuerdes.

-¿Dolía eh?

-No tengo palabras, se te saltaban dos lagrimones como pelotas de béisbol.

(“La tenaza” consistía en que cuando menos lo esperabas, ella se abalanzaba sobre él y le mordía la nariz con todas las ganas)

-Me encantaba. Me gustaba verte. Con los ojos como platos y la nariz toda roja y todo descompuesto.

-¿Qué ponen hoy de comer en este sitio, vieja?

-Pescado. Otra vez. Sin sal ni nada.

27 de noviembre de 2016

Psique y yo



Era más fácil cuando Marilú-la arañita parlante-, andaba colgada de un hilo en el cuarto de baño, usando todo el tiempo la palabra “deberías”. Deberías esto, deberías lo otro. Echo de menos perseguirla con la zapatilla en la mano por toda la casa. Buscarla debajo de los muebles y en el polvo de las lamparas, y aplastarla. Si le hacía caso y salía mal, podía echarle la culpa a ella. No pasó nunca; pero si alguna vez...

Esta noche he soñado con como se llame. Yo estaba tomando café, a mi rollo, y de pronto se ha sentado en la silla de enfrente y se ha puesto a mirarme con los brazos cruzados encima de la mesa y una bonita sonrisa en la boca. Su boca me recuerda a la boca de la Elizabeth Bennet de Orgullo y Prejuicio Zombie. Pero es trigueña y lleva el pelo muy corto. ¿Y tú quién coño eres?, me pregunto, mientras ella empieza a hablar aunque no se la escucha entre el sonido de las cucharitas y la máquina de café calentando la leche-me agarra una mano-, ni tampoco me interesa. Es mi sueño y yo estaba aquí, tan tranquilo...
Me hago pis hace rato; pero no quiero despertarme.

Más tarde bajé a comprar el pan y a fumarme un cigarro y ver si veía alguna hormiga por el suelo y, me he encontrado la perla de un collar de plástico. Es verde. La meto en el bolsillo. Y he seguido pensando en como se llame. En que quiso besarme. Y todavía no sé por qué. Le dije que no, claro, porque yo soy así de simpático. Que no, que no. Que no quería que nadie me quisiera. Y entonces se subió la camisa y me enseñó las tetas. Parecían de pan. O pasteles de fresa. Pero que no.
No aguanto más y voy al baño.
Cuando vuelvo a la cama cierro los ojos y la busco. Y tampoco sé por qué. Sé que mi cepillo de dientes está, tan triste, ahí, y tan solo, en ese vasito.

Ya no estaba.

26 de noviembre de 2016

El increíble hombre menguante





Era el momento perfecto para amarla-pijama de ositos, toalla en el pelo, recién emergida del baño-, era la luz que entraba por debajo de la puerta y la lluvia era bonita detrás de los cristales, recién follados, así y, comiendo chocolate negro y entonces, metí un pájaro en la batidora, dos o tres nubes, un día de abril y unos cubitos de hielo para celebrarlo y se lo puse en un vaso y pensé, que en Riga la lluvia eran puñales cayendo en picado y otra vez comencé a hablarle de que cada día estaba más cerca del mundo subatómico, mientras ella se llevaba a la boca la aceituna del Martini, que la respuesta estaba dentro, más adentro, que no había conseguido ningún resultado mirando el horizonte ni alejándome cada vez más del suelo hasta flotar como una pompa de jabón por el espacio sideral, que alguna gravedad desconocida e inevitable me impulsaba a ir ahora hacia el interior de las cosas, cuyo interior, a su vez, estaba hecho de otras cosas y a su vez de otras y así no sé si hasta algún infinito y que las cosas más cercanas por ejemplo, tenían nombres como: edificio, mercado de valores, árbol u hormiga u átomo u núcleo u electrones, neutrones, protones, bariones, mesones y así hasta llegar a los Quarks o a un leptón o a las partículas Tau y poco más tarde a otras cosas que aún no tenían apellidos y, que podía vivir comiendo una manzana al día o, un huevo, y sobre todo, no creer que existía la felicidad tal y como la conocíamos. Que algo había liberado a mi pesar en mí otros sentidos en algún momento y podía ver a través de los volúmenes e incluso acertar a pensar que alguno de ellos no eran del todo reales, y en cambio, podía ver perfectamente otros que nadie más veía. Colores que no se encontraban en el campo y olores que podían tocarse con las manos, perfectamente como el pan o un higo. Que cuanto más lejos llegaba menos importancia tenía. Que la magnificencia de lo que observaba era tal, que era más grande que las más grandes cordilleras montañosas y los más grandes imperios que el hombre había construido. Que sus leyes y fronteras y promesas. Y que un día me haría tan pequeño para poder pasar por todos aquellos recovecos parecidos a ojos de aguja, que ya no volvería. Habitaría, de algún modo entonces, un todo, formando parte, sin duda, de ti también, solía decirle.

