15 de febrero de 2016

Angustias, el origen



Lo primero que notabas cuando entrabas al kiosko del Guaje era aquel olor a todo y al mismo tiempo a nada en particular que era como una marca de la casa y que junto a la mísera luz de dos tristísimas bombillas siempre a punto de morir que pendían colgadas de un cable como ahorcadas y que apenas alumbraban aquel sitio sin ventanas y de techos muy bajos, hacían de buenos días hola qué tal cómo está usted, porque el guaje, aunque entrara por la puerta el presidente de la república, nunca levantaba de lo que andaba haciendo la cabeza, como si no le importara otra cosa en el mundo que arreglar aquellos televisores abiertos en canal con las tripas por fuera porque había que cambiarles una lámpara o el botón del volumen o soldar con estaño esto allá o lo otro que se había estropeado de viejo o de dejar que los niños tocaran algo tan moderno y delicado. Así que te ponías a mirar lo que querías como si allí no hubiera nadie. Pipas de calabaza o caramelos mentolados; regaliz; cromos de fútbol y latas de refresco y avellanas y monedas de chocolate que brillaban como el tesoro de un pirata sobre las estanterías al lado de los últimos modelos de coches de metal en miniatura; papel de fumar o pegatinas para los cuadernos con la foto de todos los cantantes famosos del momento, que las niñas se dedicaban a coleccionar con verdadero fervor en sus carpetas del colegio a pesar de que las monjas las miraran con recelo porque no era de bien que una niña se pusiera a besar en el recreo a jóvenes rubios con el pelo tan largo.
Detrás de unas cortinas estaba la casa, y el Guaje, tenía allí dentro en el salón una hija acostada en un sofá desde hacía veinte años, porque había nacido torcida y ni siquiera hablaba. Pesaba treinta kilos y tenía la piel igual de blanca que una novela sin hacer, el pelo largo y las manos dobladas hacia dentro y, cuando tenía ganas de orinar, movía una lata con canicas que alertaban al Guaje antes de que mojara los pañales. La niña de aburrirse se metía las manos en la boca casi enteras, y de vez en cuando, se la podía oír hablar en su idioma supongo, que era muy parecido a como suena un disco del revés o un animal atrapado en una trampa para osos. Te acostumbrabas. Y seguías buscando en las repisas aquello que quisieras mientras el guaje tras sus gafas de culo de botella ponía a funcionar un transistor de onda media que se le había caído al fregadero a la mujer del carbonero.

Yo iba a cambiar tebeos con el dinero que sacaba de vender pan duro y papel de periódico y botellas vacías en un almacén del barrio alto donde además vendían leche recién ordeñada de una vaca que la vieja tenía en el fondo del patio amarrada a una higuera. El Guaje ponía sobre el mostrador una pila de ellos muy alta y por una peseta, tú le dabas uno y él te daba otro. Me tomaba mi tiempo. Disfrutaba de cada una de las coloridas portadas y hasta aprovechando la impavidez del propietario me permitía leer algunas viñetas de Mortadelo y Filemón o Anacleto agente secreto antes de decidirme por alguno.


Los leía más tarde con la espalda apoyada en la pared de la azotea, que había estado al sol toda la mañana del sábado y estaba calentita, mientras disfrutaba de los primeros cigarros de aquel tabaco negro que le había robado a mi abuelo aquella misma mañana mientras mi abuelo se afeitaba con jabón y una navaja con el mango de hueso y escuchaba en la radio atentamente las noticias del país para después cagarse en las noticias y en el país y en el copón, imagino que divino, porque los astilleros le habían dejado en la estacada seis años antes de que le tocara.

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