Le importaba una mierda. Ella era más de andar por casa y un día, sin irme, me hice tan pequeño que ya no volví. Me buscó por todos los cajones. Dentro de la lavadora y en el bar y en el estanco. Pero yo sigo aquí. En todos los sitios. En los vasos de agua y el polvo de los muebles. En cada lágrima, o la primera luz del día.

24 de noviembre de 2016

Desde




Lo primero que haces casi cuando quieres mucho algo-con los ojos cerrados-es ponerle un nombre. Uno bonito. Corto. Que sólo sepas tú. Yo le llamé Totó, porque me recordaba al niño de aquella película, con los ojos tan limpios. Aunque lo cierto es que se llamaba Marco Antonio y era hijo de la panadera y a veces la ayudaba en la tienda por las tardes después del colegio. Así que yo veía a Totó casi todos los días cuando mi yaya me mandaba a por el pan-porque antes se comía pan todos los días- y todos los días, aquel momento era como pegar la nariz a un escaparate para ver más de cerca aquellos zapatos que tú te imaginabas en tus pies, tan rojos y tan brillantes como el lomo de un delfín. Pero él no me veía a mí. Ni aunque me pusiera un lazo celeste en el pelo a juego con el blanco del vestido o entrara en la tienda toda brillantisísima como un lucero de noche de mayo o carraspeara “aquí-aquí”. “Aquí, Totó”. Totó nunca levantaba la cabeza de las latas de conserva de atún o de los tarros de tomate frito o los sacos de nueces o alubias o lentejas cualquier otra cosa donde pudiera refugiar sus ojos de los míos, y siempre, hacía lo posible para que fuera su madre la que me atendiera. Aún usaba pantalones cortos y se le podían ver las rodillas echadas abajo de subirse a los árboles a ver nacer pollos de mirlo. Cecilia, que también era amiga de una amiga de una amiga de Bea la que tenía una prima mayor que estaba de novia con uno del barrio alto que trabajaba en parques y jardines y que por eso coincidía en ocasiones con Totó trepando ramas, Cecilia me había dicho, que a Totó lo habían escuchado decirle a un pajarito que le gustaba una niña con un lazo en el pelo. ¿De qué color?, pensaba yo, porque si no, me miraría, a la cara, me hablaría, algo. Hasta las moscas se hablan con las patas. No todo lo contrario. Yo no existía para él. Y entonces tomé una decisión: se lo iba a decir. Mira Totó, eres el niño más tonto que conozco y yo un día me haré mayor y a lo mejor me gusta otro y yo, no quiero que me guste otro, así que he pensado, que bla bla y bla y que si quieres ser mi novio desde ya, desde ahora mismo, desde siempre. Tracé un plan. Tenía que acorralarlo en algún sitio, donde no pudiera evitarme la mirada ni hacer como que no me había visto, y el doce de noviembre de hace ya tantos años, me levanté decidida como un soldado a ganar aquella batalla y lo sorprendí en el portal de su casa cuando llegó casi de oscurecida de jugar al futbol en el parque. Esperé un rato apoyada en los buzones, como una ninja, y cuando fue a poner el dedo en el portero electrónico, dije, “Hola Totó”. Y ya no dije nada más porque Totó salió a correr como un demonio. Estuvo varios días sin aparecer por la tienda. No fue al colegio. Cuando a los cuatro o cinco días volví a a verle, miré a otro lado. Como si Totó se hubiera muerto. Soy una niña muy linda, Totó, me merezco un prado de flores con besos y que me invites a un paquete de pipas o me lleves contigo a ese sitio secreto detrás de la tapia, que yo te he visto, darle el biberón a una camada de gatitos. Mi madre me ha dicho que no pase la vida acumulando decepciones. No sé qué de que hay muchos trenes. Yo todavía no me he montado en ninguno. Será bonito, seguro Totó, ver pasar las farolas sentada en mi sitio. Y todavía me duele, Totó. Lloré mucho allí solita y hacía frío y, estaba oscuro.
Lo maté por lo menos tres meses, y una tarde que estaba Totó sentado en un banco y yo pasé camino de la ferretería a por tornillos, me acerqué a hablar con el muerto a ver que hacía:

“-¿Qué haces?

-Nada.

Y mientras hacía nada vi las nubes pasar hacia el oeste en la niña de sus ojos.

-Los mayores no saben no hacer nada ¿lo sabías?...

Empezó a hablar solo. Yo no hice nada. Y tampoco entendía lo que me estaba contando y además le odiaba. Mi madre decía que del amor al odio apenas había un paso. Que no lo diera nunca. Pero yo di un saltito.

-...te gustaría, ¿verlo?...

Y dije que sí, claro. Aunque no sabía qué, ni dónde estaba mirando.

Y entonces me cogió de la mano y casi se me cae el lazo del pelo. Era tan suave que daban ganas de comerse los deditos. Pero siguió hablando.

-Detrás del cielo, hay tantas estrellas que no podrías contarla ni con los dedos de las dos manos. Un montón. Y todavía más lejos y más detrás de las estrellas hay dragones. Viven allí. En castillos con torres tan altas que dan vértigo. Y más más allá, donde ya casi no te alcanza la vista, vive el Principito. ¿Lo has leído? Yo tres veces. ¿Me perdonas? No quería salir corriendo. Es que me das miedo. Porque me miras raro y...a lo mejor quieres besarme. Y si me besas te quedarás embarazada. Y entonces tendremos que casarnos. Y yo...yo quiero ser astronauta. Entonces estaría mucho tiempo fuera. En el espacio y, me echarías de menos y yo a ti también y, a lo mejor ya no querría ser astronauta...

Cuando quieres mucho algo, acabas hablando en un idioma extraño.

-...y yo, yo, yo quiero ser aztromauta. Mi badre dice ke estudie para bédico, o fontarnero o señor con bihote. Zú me ghusthas. Eles la más votita de la clase. A bezes me imajino a qué zave. ¿Tú no?

La primera vez que besé a Totó fue en aquel parque.

Nunca he besado a nadie más.

Aunque una vez, a los dos años de viuda, un señor en el médico me insinuó que era una flor, a mi edad, y que no le importaría tomar un café algún día conmigo. 

Mientras bajaba en ascensor, pensé, con un sonrisa en los labios, si aquel señor habría besado alguna vez un a un astronauta.

22 de noviembre de 2016

I, de cualquier cosa que empiece por I




Hay un gato enroscado en mi sitio del sofá. Le disparo. Sus sesos acaban cayendo como la nieve sobre la alfombra, como el confeti de un cumpleaños, cubriendo la habitación de un rojo satinado, muy bonito. No pensaba decorar la casa todavía. Ahora tendré que cambiar las cortinas. Cuando se seque la primera mano, buscaré otro gato para darle la segunda.
Tengo pescado en el horno, por cierto. Así que en la pecera he puesto, un poco de tierra y un hueso de aguacate. Era un pez pequeño, naranja, pizpireto. Le puse un nombre, para romper el hielo cuando le daba una pizca de comida con los dedos y él acudía a la superficie con aquellos ojos grandes de pestañas rizadas. Creo que, se alegraba de verme y movía la cola cuando me veía entrar por la puerta. Espero que no tenga muchas espinas.

No sé si era esto a lo que se refería Andy Warhol cuando aseguraba que siempre se podía decir: “¿Y qué?”.

Abro la ventana y miro el cielo.

Cojo un cigarrillo de un paquete con una foto mía a todo color sobre una mesa de operaciones con los pulmones destrozados y una enfermera susurrándome al oído su número de teléfono, le veo, el escote y asiento con los ojos antes de sumirme en el sueño benedicto de la anestesia. Debajo en letras grandes dice: “Te lo dije”.
Y más abajo todo eso de que fumar provoca cáncer.

Joder, qué bonito es el cielo.

Me encantaría meterle fuego a esta ciudad. Ver a la gente saltar por las ventanas y estrellarse contra el suelo como huevos crudos. Mientras pienso en Claire voy poniendo derechos con el dedo los cuadros del pasillo:

-¿Claire?

-¿Sí?

-He matado tu gato.

-No importa amor. Hace un ratito que salí del trabajo. ¿Qué hay de cenar?

-Claire...

-No importa amor...¿Qué ponen esta noche en la tele? Estoy deseando llegar a casa para que me des muchos besitos.

-...Creo que voy a tomarme un bote de pastillas azules...

-Las azules te harán daño al estómago.

-...o a cortarme las venas sentado en la taza del váter...

-¿Quieres que me pare en la gasolinera a comprar helado?

-...y creo que he mezclado ropa de color y ropa blanca y...

-Voy conduciendo, ya hablamos en casa ¿vale?

-Ojalá choques de frente con un rinoceronte en mitad de la carretera y salgas despedida a más de veinte metros por el cristal delantero y te estampes de cabeza contra un árbol.

-Yo también te quiero, tonto.


21 de noviembre de 2016

The invisible man



Paso la yema de la lengua por el filo de la palabra abrupto
como digo tu nombre sin cortarme, la imagen,
en realidad es un señor en calzoncillos con pelos en las piernas haciendo equilibrios
sobre un alambre.
En zapatillas de ballet, ya sé que es obvio
pero tenía que decirlo
y añadir que he superado por fin la barrera del sonido
o que soy otro; pero también soy el mismo, no había
diferencia alguna entre la metafísica y una pizza.
Te señalaba con la punta del dedo las batallas
de las enciclopedias
porque
quería elevarme entre tanta tristeza, te mostré,
la belleza de mi hipotálamo, soy un tipo con suerte,
te insinuaba,
un hijo de Ulises.

Latifundio, limítrofe , lavadora, telúrico.
La discrepancia. El tejido ocular advertido.
¿Y qué?
Legiones de magos esperan en la sombra
para dar forma a cualquier imposible.

Acto seguido tomó entre sus manos una oblea de trigo
y la repartió entre los viandantes que pedían cigarrillos a las puertas del metro.
Trae un muerto a la cena
recuerdo meridianamente decir a Ivanovich,
es bueno
alimentar el vientre de todas las patrias.

19 de noviembre de 2016

Manera de vivir nº 13



Cuando voy por el carril bici, pedaleando tararí tararí, no me gusta estar pendiente de atropellar un niño con carrito ni una anciano ni un señor con bigote leyendo el periódico ni estar zigzageando cacas de perro. Me gusta silbar una canción.
Pero cuando voy por la acera de peatón, o leyendo el periódico, aunque no tenga bigote, me gusta caminar sin que ninguna bicicleta me saque el corazón del sitio con su timbre o me pase por encima de los pies. ¿Qué culpa tengo yo de ir distraído? ¿De que haya nubes en los charcos?

Lo mismo pasa con Genaro, que hay que ponerse en su lugar. Vive en un coche abandonado. ¿Tú te crees que a Genaro le importan dos cojones si sube el petróleo? Si no se afeita hace tres años... ¿Que le preocupa si el champú contiene alérgenos? Si le entran en el coche las ratas por la noche... A Genaro le importa vivir otra semana. Ya no sabe por qué; pero de algo se acuerda y le sigue gustando ver el partido por la ventana del Bar, y ayer mismo, se encontró en la basura una armónica.

17 de noviembre de 2016

Cuéntame un cuento antes de dormir...




Hay gente hasta para comer mierda. De hecho, casi todos cuando éramos niños queríamos meter el dedito en aquello a ver a qué sabía. Algunos lo hicimos, a otros nos cortaron las manos y nunca más volvimos a querer tocar algo. Y así es como comienza este cuento, sobre cómo cada uno de nosotros guarda algún oscuro secreto:

Erase una vez, en el bar de abajo...

-Buenos días. ¿Lo de siempre?

Lo de siempre para Doña Lola es un café descafeinado con sacarina y leche sin lactosa y una tostada de york de pavo criado con mimo y música de Vivaldi en una granja ecológica y por supuesto, pan integral, con pepitas de mijo y tueste natural y amasado a mano. Y el café templado, por favor, y una botella de agua mineral. De sierra, si puede ser, de cumbres nevadas y castillo de Disney. Y antes de sentarse a la mesa, la mesa de siempre, por supuesto el piropo de Juan, en nombre, por supuesto, de todos los abuelos que todos los días se sienta en la mesa de siempre a jugar al dominó:

-¿Dónde irá usted tan guapa, Doña Lola, y tan de rojo?

-A llevar esta cestita a casa de mi abuelita.

Doña Lola se pinta el rabillo del ojo con escuadra y cartabón y un astrolabio, y las pestañas, se las peina con pincel de pelo de bigote de caballito de mar y las uñas, le relucen como azulejos portugueses de bonitas y en las mejillas, dos soles naranjas. Y es tan mansa, tan pausada, a Manolo le gusta, verla así, con las piernas cruzadas y esa mirada tierna de vaca como pastando en lontananza. Manolo es viudo. Ya hace tiempo que no:

-Aquí tiene, Doña Lola, que le aproveche.

Ahora ella le mostrará una sonrisa y el le responderá con otra y eso será todo. Como siempre.

Doña Lola tuvo un novio ya hace mucho, que la dejó tirada en el altar porque ella decía que no se la chupaba, que le daba asco. Y desde entonces desayuna sola. ¿En qué estará pensando, algunas veces-se pregunta Manolo desde el mostrador-que se pone tan guapa?

“¿Por qué no eres un lobo, Manolo? ¿Por qué no me preguntas lo que llevo en el bolso?”

Doña Lola lo llama “El destructor”. Mide 27 centímetros y funciona con cuatro pilas de 1,5 voltios.

“¿Por qué no me metes en el cuarto de los trastos y me la metes por el culo, Manolo? ¿Por qué no eres un cabrón conmigo y me tiras de las crines y me escupes en la cara que soy una guarra? ¿Por qué no me comes el coño como la tapadera de un yogurt con ese hambre de zombi?¿ No te gusto? Levanta la cabeza del puto fregadero”

Está sola en el bosque.

Doña Lola está suscrita a una revista de cocina. Todos los jueves un chico que trabaja en correos llama a la puerta:

“-Hala, Doña Lola, que la disfrute, seguro que hace usted unas cosas muy ricas”

No lo sabes tú bien, cartero.

La misma noche que Alfonso la plantó de blanco y se fue en un taxi a Segovia a casa de una hermana, Doña Lola, que por entonces no la chupaba todavía, le dijo a sus padres que ahora venia, que iba a llorarlo todo de una vez y volvía. Cogió el coche y fue al polígono industrial por donde pasaba todos los días camino del trabajo y donde había visto chicas y travestis que ofrecían sus servicios casi en bragas. Se bajó del coche. Preguntó cuánto. Y al minuto siguiente le estaba comiendo la polla a un senegalés con las tetas muy gordas y unos labios bellísimos. Se lo tragó todo. Volvió a casa y antes de bajarse del coche y subir, giró el retrovisor hacia ella y le dijo: “Juro por Dios que nunca volveré a pasar hambre”.

16 de noviembre de 2016

Evelyn & Dylan





...que con el tiempo y en contra de todo pronóstico, Dylan Mahoney no llegaría tan lejos como decía él de pequeño señalando una estrella con la punta del dedo mientras Evelyn se ponía el indice en la sien y lo giraba de un lado a otro y le decía, que estaba loco y que por eso le gustaba; pero sí llegaría a ser astrofísico, e incluso a formar parte del protocolo Hamilton cuando este se activó porque el satélite Dédalo, recibió una señal del espacio exterior. Y hasta conocería a Verónica, la primera extraterrestre.

Lo mejor de los días de clase, era salir de clase. Salían corriendo del colegio cogidos de la mano y eran los primeros en montarse en el bus porque les gustaba ese sitio- él había pintado en la ventanilla “Evelyn& Dylan” dentro de un corazón con un rotulador y como ya hacía tres meses que eran novios y aunque nadie lo supiera todavía, también había dibujado una flecha. Y corriendo, salían del autobús y enfilaban la colina y entraban en casa de Evelyn como un vendaval y piando mamá mamá qué hay hoy de merendar y corriendo, cruzaban a casa de Dylan con una tableta de chocolate negro y un pan bajo el brazo y como un vendaval salían por la parte de atrás con una revista de papá escondida debajo de la camiseta con fotos de la Loren enseñando por la playa las tetas, mientras a lo lejos, ya, se escuchaba una voz que decía, a lo lejos, “¿y cuándo piensas arreglar tu cuarto?”.

Hasta tenían un cuartel general: la casa del árbol. Y una bandera o, la misteriosa desaparición del mantel blanco de lino de la abuela. Evelyn le había dibujado un Unicornio, que en realidad parecía una gamba, aunque Dylan nunca se lo dijo.

Al principio se odiaban. En segundo curso, Evelyn no hacía más que sacarle la lengua en público o pegarle chicles en el pelo o esconderle los lápices en la cisterna del váter o lo que se le ocurriera a ella aquel día, como si no hubiera más niños en el cole a los que hacer la vida imposible. Hasta que un día, Dylan, se levantó de su silla y dijo en voz alta, he sido yo. Y era mentira. Había sido Evelyn la que había puesto una chincheta en el asiento de la profe. Lo expulsaron de clase una semana. Todos los días, Evelyn trepaba a la habitación de Dylan por una enredadera y se sentaba en el marco de la ventana. La primera vez Dylan se asustó, porque creyó que era un pájaro, o un cometa, o una flor; pero la segunda la estaba esperando: “¿Quieres ser mi novia?”.
Aunque no fue tan fácil. Evelyn le impuso algunas condiciones:
“-Nada de besos. Ni de llamarme linda ni nada de eso que hacen los de séptimo curso, ni...”
Después se escupió en la palma de la mano y la extendió hacía Dylan y dijo “Jura”, y juraron. Y automáticamente después, allí mismo, él en calcetines de ositos y ella en falda plisada, Evelyn le dio el primer beso. Porque le dio la gana.

A veces también iban al río a pescar ranas, y aunque a Dylan le gustaba más disparar con una escopeta de tapones de corcho a las libélulas, Evelyn siempre acababa metida en el fango cortando lombrices por la mitad. Una vez se comió una.
Otras sacaban de debajo de la cama de Evelyn una caja repleta hasta arriba de pequeñas pelotitas de goma e iban al puente a arrojarlas en la autopista y cuando pasaban los coches, era todo un espectáculo verlas botar de aquí para allá como en una máquina de pinball. Nunca supieron cuántas de aquellas pelotitas acabaron en uno u otro sitio cualquiera que viniera en los mapas. Una de ellas por ejemplo se metió por la ventanilla de un Mustang y luego en el bolsillo de la chaqueta de un piloto de la Pan Am que iba conduciendo hacia el aeropuerto porque a las cuatro a.m., salía su vuelo a Hamburgo.

14 de noviembre de 2016

Winter shadows




Durante los interminables meses que siguieron a la repentina muerte de mi hermana Catherine aquel octubre y por orden expresa de mi señora madre, hube entonces de seguir un riguroso luto que incluía además del negro de una falda de paño hasta el tobillo, una faz tristísima y los párpados caídos y por supuesto, un minuto de silencio que acababan siendo siete u ocho a la hora del véspero junto al cerezo donde habían plantado el mármol con el nombre de la niña y dos serafines tallados en cedro a cada lado con trompetas en los labios pintadas a mano en pan de oro, o si estaba nevando, sentada junto a la chimenea con las rodillas juntas y un severo mutismo de flor de jarrón que apenas era interrumpido por el cambio de postura de los gatos enroscados en un sofá estampado con motivos navales y mapas de la Costa del marfil, porque todo, todo, era poco para honrar la memoria de una cría, que sentada al piano con aquel trajecito de raso traído de París y aquellos charoles en los pies brillantes como ojos de ballena, parecía un ángel, qué pena, que su padre, se hubiera traído del último viaje a la Guayana aquella fiebre rara "y tú-decía mirando la pared-, todavía tan viva”.  

9 de noviembre de 2016

Feroces




Supermercado. Una y media de la tarde. Caja nº 6. Cajera: Patricia. Me ha devuelto 2 euros de menos.

-Perdona...

-Dígame.

Ella es joven. Yo no.

-Creo que me has dado dos euros de menos.

El creo es retórico. Puro trámite. A veces soy amable. Son 11,90 y me ha dado el ticket y 6 con diez. Faltan dos euros.

-Yo...no sé...¿seguro?

Seguro no hay nada en el mundo Patricia. Pero sí, porque:

-¿Estás pensando en Carlos?

-¿Cómo dice?

-¿Se llama Carlos no? El que tienes tatuado en la muñeca. El que te ha regalado ese collar- “Patricia”. En letras doradas-, que por cierto, no es de oro, es chapado y por eso te hace, esas, pequeñas rojeces en el cuello. Un tío que te regala bisutería-¿te dijo que era oro?- no merece que llores por él.

-¿Quién es usted? ¿Un amigo de Carlos? ¿Le manda él?

-No he visto a Carlos en mi puta vida. Pero has llorado hace poco. En el baño. Todavía tienes rimel en el cuello de la camisa. Y los ojos rojos. Y no es rojo ordenador. Y te sale un paquete de clinex por el bolsillo del pantalón. ¿Cuánto hace que habéis terminado? ¿Cinco días?

A la señora de atrás mío le falta un segundo para soltar por la boca dios sabe qué:

-Oiga, que hay más gente esperando y tengo mucha prisa.

-Señora, no la está esperando nadie. De aquí se va usted a jugar a las tragaperras, con esos dedos sin huellas digitales casi, de andar con moneditas todo el día, por eso su marido no le habla, porque se lo gasta usted todo en lo mismo y por eso se lo hace callar al hombre con cerveza en pack de seis. Y luego comen alubias de lata calentadas en el microondas, esas exactamente, y después ve su serie favorita mientras su esposo ronca como un cerdo su sueño dorado, que era ser otra cosa que esto; pero claro, de eso hace tanto, de los sueños, ¿verdad? Los sueños se fueron al carajo cuando nació el tercero, las horas extras, las pocas ganas de levantarse de la cama, ¿para qué? Si ya no hablaban, si la vida se había convertido en hacer de comer para siete y mirar por la ventana.
Y además, señora, Patricia está preñada. ¿Se lo habrá dicho a Carlos? ¿O se lo ha dicho y por eso la ha dejado en la estacada?

-Sólo mi madre sabe que estoy embarazada.

-Ahora ya no. Te llevo viendo tiempo y te aseguro, que esas tetas no son las de antes. Son tetas de preñada. Y la forma de tu nariz ha cambiado, y esos, granitos en la cara y, perdona, pero ese botón de la camisa va a estallarte, ahí, justo a altura del ombligo.

-Chica...(señora ludópata)...sólo llevo esto; ¿podrías cobrarme?

Patricia está a punto de llorar.

Por los megáfonos anuncian una oferta de yogures de mermelada de manzana y queso blanco, en tarros de vidrio.